Las Marcadas Capítulo 11 #2
26%

Capítulo 11 #2

—Sé que suena absurdo.

Pero cuando me miró tuve la sensación de que ya la conocía. No como médico.

No como visitante.

Como si llevara años esperándola.

Aquella emoción no parecía fingida.

Ni preparada.

Simplemente estaba allí.

—¿Y Sor Beatriz?

La sonrisa desapareció.

—Ella dirigía el orfanato.

Era una mujer pequeña.

Muy seria.

Siempre parecía preocupada por algo.

—¿Le habló de Naia?

—Sí.

Le expliqué que mi esposa y yo llevábamos años intentando formar una familia.

Que queríamos adoptar.

Y entonces me hizo una pregunta.

—¿Cuál?

—Me preguntó si estaba completamente seguro.

Tanit esperó.

—Le dije que sí.

—¿Y qué respondió?

Josep tardó varios segundos en contestar.

Como si siguiera escuchando aquella conversación.

—Me dijo que, si quería llevármela, debía hacerlo cuanto antes. —¿Por qué?

—No me lo explicó.

Se limitó a repetir que no debía esperar.

Que si esperaba demasiado podría perder la oportunidad. La inspectora sintió un leve escalofrío.

—¿Eso fue todo?

—No.

El médico bajó la mirada.

—También me dijo algo más.

El despacho quedó en silencio.

—¿Qué?

Josep cerró los ojos unos segundos.

Y cuando volvió a abrirlos parecía estar viendo de nuevo el orfanato. La ventana, la humedad.

La cuna.

Y aquella monja.

—Me dijo que algunas preguntas eran peligrosas.

Tanit no se movió.

—¿Peligrosas?

—Sí.

Y después pronunció una frase que jamás he olvidado.

La inspectora sintió cómo el silencio se volvía más pesado. —¿Cuál?

Josep sostuvo su mirada.

Y respondió despacio.

—Hay niños que necesitan una familia.

Hizo una pausa.

—Y hay niños que necesitan desaparecer.

La frase quedó suspendida entre ambos.

Como una sombra llegada desde otro tiempo.

Y, por primera vez desde que había comenzado la investigación, Tanit tuvo la certeza de que el asesinato de Noemí no había empezado en El Papiol.

Ni siquiera en España.

Había empezado muchos años atrás.

Al otro lado del océano.

El silencio permaneció varios segundos en el despacho. Josep seguía mirando algún punto perdido entre los recuerdos. Como si la voz de Sor Beatriz continuara resonando treinta años después.

Tanit fue la primera en hablar.

—¿Y usted qué hizo?

El médico soltó una breve risa sin humor.

—Lo que probablemente haría cualquier hombre desesperado. Bajó la mirada hacia una de las fotografías de Naia.

—Le hice caso.

—¿No le pareció extraño?

—Muchísimo.

—Entonces, ¿por qué aceptó?

Josep permaneció unos segundos en silencio.

Cuando respondió, su voz sonó más cansada.

Más honesta.

—Porque sabía cuánto deseaba Flor ser madre.

Porque aquella niña necesitaba una familia.

Y porque, cuando la tuve en brazos, dejé de pensar con la cabeza. Miró hacia la fotografía de Noemí.

La pequeña flor grabada en el costado.

La cicatriz imposible.

—Durante años me convencí de que había hecho lo correcto. Que algunas preguntas pertenecían al pasado.

Y que el amor bastaba para compensar cualquier incertidumbre. Respiró hondo.

—Ahora ya no estoy tan seguro.

Aquella confesión pesó más que cualquier negación.

Porque no sonaba a excusa.

Sonaba a arrepentimiento.

—¿No preguntó quién era realmente?

—No.

—¿Ni quién era su familia?

—No.

—¿Ni si alguien podía estar buscándola?

Josep cerró los ojos un instante.

—No.

Aquella vez la respuesta llegó casi como un susurro. —Tenía miedo.

Tanit no esperaba aquella palabra.

—¿Miedo?

—Sí.

Miedo de que alguien me dijera que no podía llevármela. Miedo de descubrir algo que arruinara todo.

Volvió a mirar las fotografías.

—No fue mi mejor momento como médico.

Fue mi momento más humano como padre.

La inspectora permaneció en silencio.

Porque entendía perfectamente la diferencia.

Y precisamente por eso resultaba tan difícil juzgarlo. —¿Había más niños en aquel orfanato?

Josep reflexionó unos segundos.

—Muchísimos.

Más de los que podían atender.

Más de los que podían alimentar.

Más de los que podían proteger.

Se quedó pensativo.

—Pero recuerdo algo extraño.

Tanit levantó la vista.

—¿Qué?

—Había varias cunas vacías.

Demasiadas.

Recuerdo haber preguntado por ello.

—¿Y qué le dijeron?

—Que algunos niños estaban siendo trasladados. No le di importancia.

En aquella época todo me parecía caótico allí.

Bajó la mirada.

—Ahora no estoy tan seguro de que fuera verdad.

Aquello llamó inmediatamente la atención de Tanit.

Tomó una nota rápida.

—¿Recuerda algo más?

—No.

Ojalá.

Se pasó una mano por la frente.

—Han pasado muchos años.

Y durante mucho tiempo intenté no pensar demasiado en aquello. Se levantó y caminó hasta un archivador situado junto a la ventana. Lo abrió.

Buscó durante unos segundos.

Finalmente sacó una carpeta gruesa.

Los bordes estaban desgastados por el tiempo.

—Es todo lo que conservo.

La dejó sobre la mesa.

—Toda la documentación de la adopción.

Tanit abrió la carpeta.

Certificados.

Permisos.

Firmas.

Informes médicos.

Documentación consular.

Sellos oficiales.

Todo parecía impecable.

Ordenado.

Completo.

Demasiado completo.

Fue pasando hojas lentamente.

Madre: desconocida.

Padre: desconocido.

Situación: abandono.

Lugar de origen: Colombia.

Nada más.

No había fotografías del orfanato.

No había constancia de la herida.

No existía ningún informe médico previo al traslado.

Ni una sola referencia a la marca.

Aquella ausencia resultaba tan llamativa como cualquier prueba. —¿Nunca le extrañó?

Josep sabía a qué se refería.

—Sí.

—¿Y aun así no investigó?

El médico tardó unos segundos en responder.

—Una parte de mí quería hacerlo.

Otra no.

—¿Por qué?

Levantó lentamente la mirada.

—Porque si descubría algo terrible, tendría que convivir con ello el resto de mi vida.

El despacho volvió a quedarse en silencio.

A través de la ventana llegaban los sonidos apagados del pueblo. Un coche pasando a lo lejos.

Una persiana descendiendo.

La vida continuando con normalidad.

Como siempre.

Como si nada estuviera a punto de romperse.

Tanit cerró la carpeta.

—Necesitaré llevarme copias de todo esto.

—Por supuesto.

—Y necesito que no hable de nuestra conversación con nadie. Ni siquiera con Naia.

Aquella petición pareció dolerle.

Pero asintió.

—¿Está en peligro?

Tanit sostuvo su mirada.

Por primera vez no vio a un médico.

Ni a un hombre influyente.

Vio a un padre.

—No lo sé.

Pero tienen la misma marca.

Los mismos ojos.

Una edad compatible.

Y alguien ha matado a una de ellas.

Josep bajó la vista.

—Entonces usted cree que están relacionadas.

Tanit no respondió.

Porque ya no era una sospecha.

Era una intuición demasiado fuerte para ignorarla.

Cuando salió del despacho encontró a Flor al final del pasillo. No parecía estar esperando.

Pero estaba demasiado cerca para que fuera casualidad. La sonrisa amable había desaparecido.

Por primera vez desde que llegó a la clínica, parecía simplemente cansada.

—¿Ha terminado?

—Por ahora.

Los ojos de Flor descendieron hasta la carpeta que llevaba bajo el brazo.

Algo cruzó fugazmente por su expresión.

Preocupación, miedo, o quizá solo recuerdos.

Resultó imposible saberlo.

—Espero que no esté confundiendo a mi marido.

—Eso dependerá de lo que encuentre.

La mujer no respondió.

Y aquella falta de respuesta le resultó más reveladora que cualquier explicación.

Tanit continuó caminando.

No volvió la vista atrás.

Al salir de la clínica, el aire de la calle le pareció más frío.

Se detuvo junto al coche.

Miró el edificio una última vez, blanco, elegante, perfecto. Desde fuera parecía incapaz de albergar ningún secreto.

Precisamente por eso desconfiaba.

Guardó la carpeta en el asiento del copiloto y llamó a Axel. —Necesito que envíes la muestra de ADN de Naia al laboratorio con prioridad máxima.

Quiero una comparación directa con Noemí y una búsqueda de parentesco en todas las bases disponibles.

—¿Crees que son hermanas?

Tanit observó nuevamente la fachada de la clínica.

—No lo sé.

—Pero lo sospechas.

La inspectora tardó unos segundos en responder.

—Si lo son, alguien las separó cuando eran bebés.

Al otro lado se hizo el silencio.

—¿Y el doctor?

—Por ahora parece un hombre que tomó una decisión hace treinta años.

—¿Le crees?

Tanit apoyó una mano sobre el volante.

Pensó en el orfanato.

En Sor Beatriz.

En la marca.

En Noemí.

En Naia.

—Creo que lleva tres décadas evitando hacerse las preguntas adecuadas. Colgó.

Permaneció inmóvil unos segundos.

Solo tenía un nombre.

Sor Beatriz.

Pero ahora también tenía una muestra de ADN.

Una documentación clara y aparentemente legal.

Una clínica demasiado perfecta.

Y una frase que no conseguía quitarse de la cabeza.

Hay niños que necesitan una familia.

Y hay niños que necesitan desaparecer.

Arrancó el motor.

Por primera vez desde que encontró a Noemí en la ermita comprendió algo esencial.

No estaba persiguiendo a un asesino.

Todavía no.

Estaba siguiendo el rastro de alguien que llevaba muchos años borrando identidades.

Y una de aquellas niñas había regresado para descubrir por qué.