Las Marcadas Capítulo 11
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Capítulo 11

Tanit salió de la consulta con la sensación de haber abierto una puerta que ya no podía cerrar.

Naia permanecía junto a la mesa.

Inmóvil.

Con una mano apoyada sobre el costado donde había llevado aquella marca durante toda la vida.

Ya no sonreía.

La conversación había dejado demasiadas preguntas suspendidas entre ambas.

Antes de salir, Tanit se detuvo.

—Naia, necesito pedirle algo más.

La joven levantó la mirada.

—¿Qué?

—Una muestra de ADN.

El silencio se volvió más pesado.

—¿Para qué?

—Para compararla con la de la mujer asesinada.

Naia tardó unos segundos en reaccionar.

Miró hacia la puerta, como si esperara que su madre apareciera en cualquier momento.

—¿Cree que somos familia?

—No lo sé. Pero comparten una marca idéntica, una edad aproximada y ciertos rasgos físicos. Sería irresponsable no comprobarlo. Naia se sentó despacio.

—¿Y si lo somos?

—Entonces quizá podamos averiguar quién era ella.

La joven apretó los labios.

Parecía asustada.

Pero no se negó.

—De acuerdo.

Hágalo.

Tanit llamó a una auxiliar y pidió un kit de recogida.

El procedimiento fue rápido.

Un hisopo.

Una muestra de saliva.

Una firma en el documento de consentimiento.

Nada extraordinario.

Y, sin embargo, aquel gesto parecía tener un peso desproporcionado. Naia observó el pequeño tubo transparente como si contuviera una respuesta capaz de cambiar por completo su historia.

Cuando la auxiliar salió, Tanit guardó la muestra en una bolsa de evidencias.

—Los resultados pueden tardar unos días.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto necesito saber todo lo posible sobre su adopción. Naia miró hacia el pasillo.

—Mi padre tiene todos los documentos.

—También necesito hablar con él.

La joven asintió.

Pero esta vez algo cambió en su expresión.

No era miedo.

Era una incomodidad antigua.

Como si aquella conversación hubiera despertado preguntas que llevaba demasiado tiempo evitando.

—Está en su despacho.

Tanit abandonó la consulta.

El contraste fue inmediato.

La clínica seguía exactamente igual que unos minutos antes. Los mismos pasillos impecables.

Las mismas paredes blancas.

Las mismas puertas cerradas.

Desde una ventana situada al final del corredor se veía una parte del pueblo extendiéndose bajo el sol del mediodía.

Pequeño.

Tranquilo.

Aparentemente inocente.

La inspectora observó la imagen durante un instante.

Después continuó caminando.

Ahora aquella perfección ya no le parecía elegante.

Le parecía defensiva.

Como si todo el edificio hubiera sido construido para ocultar cualquier grieta.

Al llegar a la recepción, la madre de Naia levantó la vista de inmediato. Había estado pendiente de cada movimiento.

Lo comprendió al instante.

—¿Todo bien?

La pregunta sonó cordial.

Sus ojos no.

—Por ahora.

La mujer sonrió.

Una sonrisa suave.

Controlada.

Demasiado medida.

—¿Necesita algo más?

—Hablar con el doctor Montalbán.

Por primera vez, la sonrisa vaciló.

Fue algo mínimo.

Tan rápido que cualquiera podría haberlo pasado por alto. —¿Con Josep?

—Sí.

—Está ocupado.

—No tardaré mucho.

La mujer sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario. Después tomó el teléfono.

—Josep, la inspectora quiere hablar contigo.

Escuchó unos segundos.

—Sí. Ahora mismo.

Colgó.

Y señaló un pasillo lateral.

—La recibirá.

Una auxiliar acompañó a Tanit hasta una puerta de madera oscura. Distinta al blanco casi quirúrgico del resto de la clínica.

Llamó dos veces.

—Adelante.

La voz sonó cansada.

El despacho de Josep Montalbán resultó muy diferente al resto del edificio.

Más cálido.

Más humano.

Las estanterías estaban repletas de libros de medicina, cirugía y oftalmología.

Había carpetas abiertas.

Artículos científicos llenos de anotaciones.

Una taza de café olvidada junto a varios informes.

Y fotografías.

Decenas de fotografías.

En casi todas aparecía Naia.

Naia jugando en la playa.

Naia abrazando a un perro.

Naia disfrazada durante una función escolar.

Naia el día de su graduación.

Naia riendo junto a sus padres en distintos lugares del mundo. Tanit se detuvo un instante observándolas.

Aquello no parecía el despacho de un hombre que había adoptado una niña.

Parecía el despacho de un padre que había construido su vida alrededor de ella.

Josep Montalbán se levantó para recibirla.

Rondaba los sesenta años.

Cabello gris.

Mirada inteligente.

Y un cansancio discreto oculto tras los ojos.

—Mi esposa me ha dicho que ha estado hablando con Naia. —Así es.

También le he pedido una muestra de ADN.

Tanit observó atentamente su reacción.

El médico parecía preocupado.

Pero no sorprendido.

Como si hubiera comprendido inmediatamente la gravedad de la situación.

—La mujer asesinada tiene una marca idéntica a la de Naia. —¿Idéntica?

—Exactamente igual.

Josep tomó asiento despacio.

—¿Qué significa eso?

—Eso es lo que intento averiguar.

Tanit sacó el teléfono y colocó la fotografía de Noemí sobre la mesa. El doctor la observó primero con atención profesional.

Después sus ojos se detuvieron en la cicatriz.

Y algo cambió.

No fue miedo.

No fue culpa.

Fue desconcierto.

Un desconcierto profundo.

Como si acabara de reencontrarse con algo que creía enterrado para siempre.

—Dios mío...

—¿La conoce?

—No.

La respuesta llegó de inmediato.

Demasiado deprisa.

—Nunca la he visto.

Pero seguía mirando la fotografía.

Sin apartar los ojos de la marca.

—Naia tiene exactamente la misma.

—Lo sé.

El silencio se instaló entre ambos.

Y, por primera vez, Tanit tuvo la sensación de que aquella conversación iba a llevarlos mucho más lejos de El Papiol.

—Naia tiene exactamente la misma marca.

—Lo sé.

Josep seguía observando la fotografía.

La misma flor.

La misma forma.

La misma ubicación.

Durante unos segundos pareció olvidar que Tanit seguía sentada frente a él.

—¿Y dice que no es una marca de nacimiento?

—He hablado con varios especialistas.

Todos coinciden en lo mismo.

Probablemente fue realizada cuando era un bebé.

Una escarificación.

Una cicatriz provocada de forma deliberada.

El médico se recostó lentamente en la silla.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Porque nadie me habló jamás de nada parecido.

Tanit sostuvo su mirada.

—¿Nunca preguntó por ella?

Aquella vez sí tardó en responder.

—La vi cuando llegué al orfanato.

La inspectora no dijo nada.

—Todavía no era exactamente una cicatriz. Parecía una herida ya cerrada, pero reciente. Recuerdo que me llamó la atención. Guardó silencio unos segundos.

—Le pregunté a Sor Beatriz.

—¿Y qué le dijo?

Josep bajó la vista.

—Que ya la tenía cuando llegó.

—¿Llegó de dónde?

—Según ella, la madre la había abandonado pocos días antes. Recordó algo y se quedó en silencio.

—Dijo que la pequeña tenía fiebre cuando la encontraron. Que la herida estaba inflamada.

Pero que evolucionaba bien.

—¿No pidió un informe médico?

—Lo pedí.

La documentación decía exactamente lo mismo.

Una lesión superficial anterior al ingreso.

Nada más.

Tanit tomó nota.

—¿Y aceptó esa explicación?

Josep soltó una sonrisa cansada.

—Hoy parece una locura.

Pero en aquel momento sí.

Miró una fotografía de Naia apoyada sobre la mesa.

—Cuando decides adoptar un niño, a veces dejas de pensar como médico.

Y empiezas a pensar como padre.

Aquella respuesta resultó más sincera de lo que Tanit esperaba. —Cuénteme cómo llegó Naia a su vida.

El médico apoyó los antebrazos sobre la mesa.

Y durante unos segundos pareció retroceder treinta años. —Hace casi tres décadas participé en un programa de cooperación médica en Colombia.

Pero la historia empezó mucho antes.

Levantó la vista.

—Con Flor.

Una sonrisa suave apareció en su rostro.

—Empezó a trabajar aquí cuando tenía diecinueve años. Yo era algunos años mayor.

Al principio era una empleada más.

Después se convirtió en la única persona que quería ver al final de cada jornada.

Tanit permaneció en silencio.

Josep parecía necesitar contar la historia.

—Intenté invitarla a cenar varias veces.

Siempre encontraba una excusa.

Pensé que simplemente no le interesaba.

Su sonrisa se volvió melancólica.

—Hasta que un día me pidió que dejara de insistir.

—¿Por qué?

—Porque no podía darme lo que yo quería.

Miró un instante por la ventana.

—Fue entonces cuando me contó que era estéril.

Había sufrido un problema grave siendo muy joven.

Los médicos le dijeron que nunca podría tener hijos.

—¿Y ella asumió que usted se marcharía?

—Sí.

Porque estaba convencida de que ningún hombre renunciaría a formar una familia.

Guardó silencio.

—Pero yo no estaba enamorado de la madre de mis hijos. Estaba enamorado de Flor.

Por primera vez, la emoción apareció claramente en su voz. —Le dije que encontraríamos nuestro camino.

Que existían muchas formas de construir una familia.

Y que ninguna era menos válida que otra.

Respiró hondo.

—Con el tiempo aceptó casarse conmigo.

Fuimos felices.

Muy felices.

Pero a veces la sorprendía mirando a los niños que venían a consulta. No decía nada.

Nunca se quejaba.

Pero yo sabía que seguía existiendo un vacío.

Un dolor que nunca desaparecía del todo.

Se hizo un breve silencio.

—Entonces apareció Colombia.

Josep permaneció unos segundos inmóvil antes de continuar. —Era un proyecto médico cerca de la selva.

Una zona pobre.

Olvidada.

Recuerdo el calor.

La humedad.

El ruido constante de los ventiladores intentando mover un aire que parecía inmóvil.

Su voz se volvió más pausada.

Más lejana.

—Visité pequeños dispensarios.

Centros de salud improvisados.

Comunidades donde una simple infección podía convertirse en una tragedia.

Hasta que un día me llevaron a un orfanato.

Levantó la vista.

—Nunca he olvidado aquel lugar.

Tanit percibió algo en su expresión.

Un recuerdo demasiado vivo.

—¿Cómo era?

—Pequeño.

Desbordado.

Había demasiados niños y muy pocos recursos.

Las paredes estaban desconchadas.

Los ventiladores apenas funcionaban.

Y el olor a humedad se mezclaba con el del desinfectante barato. Sonrió ligeramente.

—Sin embargo, los niños seguían jugando.

Como siempre hacen.

Guardó silencio.

—Entonces la vi.

—¿A Naia?

Josep asintió.

—Estaba en una cuna junto a una ventana.

Tendría seis o siete meses.

La luz entraba desde fuera y le daba de lleno en la cara.

Se quedó inmóvil unos segundos.