Las Marcadas Capítulo 12
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Capítulo 12

El Instituto Forense de El Papiol olía a metal, desinfectante y frío. Tanit reconoció aquel olor incluso antes de cruzar la puerta. Había trabajado en suficientes autopsias para saber que todos los institutos forenses terminaban pareciéndose.

Da igual la ciudad.

Da igual el edificio.

Al final siempre quedaban las mismas luces blancas.

Los mismos pasillos silenciosos.

La misma sensación de que, entre aquellas paredes, las historias dejaban de pertenecer a los vivos.

Fuera, el calor de la tarde seguía apoderándose del pueblo. Dentro, el aire acondicionado parecía empeñado en borrar cualquier rastro del exterior.

Axel la esperaba al fondo del corredor.

Sujetaba un café de máquina que debía de llevar demasiado tiempo enfriándose.

—Llegas tarde.

—Llego cuando hay algo que ver.

—Entonces hoy vas a quedarte un rato.

La media sonrisa de Axel desapareció enseguida.

Aquello no era una visita rutinaria.

Los dos lo sabían.

Avanzaron juntos hasta la sala de autopsias.

El silencio resultaba casi absoluto.

Solo se escuchaba el zumbido constante de los sistemas de ventilación. Sobre la mesa de acero descansaba la mujer encontrada en la ermita. La sangre había desaparecido.

Le habían peinado el cabello.

Y las manos seguían colocadas sobre el vientre exactamente igual que cuando apareció frente a la imagen de Santa Eulalia.

Parecía dormida.

Demasiado tranquila para alguien que había muerto de forma tan violenta.

Tanit volvió a sentir la misma impresión que había tenido al verla en la ermita.

Aquello no parecía un abandono.

Parecía una ceremonia.

Como si la muerte fuera solo una parte de algo más importante. El forense terminó de revisar unas notas.

Era un hombre metódico, poco dado a dramatizar.

Precisamente por eso Tanit prestaba atención cuando algo conseguía inquietarlo.

—Mujer de entre veintiocho y treinta y dos años.

La muerte se produjo por sección de la arteria carótida izquierda. —¿Hora?

—Entre las cinco y las siete de la madrugada.

Tanit asintió.

El margen coincidía con las primeras estimaciones.

—¿Murió en la ermita?

El forense negó con la cabeza.

—No.

Se acercó a una mesa auxiliar y consultó varias fotografías. —No hay restos de polvo, humedad ni partículas compatibles con el interior de la ermita.

Tampoco existen signos de arrastre.

Axel intercambió una mirada con Tanit.

—Entonces la llevaron hasta allí.

—Sí.

Y quien lo hizo tuvo tiempo suficiente para colocarla.

No había sido una improvisación.

No había pánico.

Ni precipitación.

Todo había sido calculado.

La inspectora volvió a observar el cuerpo.

Cuanto más analizaba la escena, menos parecía un asesinato impulsivo. Era un mensaje.

La pregunta era para quién.

El forense pasó una página.

—También hemos encontrado restos de cloroformo en sangre y en las vías respiratorias.

—Intentaron dormirla.

—Sí.

Pero no perdió el conocimiento inmediatamente.

Tanit levantó la vista.

—¿Qué significa eso?

El forense señaló las manos de la víctima.

—Hay restos de piel bajo varias uñas.

Forcejeó.

Intentó apartar el paño.

Arañó a quien la sujetaba.

Se hizo un breve silencio.

—Luchó.

Aquella palabra quedó suspendida en el aire.

Porque cambiaba muchas cosas.

No había entrado voluntariamente en aquella situación.

No había aceptado su destino.

Había intentado evitarlo.

—¿Cuánto tiempo estuvo consciente?

—Segundos.

Quizá algo más.

Pero suficiente para comprender que alguien intentaba someterla por la fuerza.

Después llegó la inconsciencia.

Y ya no volvió a despertar.

Tanit observó nuevamente el cuerpo.

Ahora lo veía de otra forma.

No solo una víctima.

Una mujer que había intentado resistirse.

Una mujer que probablemente supo que algo iba mal demasiado tarde. —¿Tenemos ADN?

—Las muestras ya están en el laboratorio.

Si pertenece al agresor, lo sabremos.

—Quiero prioridad absoluta.

El forense asintió.

Luego guardó silencio.

Demasiado silencio.

Tanit lo notó enseguida.

—¿Qué ocurre?

El hombre cerró la carpeta.

—Hay algo más.

Axel dejó el vaso de café sobre una bandeja metálica.

Tanit ya sabía la respuesta antes de escucharla.

—La marca.

El forense retiró la sábana con cuidado.

La pasionaria apareció sobre la piel.

Pequeña.

Perfecta.

Precisa.

Inconfundible.

La misma flor.

La misma cicatriz.

La misma historia grabada en otro cuerpo.

Y, por primera vez desde el inicio de la investigación, Tanit dejó de pensar en el asesinato.

Porque comprendió que aquella marca llevaba allí mucho más tiempo que el asesino.

Mucho más tiempo que Noemí en El Papiol.

Quizá mucho más tiempo que la propia identidad con la que había vivido.

El forense mantuvo la sábana apartada unos segundos más. La pasionaria parecía casi delicada sobre la piel.

Como si hubiera sido dibujada allí con una intención que el tiempo no había conseguido borrar.

—Tiene muchos años —explicó—. Probablemente fue realizada durante la primera infancia.

Tanit se acercó un poco más.

Las líneas seguían siendo precisas.

Los bordes estaban perfectamente definidos.

No era una cicatriz cualquiera.

Aquello había sido hecho por alguien que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Y, sobre todo, por alguien que quería que permaneciera.

—¿Hay algo más? —preguntó.

—Sí.

El forense apartó unas fotografías.

—Encontramos otra cicatriz.

Señaló la zona inferior de las costillas.

Era pequeña.

Mucho menos llamativa que la marca.

Pero estaba ahí.

—¿Qué tipo de intervención fue?

—No puedo asegurarlo.

Es demasiado antigua.

Podría tratarse de una biopsia.

O de una cirugía menor realizada durante la infancia.

Tanit observó la imagen.

Otra señal llegada desde el pasado, otra pregunta sin respuesta. —¿Hay alguna forma de saber qué intervención fue?

El forense negó con la cabeza.

—No sin un historial médico o alguna referencia clínica previa. La inspectora asintió.

Por el momento no tenían nada parecido.

—Hay otra cuestión que me llama la atención.

—¿Cuál?

—Su estado general.

—¿Qué ocurre?

—Que estaba sana.

La respuesta sorprendió a Tanit.

—¿Sana?

—Muy sana.

Sin enfermedades crónicas, sin tratamientos recientes, sin consumo habitual de sustancias.

Sin patologías significativas.

Consultó varias páginas del informe.

—Da la impresión de que se cuidaba bastante.

La observación quedó flotando entre ellos.

No parecía importante.

Pero Tanit sabía que las pequeñas rutinas suelen decir más sobre una persona que muchos testimonios.

Noemí podía ocultar cosas.

Pero su cuerpo reflejaba una vida ordenada.

No la de alguien que se hubiera abandonado a su suerte. —¿Algo más?

El forense reflexionó.

—No presenta signos de embarazos anteriores.

Ni intervenciones relacionadas.

Axel arqueó una ceja.

—¿Eso nos sirve para algo?

—Todavía no lo sé.

Respondió Tanit.

—Pero apunta todo.

Llevaban muy pocos días de investigación y aún era pronto para descartar detalles.

El forense cerró finalmente la carpeta.

—Os avisaré en cuanto lleguen los resultados de ADN. —Perfecto.

Tanit lanzó una última mirada hacia la mesa.

Aquella mujer seguía siendo una desconocida.

Y cada nueva respuesta parecía abrir una pregunta distinta. Salieron de la sala de autopsias.

El silencio los acompañó por el pasillo.

Las luces blancas, las puertas cerradas.

El eco amortiguado de sus pasos.

Al llegar al vestíbulo, Axel retomó la conversación.

—He seguido revisando todo lo relacionado con ella.

—¿Y?

—Poca cosa.

La mayoría de las personas que la conocían apenas llevaban unos meses tratando con ella.

Tanit asintió.

Era lógico.

Noemí había aparecido en El Papiol poco tiempo antes.

—¿Algo útil?

—La misma impresión que ya teníamos.

Reservada, educada, inteligente.

No hablaba mucho de sí misma.

—Eso tampoco es un delito.

—No.

Pero dificulta bastante las cosas.

Axel abrió una carpeta.

—Seguimos sin una identificación oficial.

No llevaba documentación cuando apareció, ni teléfono.

Ni nada que pueda ayudarnos a confirmar quién era.

Tanit permaneció pensativa.

Aquello era lo que más la inquietaba.

No la ausencia de respuestas.

Sino la cantidad de preguntas.

—Podría haber llegado de cualquier sitio.

—Exacto.

Del sur, de otra comunidad, o incluso del extranjero.

Por ahora no podemos descartar nada.

La inspectora recordó la observación de la dependienta de la pastelería. —El acento andaluz.

—Sí.

Es poco, pero es lo único que apunta hacia algún lugar concreto. Tanit observó el aparcamiento a través de la cristalera.

La tarde comenzaba a caer sobre el pueblo.

—Entonces seguimos igual.

—No exactamente.

—¿No?

Axel la miró.

—Ahora sabemos que tiene la misma marca que Naia.

Y eso ya es más de lo que teníamos hace dos días.

Aquello era cierto.

De todas las incógnitas, la marca seguía siendo la única realidad sólida. La única pieza que no cambiaba.

La única conexión imposible de ignorar.

Aquella noche Tanit permaneció en la comisaría mucho después de que la mayoría de las luces se apagaran.

El pueblo ya había cambiado de ritmo.

Desde la ventana de su despacho llegaban sonidos dispersos. Una motocicleta cruzando el centro.

El murmullo de una terraza todavía abierta.

Una televisión encendida en algún piso cercano.

La vida seguía adelante, como siempre.

Como si una mujer no hubiera aparecido asesinada en una ermita apenas dos días antes.

Extendió sobre la mesa todo lo que tenían.

Las fotografías de la escena.

Los informes forenses.

Las imágenes de la marca.

Las notas tomadas en la clínica.

Los documentos de adopción de Naia.

No era mucho, pero tampoco era poco.

Había suficientes piezas para intuir una historia.

El problema era que aún no sabía cuál.

Volvió a observar la fotografía de Noemí.

Los ojos, la expresión serena.

La pasionaria grabada sobre la piel.

Y sintió la misma frustración que la acompañaba desde el principio. No sabía quién era aquella mujer.

Todos la llamaban Noemí.

Pero eso no significaba nada.

Podía ser su nombre verdadero, o no.

Por ahora no tenían forma de comprobarlo.

El teléfono sonó cerca de las once.

Era Axel.

—¿Sigues ahí?

—Sí.

—Debería haberlo imaginado.

Tanit sonrió levemente.

—¿Has encontrado algo?

—Nada concluyente.

La inspectora se incorporó.

—Cuéntame.

—Seguimos revisando posibles coincidencias. Huellas, archivos, registros, documentación sanitaria...

—¿Y?

—Por ahora no tenemos identificación positiva.

Tanit apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Ni una sola coincidencia?

—Todavía no.

Pero eso no quiere decir que no exista.

Solo que aún no sabemos dónde buscar.

Aquella respuesta resultó mucho más razonable que cualquier teoría extravagante.

Porque las personas no desaparecen sin dejar rastro.

Pero a veces utilizan nombres distintos.

Comunidades distintas.

Vidas distintas.

—La dependienta de la pastelería dijo que tenía acento andaluz. —Lo recuerdo.

—Eso reduce un poco el mapa.

—España está llena de andaluces, Axel.

—Ya, pero es algo.

Tanit observó nuevamente la fotografía.

Era verdad.

Era algo.

Más de lo que tenían unas horas antes.

—¿Sabes qué es lo que más me molesta?

—¿Qué?

—Que la única certeza que tenemos está grabada en su piel. Axel tardó unos segundos en responder.

—La marca.

—La marca.

La misma flor, la misma ubicación, la misma cicatriz, la misma edad aproximada.

Aquello seguía siendo imposible de ignorar.

Aunque todo lo demás continuase siendo una incógnita. —Naia es la única conexión sólida que tenemos.

—Y Colombia.

—Y Colombia.

Colgó pocos minutos después.

Tanit volvió a mirar el tablón donde había empezado a ordenar la investigación.

Noemí.

Naia.

Clínica Montalbán.

Sor Beatriz.

Colombia.

Todavía parecían piezas dispersas.

Pero ya formaban un dibujo.

Uno incompleto, confuso, peligroso.

Y cada vez estaba más convencida de que el asesinato era solo una consecuencia.

No el origen.

Se levantó y caminó hasta la ventana.

Las luces del pueblo brillaban entre la oscuridad.

Tranquilas, familiares, engañosamente inocentes.

Pensó en la ermita.

En la forma en que habían colocado el cuerpo.

En la pasionaria y en una idea que no dejaba de regresar. No habían intentado ocultar a la víctima.

Habían hecho exactamente lo contrario.

La habían dejado donde sabían que sería encontrada.

Como si quisieran que alguien viera aquella marca.

Como si quisieran que alguien hiciera preguntas.

Apagó la lámpara del despacho y recogió las carpetas.

Antes de marcharse observó por última vez la fotografía de la mujer asesinada.

Seguían sin conocer su nombre.

Seguían sin saber de dónde venía.

Seguían sin entender qué hacía en El Papiol.

Pero ya tenían una dirección.

La marca.

Y la mujer que seguía viva al otro lado de esa conexión.

Naia Montalbán.

Tanit guardó la fotografía, después apagó la luz.

Mientras cerraba la puerta de la comisaría comprendió cuál era la pregunta correcta.

No quién había matado a Noemí.

Todavía no.

Primero debía averiguar quién era realmente aquella mujer. Porque hasta que no descubriera quién había sido antes de llegar a El Papiol, todas las demás respuestas seguirían ocultas en la oscuridad.