Capítulo 14 #2
Tenía una familia.
Un trabajo.
Una historia.
Levantó la mirada.
—Ahora resulta que no sé quién era mi madre, que tuve una hermana asesinada y que alguien me marcó el cuerpo cuando era un bebé. Tanit no intentó aliviar aquello.
Algunas verdades no tienen consuelo inmediato.
—Lo descubriremos.
Naia sostuvo su mirada.
—¿Juntas?
—Juntas.
Y esta vez la sonrisa de Naia permaneció un poco más.
Porque por primera vez desde que había descubierto la existencia de su hermana, el miedo ya no era lo único que sentía.
También empezaba a sentir esperanza.
Durante varios minutos permanecieron en silencio.
Ya no era un silencio incómodo.
Ni siquiera triste.
Era el tipo de silencio que aparece cuando una decisión importante ya ha sido tomada.
Fuera, la ciudad seguía brillando al otro lado de los cristales. Las terrazas continuaban llenas.
Las motocicletas cruzaban las avenidas.
Los semáforos cambiaban de color una y otra vez.
Todo parecía exactamente igual.
Y, sin embargo, para ellas nada lo era.
Naia apoyó la barbilla sobre una mano y observó distraídamente la calle.
—¿Sabes qué es lo más extraño?
—¿Qué?
—Que hace una semana Colombia era solo una palabra. Tanit la escuchó.
—Un sitio lejano.
Una fotografía en un expediente.
Una historia que no sentía mía.
Sonrió con tristeza.
—Ahora no puedo dejar de pensar en ella.
La inspectora comprendía perfectamente aquella sensación. Cuando una investigación encontraba la pregunta correcta, era imposible mirar hacia otro lado.
—Porque por primera vez tiene algo que ver contigo. Naia asintió.
—Sí.
Y también con ella.
No hizo falta pronunciar el nombre.
Las dos sabían que hablaba de Noemí.
O de la mujer a la que habían conocido como Noemí. —Me cuesta pensar que estuviera tan cerca.
La voz sonó casi como un susurro.
—Durante meses pudo caminar por las mismas calles. Entrar en las mismas tiendas.
Tomar café en los mismos sitios.
Y yo ni siquiera sabía que existía.
Tanit recordó la fotografía de la ermita.
Los ojos abiertos.
La marca.
La sangre.
Aquella extraña sensación de que alguien había querido que la encontraran.
—Quizá ella sí sabía que existías tú.
Naia levantó la vista.
—¿De verdad lo crees?
—Creo que una persona no llega a un pueblo como El Papiol por casualidad.
Y creo que tu hermana estaba buscando algo.
La joven guardó silencio.
Aquella posibilidad era dolorosa.
Pero también le ofrecía algo parecido a un consuelo.
Porque significaba que tal vez nunca había estado completamente olvidada.
El camarero se acercó para preguntar si deseaban algo más. Las dos negaron.
Cuando volvió a alejarse, Naia tomó por fin un sorbo de cerveza. Estaba tibia.
Hizo una mueca.
—Creo que esta es oficialmente la peor cerveza que he tomado en años. Aquello arrancó una sonrisa a Tanit.
—Probablemente.
—Y aun así voy a terminarla.
—Eso sería un error.
—Puede.
Por primera vez en toda la noche se rieron las dos.
Fue breve.
Pero suficiente para aliviar la tensión acumulada durante horas. A veces la normalidad aparecía precisamente cuando menos se esperaba.
Cuando salieron del local, el aire de la noche era agradable. Barcelona conservaba todavía el calor acumulado durante el día. La humedad del mar llegaba suavemente desde la distancia. Caminaron unos metros sin prisa.
Los escaparates iluminaban las aceras.
Algunas mesas seguían ocupadas a pesar de la hora.
De vez en cuando alguien pasaba junto a ellas sin prestarles atención. Dos mujeres caminando por una ciudad llena de gente.
Nadie habría imaginado que acababan de decidir cruzar el océano para perseguir un secreto enterrado durante más de treinta años. —¿Crees que encontraremos a Sor Beatriz?
—No lo sé.
—¿Y si ha muerto?
—Entonces encontraremos a alguien que la conociera.
—¿Y si nadie quiere hablar?
Tanit la miró.
—Siempre habla alguien.
Naia sonrió.
—Eso ha sonado muy policial.
—Porque lo era.
Siguieron caminando unos metros más.
Después se detuvieron junto al coche.
La ciudad parecía distinta desde allí.
Más grande.
Más lejana.
Como si ya estuvieran empezando a dejarla atrás.
—Tengo miedo —admitió Naia.
La sinceridad de la frase sorprendió incluso a ella misma.
Tanit la observó durante unos segundos.
—Yo también.
Naia arqueó una ceja.
—No pareces una persona que admita algo así.
—Normalmente no lo hago.
—¿Y ahora?
Tanit sostuvo su mirada.
—Ahora prefiero ser sincera.
Aquella respuesta volvió a dejar un breve silencio entre ambas. Un silencio cálido.
Cargado de algo que todavía ninguna estaba preparada para nombrar. Antes de subir al coche, Naia volvió la vista hacia las luces de la ciudad. Pensó en su casa.
En la clínica.
En Josep.
En Flor.
En la vida que había construido durante treinta años.
Y comprendió que estaba a punto de poner todo aquello en cuestión. Por primera vez no le pareció una amenaza.
Le pareció una necesidad.
Porque algunas preguntas pueden acompañarte toda la vida. Pero llega un momento en que dejar de hacerlas duele más que conocer la respuesta.
—Vamos a encontrar la verdad, ¿verdad?
Tanit abrió la puerta.
Pensó en Noemí.
En la marca.
En la ermita. En la sangre compartida. Y en Colombia esperándolas al otro lado del océano.
—Vamos a intentarlo.
Naia sonrió.
Y aquella vez no había tristeza en su rostro.
Solo determinación.
Mientras arrancaban el coche, las luces de Barcelona comenzaron a desfilar ante ellas.
Por primera vez desde la muerte de Noemí, la investigación tenía un rumbo claro.
Ya no perseguían únicamente a un asesino.
Perseguían una historia.
Y esa historia había empezado mucho antes de que ninguna de las dos pudiera recordarlo.
En algún lugar de Colombia.
Junto a una niña marcada con una flor.