Capítulo 13
El informe llegó poco antes del anochecer.
Axel lo dejó sobre la mesa de Tanit sin decir una palabra.
Llevaba toda la tarde entrando y saliendo del laboratorio, esperando un resultado que ninguno de los dos sabía muy bien cómo interpretar. Esta vez bastó una sola mirada para comprender que algo había cambiado.
Tanit abrió el sobre.
Leyó la primera página despacio, después volvió al principio, la tercera vez ya no buscaba un dato, intentaba aceptar lo que tenía delante. Compatibilidad genética por línea materna: 99,99 %.
Parentesco biológico compatible con familiares directas de primer grado.
Durante unos segundos, el despacho quedó completamente en silencio. Axel fue el primero en hablar.
—Dime que han mezclado las muestras.
Tanit negó muy despacio.
—Las han analizado tres veces.
Axel dejó escapar el aire por la nariz.
—Entonces...
No terminó la frase.
No hacía falta.
Tanit volvió a observar el informe.
La misma marca.
La misma edad aproximada.
La misma línea materna.
Las piezas empezaban a encajar de una forma demasiado precisa para resultar cómoda.
—¿Qué significa exactamente? —preguntó Axel.
—Que comparten madre.
El silencio regresó.
Más pesado que antes.
Dos niñas.
La misma marca grabada en la piel.
La misma madre biológica.
Dos vidas completamente distintas.
Y una de ellas había aparecido degollada en una ermita.
Axel tomó asiento frente a ella.
—Lo más probable es que fueran hermanas.
—Sí.
Tanit dejó el informe sobre la mesa.
—Lo más probable.
Durante unos segundos ninguno añadió nada más.
Los dos estaban pensando en lo mismo.
Aquella conexión ya no era una teoría.
Era un hecho.
—Hay otra cosa —dijo Axel.
La inspectora levantó la vista.
—¿Qué?
—Seguimos sin identificarla oficialmente.
Tanit frunció ligeramente el ceño.
—¿Las huellas?
—Estamos ampliando las búsquedas.
Pero por ahora no hemos obtenido ninguna coincidencia concluyente. —Eso tampoco significa demasiado.
—No.
Pero seguimos sin saber quién era realmente.
La inspectora asintió.
Aquello sí resultaba preocupante.
No porque fuera imposible.
Sino porque cada día que pasaba añadía nuevas preguntas. —¿Ha aparecido alguien preguntando por ella?
—Nadie.
Ni familiares.
Ni amistades.
Ni ninguna denuncia que encaje claramente con su descripción. Tanit volvió a mirar la fotografía de Noemí.
La mujer sonreía ligeramente en la imagen que habían recuperado de La Colmena.
Parecía tranquila.
Como si la investigación estuviera hablando de otra persona. —Necesito hablar con Naia.
Axel ya esperaba aquella respuesta.
—¿Quieres que vaya contigo?
—No.
Se levantó y cogió las llaves.
—Esto tengo que decírselo yo.
Naia abrió la puerta antes de que Tanit llamara por segunda vez. Llevaba ropa cómoda.
El cabello recogido.
Una taza de café entre las manos.
Parecía tranquila.
Sus ojos no.
—Has encontrado algo.
No era una pregunta.
Tanit entró en silencio.
Cerró la puerta tras de sí.
Durante unos segundos permaneció de pie en el salón.
Buscando la forma adecuada de decirlo.
Pero algunas noticias no admiten rodeos.
—La mujer que encontraron en la ermita sigue sin estar identificada oficialmente.
Naia dejó la taza sobre la mesa.
—Pero habéis descubierto algo.
Tanit asintió.
Sacó el informe.
—Sí.
Compartía contigo ADN materno.
Naia observó el documento sin tocarlo.
Como si todavía no comprendiera lo que significaba.
—Explícamelo.
—Significa que sois familiares directas por parte de madre. La joven tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Familiares?
—Sí.
Guardó silencio un instante.
—Y, dadas las edades y los resultados, lo más probable es que fueran hermanas.
Aquellas últimas palabras quedaron suspendidas entre las dos. Naia bajó lentamente la mirada.
—¿Mi hermana?
—Sí.
La respuesta apenas fue un susurro.
Pero llenó toda la habitación.
Naia se dejó caer en el sofá.
No lloró.
No hizo preguntas.
Simplemente permaneció inmóvil.
Intentando encajar una idea imposible.
Había pasado toda la vida creyéndose hija única.
Y acababa de descubrir que una hermana desconocida había aparecido asesinada a pocos kilómetros de su casa.
—¿Estás bien?
Naia soltó una breve risa sin humor.
—No tengo ni idea.
Miró sus manos.
Después la fotografía.
Y finalmente a Tanit.
—Ni siquiera sé cómo debería sentirme.
Durante unos segundos ninguna de las dos habló.
El apartamento estaba en silencio.
Solo se escuchaba el ruido lejano del tráfico entrando por la ventana entreabierta.
Naia seguía observando el informe.
Como si esperara que las palabras cambiaran al leerlas una segunda vez. O una tercera.
O una cuarta.
Pero no cambiaban.
La mujer asesinada en la ermita seguía siendo su hermana. Una hermana cuya existencia desconocía hasta hacía apenas unos minutos.
—Siempre pensé que era hija única —murmuró.
Tanit no respondió.
A veces acompañar era más útil que preguntar.
Naia apoyó los codos sobre las rodillas.
—Supongo que es absurdo.
—¿Qué?
—Ahora mismo ni siquiera sé quién era ella.
Levantó la vista.
—No sé cómo era.
No sé qué le gustaba.
No sé si se parecía a mí.
Ni siquiera sé su verdadero nombre.
La inspectora bajó la mirada hacia el informe.
Era cierto.
Seguían sin saber quién era realmente Noemí.
—Pero aun así duele.
La frase quedó suspendida en el salón.
Sencilla.
Honesta.
Y mucho más triste que cualquier llanto.
Después de unos instantes, Naia volvió a hablar.
—¿Sabes una cosa?
—Dime.
—Siempre he tenido una sensación extraña desde niña. Tanit la observó.
—¿Qué clase de sensación?
Naia dudó.
Como si no estuviera segura de querer ponerle palabras. —Como si me faltara algo.
Soltó una pequeña sonrisa.
—Sé que suena ridículo.
—No.
—Durante años pensé que era por la adopción.
Porque siempre hay preguntas que nadie puede responder. Miró hacia la ventana.
Las luces de Barcelona comenzaban a encenderse al otro lado de la ciudad.
—A veces tenía sueños repetidos.
No eran recuerdos.
O eso creo.
Más bien sensaciones.
El ruido de un ventilador.
Mucho calor.
Una canción que no consigo recordar.
Cosas así.
Tanit guardó silencio.
Ahora resultaba mucho más creíble.
Más humano.
Más parecido a fragmentos dispersos que a recuerdos reales. —Siempre pensé que era imaginación.
—Puede que lo fuera.
—Puede.
Naia permaneció pensativa.
—O puede que no.
Las dos guardaron silencio.
Fuera, una sirena sonó en la distancia y desapareció poco después. —Quiero ir a Colombia.
Tanit levantó la vista.
Lo había dicho con absoluta convicción.
—¿Al orfanato?
—Sí.
—Naia...
—Si mi hermana salió de allí y todo esto empezó allí, necesito verlo. Necesito entender qué pasó.
La joven se incorporó.
Por primera vez desde que había llegado parecía tener un objetivo. —Quiero saber quién era mi madre.
Quiero saber quién era ella.
Y quiero saber por qué dos niñas acabaron separadas.
Tanit comprendía perfectamente aquella necesidad.
El problema era que la investigación ya estaba empezando a resultar peligrosa.
—No sabemos lo que vamos a encontrar.
—Lo sé.
—Y tampoco sabemos quién mató a tu hermana.
Naia sostuvo su mirada.
—Precisamente por eso.
La inspectora no encontró argumentos.
Porque, en el fondo, ella misma pensaba igual.
Una hora después estaban sentadas en el despacho de Josep Montalbán. La tarde se había convertido en noche.
A través de los ventanales solo quedaban reflejos.
El médico permanecía junto a la ventana, con las manos entrelazadas detrás de la espalda.
No preguntó por qué estaban allí.
Lo entendió en cuanto vio la expresión de su hija.
—Han llegado los resultados.
No era una pregunta.
Naia dejó el informe sobre la mesa.
—Tenía una hermana.
Josep permaneció inmóvil.
Durante unos segundos nadie habló.
El médico bajó la mirada hacia los documentos.
Leyó varias líneas.
Después levantó lentamente la cabeza.
Aquella vez no intentó ocultar lo que sentía.
La noticia lo había golpeado.
—Dios mío...
Fue apenas un susurro.
Naia dio un paso hacia él.
—¿Lo sabías?
—No.
La respuesta llegó inmediatamente.
Después añadió algo más.
—No sabía nada de una hermana.
Pero siempre sospeché que había cosas que nunca me contaron. La habitación quedó en silencio.
Tanit observó cómo Naia procesaba aquellas palabras. No parecían consolarla.
Pero tampoco sonaban a mentira.
—¿Qué cosas?
Josep respiró hondo.
—El orfanato.
Los documentos.
Algunas respuestas demasiado rápidas.
Algunas preguntas que nadie quería contestar.
La inspectora no apartó la mirada.
—¿Y aun así siguió adelante?
El médico observó a su hija.
—Sí.
Porque quería traerla a casa.
Naia bajó la vista.
Aquella respuesta no resolvía nada.
Pero explicaba mucho.
—Necesitamos volver allí —dijo Tanit.
—Lo imaginaba.
—Queremos revisar archivos.
Localizar a Sor Beatriz.
Hablar con cualquiera que siga vivo y recuerde aquella época. Josep tardó unos segundos en responder.
—Ese lugar nunca me gustó.
Ni entonces.
Ni ahora.
—¿Por qué?
El médico se apoyó lentamente en la mesa.
—Porque daba la sensación de que siempre ocurrían cosas fuera de tu vista.
Demasiada gente entrando y saliendo.
Demasiadas historias incompletas.
Miró un instante el informe.
—Y porque Sor Beatriz parecía vivir asustada.
Naia levantó la cabeza.
—¿Asustada de qué?
—Nunca me lo dijo.
Pero recuerdo que una vez me pidió que me marchara cuanto antes con vosotros.
—¿Con vosotros?
—Contigo.
El médico corrigió la frase casi sin darse cuenta.
Y aquello hizo que el silencio regresara a la sala.
Porque, por primera vez, los tres estaban pensando en la misma posibilidad.
Quizá Naia nunca había sido la única niña.
El silencio se prolongó unos segundos más.
Josep fue el primero en romperlo.
—Si vais a Colombia, quiero ayudaros.
Naia lo observó sin decir nada.
El médico parecía más cansado que unas horas antes.
Como si cada nueva respuesta trajera consigo una pregunta que llevaba décadas evitando.
—Conservo contactos de aquella época. Médicos, cooperantes, algunos religiosos.
No sé cuántos seguirán allí, pero puedo intentarlo.
—Hazlo —respondió Tanit—. Cualquier información puede ser útil. Josep asintió.
Miró a su hija.
—Naia...
Ella levantó la vista.
—Lo siento.
La frase la sorprendió.
También a Tanit.
—¿Por qué?
El médico tardó unos segundos en responder.
—Porque siempre pensé que te estaba dando una vida mejor. Y quizá era verdad.
Pero ahora empiezo a preguntarme qué te arrebaté por el camino. Naia bajó la mirada.
No respondió.
Porque sabía que aquella conversación llegaba treinta años tarde. Y porque ninguno de los dos tenía respuestas.
Solo preguntas.
Muchas preguntas.
Demasiadas.
Cuando abandonaron la clínica, la noche ya se había apoderado de Barcelona.
Las luces brillaban sobre las avenidas.
Las terrazas seguían llenas.
La ciudad continuaba moviéndose con la misma normalidad de siempre.
Como si ninguna historia terrible estuviera escondida bajo su superficie. Naia permaneció junto al coche observando el horizonte.
—¿Crees que ella sabía quién era yo?
Tanit comprendió inmediatamente de quién hablaba.
—No lo sé.
—Si era mi hermana, quizá estuvo buscándome.
La inspectora recordó la marca.
La ermita.
La forma en que colocaron el cuerpo y aquella insistente sensación de que nada era casual.
—Es posible.
Naia permaneció en silencio.
—Y si me encontró demasiado tarde.
Aquella posibilidad quedó suspendida entre ambas.
Porque ninguna podía descartarla.
Tanit estaba a punto de responder cuando el teléfono vibró en su bolsillo.
La pantalla mostró el nombre de Axel.
Contestó al instante.
—Dime.
La voz del agente sonó distinta.
Más tensa, más rápida.
—Inspectora, tenemos un problema.
Tanit se incorporó ligeramente.
—¿Qué ha pasado?
—Hemos localizado el lugar donde vivía Noemí.
La inspectora intercambió una mirada con Naia.
—¿Cómo?
—La propietaria de una casa de huéspedes la reconoció por las fotografías. Alquilaba una habitación desde hacía varios meses. —¿Y?
Al otro lado de la línea se hizo un breve silencio.
Un silencio que no le gustó nada.
—Alguien llegó antes que nosotros.
La expresión de Tanit cambió de inmediato.
—Explícate.
—La cerradura está forzada.
No parece un robo normal.
—¿Qué falta?
—Todavía no lo sabemos.
La propietaria dice que no echaron abajo cajones ni revolvieron la habitación como haría un ladrón.
Tanit permaneció callada.
Escuchando.
—Parece que buscaban algo concreto.
—¿Dinero?
—No.
Había algo de efectivo y sigue allí.
También joyas baratas, ropa, objetos personales.
Nada de eso ha desaparecido.
Aquello era incluso peor.
Porque significaba que el intruso no había entrado a robar. Había entrado a recuperar algo.
O a hacerlo desaparecer.
—¿Hay señales de violencia?
—No.
Y la propietaria asegura que nadie llamó la atención.
Debió ocurrir durante el día.
Con calma.
Como si supieran exactamente dónde estaban entrando. Tanit apretó el teléfono con fuerza.
Aquello ya no parecía una coincidencia.
—No toquéis nada.
Voy para allá.
—Ya he pedido Policía Científica.
—Bien.
Nos vemos allí.
Colgó.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, pensando. Ordenando todas las piezas.
—¿Qué ocurre? —preguntó Naia.
—Han entrado en la habitación de Noemí.
La joven palideció.
—¿Después de su muerte?
—Sí.
—¿Y qué buscaban?
—Eso es precisamente lo que vamos a averiguar.
Naia permaneció callada.
Después formuló la pregunta que Tanit ya se estaba haciendo. —¿Y si encontraron lo que buscaban?
La inspectora miró hacia las luces de la ciudad.
Aquella posibilidad existía.
Y no le gustaba nada.
Porque significaba que alguien llevaba ventaja.
Alguien que sabía quién era Noemí.
Y, probablemente, alguien que había entendido mucho antes que ellas la importancia de aquella muerte.
Tanit abrió la puerta del coche.
—Vamos.
—¿A la habitación?
—Sí.
Naia ocupó el asiento del copiloto.
La inspectora arrancó el motor.
Mientras se incorporaban al tráfico, una idea no dejaba de repetirse en su cabeza.
La misma mujer que había compartido sangre con Naia.
La misma mujer que llevaba su misma marca.
La misma mujer que había aparecido asesinada en una ermita. La misma mujer que trabajaba en La Colmena.
Y alguien acababa de demostrar que estaba dispuesto a seguir borrando sus huellas incluso después de su muerte.
Porque la verdad no solo llevaba años oculta.
También estaba siendo perseguida.