Las Marcadas Capítulo 14
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Capítulo 14

La noche había caído sobre Barcelona sin hacer ruido.

Desde la terraza acristalada del bar, la ciudad seguía latiendo al otro lado de los cristales.

Coches avanzando por la avenida.

Personas caminando deprisa.

Conversaciones mezcladas con el rumor constante del tráfico. Todo continuaba con normalidad.

Ajeno a que, en una mesa apartada del fondo, dos mujeres estaban a punto de tomar una decisión capaz de cambiarlo todo.

Naia giraba el vaso entre los dedos.

Apenas había probado la cerveza.

Permanecía casi intacta frente a ella, perdiendo lentamente el frío mientras su mirada parecía fija en un punto que no existía. Tanit no la presionó.

Había aprendido que algunas personas necesitaban silencio antes de poder pronunciar ciertas verdades.

Y Naia, aunque siempre había dado la impresión de ser una mujer segura de sí misma, llevaba horas soportando una carga demasiado pesada para hacerlo sola.

Un camarero pasó junto a ellas recogiendo vasos vacíos. Al fondo sonaba música suave.

Una pareja discutía en voz baja junto a la barra.

La vida seguía adelante.

Como siempre.

—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó Naia al fin.

Tanit levantó la vista.

—Dímelo.

Naia soltó una breve risa sin humor.

—Que nunca me había preguntado de dónde vengo.

No era una confesión sencilla.

Se notaba en la forma en que había pronunciado cada palabra.

Como si necesitara escucharlas en voz alta antes de aceptarlas.

—Siempre supe que era adoptada. Mis padres nunca me lo ocultaron.

Mi padre me enseñó los documentos cuando tuve edad suficiente para entenderlos.

Mi madre me hablaba de Colombia como si fuera un lugar lejano, casi hermoso, una parte de mi historia que no hacía falta explorar demasiado.

Bajó la vista hacia el vaso.

—Y yo acepté esa versión.

Tanit la observó en silencio.

—Cuando iba a primaria nos pidieron hacer un árbol genealógico. Sonrió con tristeza.

—Todos los niños preguntaban por sus abuelos. Sus tíos. Sus primos. Guardó silencio unos segundos.

—Yo llegué a casa y pregunté por los míos.

—¿Y qué pasó?

—Mi madre me ayudó a completar el trabajo. Pusimos a mis padres, a mis abuelos adoptivos y a toda la familia.

Movió ligeramente la cabeza.

—Recuerdo perfectamente que la profesora me felicitó.

—¿Y fue suficiente?

—En aquel momento sí.

La sonrisa desapareció.

—Supongo que porque quería que lo fuera.

Tanit comprendió exactamente lo que quería decir.

A veces no dejamos de hacer preguntas porque obtenemos respuestas. Las dejamos de hacer porque tenemos miedo de las que podrían llegar. —Porque era la única historia que tenías —dijo.

Naia negó lentamente.

—No.

Porque tenía miedo de descubrir que había otra.

A su alrededor, el bar seguía funcionando con absoluta normalidad. Alguien se rio cerca de la barra.

Un grupo de amigos brindó junto a una de las ventanas.

Durante unos segundos, la vida de los demás pareció

insoportablemente sencilla.

—Mi padre me quería —continuó Naia—. Mi madre también. Tuve una buena vida. Estudios. Amigos. Una casa. Una familia. Guardó silencio.

—Nunca sentí que me faltara nada.

Tanit esperó.

—Hasta ahora.

La inspectora no apartó la mirada.

—Ahora sabes que tenías una hermana.

Naia tragó saliva.

La palabra seguía resultándole extraña.

Como si perteneciera a la historia de otra persona.

—Una hermana a la que nunca conocí.

Miró fugazmente hacia la ventana.

—Una mujer que murió sin que yo supiera que existía.

Su voz se quebró apenas al final de la frase.

No llegó a llorar.

Pero Tanit vio claramente el esfuerzo que estaba haciendo para evitarlo. —Noemí no era una desconocida —continuó Naia—. O al menos no del todo.

Se quedó pensativa.

—Compartíamos sangre.

Compartíamos una madre.

Quizá compartíamos muchas más cosas de las que nunca llegaremos a saber.

—Eso es lo que vamos a averiguar.

Naia levantó la vista.

—¿De verdad crees que todo empezó en ese orfanato?

Tanit se tomó unos segundos antes de responder.

No quería ofrecer falsas certezas.

—Creo que allí encontraremos respuestas.

Tal vez no todas.

Pero sí las primeras.

La adopción.

Sor Beatriz.

La marca.

Todo apunta a ese lugar.

—¿Y si descubrimos algo que no queremos saber?

—Lo descubriremos igualmente.

Naia soltó el aire despacio.

—No eres muy buena tranquilizando a la gente.

—No es mi especialidad.

Aquello consiguió arrancarle una sonrisa mínima.

Fue breve.

Pero real.

—Ya me había dado cuenta.

Tanit apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia ella. —No sé qué vamos a encontrar en Colombia. Puede que haya documentación falsa. Puede que haya personas que no quieran hablar. Puede que alguien lleve décadas intentando ocultar parte de esta historia.

Hizo una breve pausa.

—Pero si Noemí murió por descubrir algo, no podemos fingir que no existe.

Naia sostuvo su mirada.

Y, por primera vez desde que se conocieron, a Tanit le pareció que la veía sin ninguna barrera entre las dos.

—¿Crees que la mataron por investigar?

Tanit meditó la respuesta.

El camarero pasó junto a ellas y retiró varias mesas vacías. Fuera, las luces de los coches avanzaban en largas líneas de color sobre la avenida.

La ciudad parecía inmensa.

Y, de repente, el caso también.

—Creo que Noemí no llegó a El Papiol por casualidad.

Naia esperó.

—Sabemos muy poco sobre ella. Llegó al pueblo hacía pocos meses. Trabajaba en La Colmena. Apenas hablaba de su pasado y nadie parece conocer realmente quién era antes de aparecer allí.

—Como si hubiera empezado una vida nueva.

—O como si estuviera intentando terminar algo que había comenzado mucho antes.

Naia bajó la vista.

Aquella posibilidad pareció afectarle más de lo que esperaba. —Entonces pudo descubrir algo.

—Es posible.

—Algo relacionado conmigo.

—O contigo, o con vuestra madre, o con el orfanato.

Tanit sostuvo su mirada.

—Ahora mismo no podemos descartar ninguna opción.

Naia permaneció unos segundos en silencio.

Después habló en voz más baja.

—¿Y si me estaba buscando?

La pregunta quedó suspendida entre ambas.

Tanit pensó en la marca.

En el ADN.

En la forma en que colocaron el cadáver en la ermita.

Pensó también en todo lo que todavía ignoraban.

—No lo sé.

Y era la verdad.

—Pero si lo estaba haciendo, seguramente había descubierto algo importante.

Naia asintió lentamente.

La idea parecía abrirse paso en su interior.

Como una pieza que encajaba donde siempre había debido estar. —Entonces tengo que saber qué encontró.

—Sí.

—Y qué le hicieron.

Tanit no respondió.

Porque aquella parte ya la conocían.

Lo que no sabían era quién había dado la orden.

Naia observó durante unos segundos la espuma deshecha de la cerveza. —Quiero ir a Colombia.

La frase llegó sin dramatismo.

Sin énfasis.

Precisamente por eso resultó definitiva.

Tanit la observó.

—No será un viaje sencillo.

—No he dicho que lo sea.

—Puede ser peligroso.

Naia sostuvo su mirada.

—Mi hermana está muerta, inspectora.

Creo que ya hemos superado la parte sencilla.

Aquella respuesta sorprendió a Tanit.

No por las palabras.

Sino por la firmeza con que las pronunció.

La mujer que tenía delante ya no era la doctora tranquila que había conocido en la clínica.

Seguía siendo ella.

Pero algo había cambiado.

Como si una puerta se hubiera abierto y ya no pudiera cerrarse. —No vas a ir sola.

Naia la observó con atención.

—¿Eso es una orden policial?

—No.

—Entonces, ¿qué es?

Tanit vaciló apenas un instante.

Lo suficiente para que Naia lo advirtiera.

—Es que no quiero que vayas sola.

El silencio que siguió fue distinto.

Más íntimo.

Más difícil de explicar.

Naia bajó la mirada hacia las manos de Tanit apoyadas sobre la mesa. Después volvió a sus ojos.

—No eres de las que acompañan a nadie.

—No.

—Y tampoco de las que se implican demasiado.

Aquello arrancó una leve sonrisa a Tanit.

—Eso dicen.

—Entonces, ¿por qué conmigo?

La pregunta la tomó desprevenida.

Podía hablar de la investigación.

Del asesinato.

De Noemí.

Todo eso era cierto.

Pero ninguna de aquellas respuestas terminaba de explicar lo que sentía. —Porque esto ya no es solo un caso.

Naia sostuvo su mirada.

Durante varios segundos ninguna apartó los ojos.

La música seguía sonando al fondo.

El ruido de las conversaciones llegaba amortiguado.

Como si el resto del local hubiera desaparecido.

Tanit levantó la mano.

Apartó con suavidad un mechón de cabello que había caído sobre el rostro de Naia.

Esta vez no se apresuró a retirarla.

Sus dedos permanecieron un instante junto a su mejilla.

Solo un instante.

Pero suficiente.

Naia no se apartó.

Al contrario.

Pareció inclinarse apenas unos milímetros hacia aquella cercanía inesperada.

—¿Y qué es entonces? —preguntó en voz baja.

Tanit retiró lentamente la mano.

—Algo que no pienso dejar a medias.

Por primera vez, Naia sonrió de verdad.

No una sonrisa triste.

Ni una sonrisa educada.

Una sonrisa nacida del alivio.

Como si acabara de descubrir que ya no tendría que afrontar aquello sola.

La conversación se volvió más tranquila después de eso.

Más serena.

Aunque el peso de todo siguiera allí.

—Tengo miedo de descubrir que mis padres me mintieron toda la vida. —Puede que te ocultaran cosas.

—No es lo mismo.

—No.

Tanit negó despacio.

—Pero tampoco significa que no te quisieran.

Naia apoyó la espalda en la silla.

—Mi padre sabía que había algo extraño en aquella adopción. —Sí.

—Y aun así dejó de preguntar.

—Porque tenía miedo de perderte.

Naia soltó una breve risa amarga.

—Eso no lo convierte en un héroe.

—No.

—Pero tampoco en un monstruo.

Aquella vez fue ella quien guardó silencio.

Porque sabía que era cierto.

Tanit observó la ciudad tras el cristal.

Las terrazas llenas.

Las luces reflejándose en el asfalto.

Las personas caminando ajenas a todo aquello.

Mañana hablaré con Axel.

Necesitamos revisar vuelos, contactar con la policía colombiana y reunir toda la información posible sobre el orfanato.

No podemos llegar allí sin preparación.

Naia asintió.

—¿Cuánto tardaremos?

—Lo menos posible.

—Quiero ir cuanto antes.

—Lo sé.

Durante unos segundos permanecieron en silencio.

Después Naia observó el vaso que seguía casi lleno frente a ella. —Hace dos días pensaba que mi vida estaba clara.