Las Marcadas Capítulo 15
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Capítulo 15

La noche terminó mucho más tarde de lo que ambas habían previsto. Después de salir del bar, caminaron juntas hasta la clínica sin hablar demasiado.

No porque no tuvieran cosas que decir.

Sino porque cada palabra parecía capaz de romper algo que aún no sabían cómo nombrar.

La lluvia había dejado una fina película de humedad sobre Barcelona. Las farolas se reflejaban en el asfalto como manchas de oro líquido y el aire olía a tierra mojada, a hojas húmedas y al salitre lejano que llegaba desde el mar.

A pesar de la hora, la ciudad seguía despierta.

Algunas terrazas comenzaban a recoger las últimas mesas. Un repartidor cruzó la avenida en bicicleta.

Dos turistas consultaban un mapa bajo una marquesina.

La vida continuaba.

Ajena a todo.

Ajena a que, en menos de cuarenta y ocho horas, aquellas dos mujeres estarían viajando al otro lado del océano para perseguir una historia enterrada desde hacía décadas.

Al llegar al portal, Naia se detuvo.

Tanit hizo lo mismo.

Durante unos segundos permanecieron frente a frente bajo la luz amarillenta de la entrada.

La clínica había cerrado hacía horas.

Las persianas de los negocios cercanos empezaban a bajar una tras otra. Solo algún taxi atravesaba la avenida camino de otra parte. —Mañana hablarás con Axel —dijo Naia.

—Sí.

—Y organizarás el viaje.

—Eso intentaré.

Naia asintió.

Pero no hizo ademán de entrar.

Seguía observándola con aquella calma que Tanit había empezado a encontrar peligrosa.

No era una mirada insistente.

Ni desafiante.

Era peor.

Parecía una mirada capaz de ver demasiado.

—¿Qué? —preguntó Tanit.

Naia sonrió apenas.

—Nada.

—No me mires así si no vas a decir nada.

—¿Así cómo?

Tanit quiso responder.

Pero no encontró la palabra adecuada.

Había algo contenido en los ojos de Naia.

Algo que llevaba horas creciendo entre ambas.

Desde la conversación sobre Colombia.

Sobre Noemí.

Sobre aquella hermana cuya existencia nadie le había contado. —Como si supieras algo que yo no sé.

Naia dio un paso hacia ella.

—Creo que sé exactamente lo mismo que tú.

La distancia entre ambas se redujo.

Tanit percibió el perfume suave de Naia mezclado con el olor húmedo de la noche.

Durante un instante recordó todo lo que debería mantenerlas separadas.

La investigación.

El asesinato.

La ermita.

La marca.

El viaje.

Las preguntas sin respuesta.

Pero ninguna de aquellas razones consiguió que retrocediera. —Esto no es una buena idea —murmuró.

Naia inclinó ligeramente la cabeza.

—¿El viaje?

—No.

La respuesta salió demasiado deprisa.

Naia la observó unos segundos.

Después levantó una mano y apartó con suavidad un mechón de pelo que el viento había dejado sobre el rostro de Tanit.

El gesto fue tan natural que resultó imposible fingir que no había ocurrido.

—Entonces deja de pensar tanto.

El beso llegó sin prisa.

No fue un accidente.

Tampoco una pregunta.

Fue una decisión que ambas habían tomado mucho antes de admitirlo. Al principio apenas rozaron los labios.

Un contacto breve.

Contenido.

Como si necesitaran comprobar que aquello era real.

Pero Tanit rodeó la cintura de Naia y la atrajo hacia ella con una firmeza que no dejaba espacio para dudas.

Naia respondió de inmediato.

El segundo beso fue más lento.

Más profundo.

Toda la tensión acumulada durante los últimos días pareció concentrarse en aquel instante.

La clínica.

La marca.

Noemí.

La hermana perdida.

Colombia.

El miedo.

La incertidumbre.

Todo estaba allí.

Tanit apoyó una mano en la pared junto a ella.

No para encerrarla.

Solo para asegurarse de que seguía cerca.

Naia pasó los dedos por la nuca de la inspectora y volvió a besarla. Esta vez sin reservas.

Como si ambas comprendieran que ya era demasiado tarde para fingir indiferencia.

Cuando se separaron, respiraban con una calma extraña.

Como si hubieran encontrado un refugio temporal en mitad del caos. Naia no se apartó.

Seguía tan cerca que Tanit podía sentir el calor de su cuerpo. —Esto tampoco parece una buena idea —susurró.

Tanit soltó una breve risa.

—No.

—Pero no parece que quieras detenerte.

—No parece.

Por primera vez, la seguridad de Naia se resquebrajó.

Solo un instante.

Lo suficiente.

—Tengo miedo, Tanit.

La inspectora dejó de sonreír.

—Lo sé.

—No solo por Colombia. No solo por lo que podamos encontrar allí. Tragó saliva.

—Tengo miedo de descubrir que todo lo que creía saber sobre mí era mentira.

Tanit acarició suavemente su mejilla.

—Tu vida no es una mentira.

—¿Y si mis padres me ocultaron algo terrible?

—Entonces lo afrontaremos.

Naia apoyó la frente contra la de ella.

—Lo dices como si fuera fácil.

—No lo es.

—Entonces, ¿por qué pareces tan segura?

Tanit tardó unos segundos en responder.

—Porque llevo años viendo a personas intentar huir de lo que les duele. Guardó silencio.

—Nunca funciona.

La lluvia volvía a amenazar sobre los tejados de la ciudad.

Y, por primera vez en mucho tiempo, Tanit sintió que tampoco ella podría seguir huyendo de ciertas cosas.

Naia abrió los ojos.

La lluvia comenzaba a caer de nuevo sobre la ciudad.

Gotas pequeñas.

Irregulares.

Golpeando suavemente el asfalto y las marquesinas de la avenida. Durante unos segundos permaneció apoyada contra ella.

Como si aquel instante pudiera mantenerse suspendido un poco más. Después levantó la vista.

—¿Y tú?

Tanit la observó.

—¿Yo qué?

—¿De qué huyes?

La pregunta llegó sin acusación.

Sin exigencias.

Como una simple curiosidad.

Y quizá por eso resultó más difícil de responder.

Durante unos segundos, Tanit no dijo nada.

Las luces de los coches cruzaron la calle a su espalda.

Reflejándose sobre el suelo mojado.

Barcelona seguía viva.

Ajena a todo.

—De mi pasado.

La respuesta sorprendió a Naia.

Porque llegó demasiado rápido para ser improvisada.

Como si llevara años preparada.

—¿Qué pasó?

Tanit sonrió sin alegría, una sonrisa triste, lejana.

—Algún día te lo explicaré.

Bajó la mirada un instante.

—Pero es una historia larga.

Naia percibió algo en su voz.

Algo que no había escuchado hasta ese momento.

Dolor.

No reciente, no visible, pero todavía presente.

—¿Tiene que ver con la persona que eras antes de ser inspectora? Tanit soltó una breve risa.

—Tiene que ver con la persona que era antes de aprender a desconfiar de todo el mundo.

El silencio regresó.

Pero no resultó incómodo.

Naia comprendió que había llegado hasta donde Tanit podía permitirle llegar aquella noche y decidió respetarlo.

—Está bien.

La inspectora levantó la vista.

—¿Está bien?

—Sí.

Se encogió ligeramente de hombros.

—Ya me lo contarás cuando quieras.

Aquella respuesta pareció aliviar algo en Tanit.

Tal vez porque estaba acostumbrada a que la gente insistiera. O tal vez porque ya casi había olvidado lo que era que alguien simplemente esperara.

La lluvia empezó a caer con algo más de fuerza.

No suficiente para obligarlas a correr.

Pero sí para recordarles que seguían en mitad de una acera. Naia sonrió.

—Creo que Barcelona está intentando decirnos algo.

—¿Como qué?

—Que deberíamos dejar de quedarnos bajo la lluvia. —Es una teoría razonable.

Ninguna se movió.

Naia soltó una pequeña carcajada.

—Definitivamente eres peor tomando decisiones personales que profesionales.

—Eso ya lo sabía.

—Yo también.

Por primera vez en toda la noche, la tensión se suavizó. No desapareció, pero se volvió más llevadera, más humana. Tanit observó el edificio de la clínica.

Las ventanas oscuras, la recepción vacía.

El lugar donde todo había comenzado apenas unos días antes. Parecía imposible.

La marca, la hermana, Colombia.

El ADN.

Todo había ocurrido demasiado deprisa.

Y aun así sentía que llevaban meses viviendo aquella historia. —Mañana será un día largo —dijo.

—Eso parece.

—Vuelos.

Documentación, permisos, llamadas.

Axel intentando organizarlo todo sin perder la paciencia. Naia sonrió.

—No parece muy optimista.

—Porque me conoce.

La joven volvió a reír.

Y aquella risa consiguió algo extraño.

Por un instante, el asesinato, la investigación, el miedo. Todo quedó un poco más lejos.

Cuando finalmente se separaron, lo hicieron despacio. Como si ninguna tuviera demasiadas ganas de terminar aquella conversación.

Naia apoyó la mano sobre el marco de la puerta.

—Mañana no cambies de opinión.

—No lo haré.

—¿Sobre Colombia?

Tanit sostuvo su mirada.

Después negó muy despacio.

—Sobre nada.

Aquella vez fue Naia quien se acercó para besarla.

Brevemente.

Solo unos segundos.

Lo justo para convertir una promesa en algo más real.

Cuando se apartó, sonreía.

—Buenas noches, inspectora.

—Buenas noches, doctora.

Naia desapareció al otro lado del portal.

Y la puerta se cerró suavemente tras ella.

Tanit permaneció inmóvil unos segundos.

Escuchando la lluvia.

Sintiendo el frío de la noche sobre la piel.

Y pensando en una pregunta que seguía resonando en su cabeza. ¿De qué huyes?

Durante años había conseguido mantener aquella respuesta encerrada en un lugar donde nadie pudiera alcanzarla.

Hasta aquella noche.

Hasta Naia.

Hasta una mujer que acababa de descubrir que tenía una hermana asesinada y que, aun así, seguía encontrando fuerzas para mirar al futuro.

Tanit respiró hondo.

Después caminó hacia su coche.

El viaje a Colombia todavía no había empezado.

Pero ambas acababan de cruzar otra frontera.

Y esa ya no tenía vuelta atrás