Capítulo 10
La Clínica Montalbán no parecía una clínica.
Parecía un lugar diseñado para inspirar confianza.
El suelo brillaba bajo la luz blanca de los focos.
Las paredes estaban impecables.
Cada objeto ocupaba una posición exacta, como si alguien hubiera calculado cuidadosamente dónde debía estar.
No había revistas desordenadas.
Ni cuadros torcidos.
Ni una sola señal de improvisación.
Todo transmitía pulcritud.
Calma.
Control.
A Tanit, sin embargo, aquella perfección le produjo el efecto contrario. Mientras cruzaba la recepción, tuvo la sensación de estar entrando en un escenario cuidadosamente construido.
Uno de esos lugares donde todo parece demasiado correcto para resultar completamente natural.
Una consulta abrió su puerta.
Un médico sonrió a una paciente.
Una enfermera cruzó el pasillo con una carpeta en las manos. Todo funcionaba con precisión.
Como un reloj.
Y, precisamente por eso, resultaba inquietante.
Detrás del mostrador, una mujer elegante levantó la vista. Conservaba una belleza serena que los años no habían borrado. El cabello perfectamente peinado.
La ropa impecable.
Una sonrisa amable.
Una sonrisa que, pensó Tanit, parecía demasiado entrenada. —Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla?
—Busco a Naia Montalbán.
La sonrisa permaneció.
Pero perdió una parte casi imperceptible de su calidez.
—Es mi hija.
Tanit mostró la placa.
—Soy la inspectora Tanit Vergara. Necesito hablar con ella. La mujer asintió despacio.
Tomó el teléfono.
—Naia, cariño. Hay una inspectora que quiere verte.
Escuchó durante unos segundos.
—Sí, está aquí, Dice que es importante.
Colgó.
Y volvió a ofrecerle la misma sonrisa impecable.
—Bajará enseguida.
Tanit agradeció la información y se apartó unos pasos.
Esperó.
El silencio de la clínica resultaba extraño.
No sonaban teléfonos.
No había pasos apresurados.
Ni pacientes protestando por los retrasos.
Ni conversaciones lejanas.
Solo aquella calma artificial que empezaba a incomodarla.
Entonces escuchó unos pasos acercándose por el pasillo.
Levantó la vista.
Naia Montalbán apareció unos segundos después.
Llevaba una bata blanca sobre la ropa de trabajo.
Tendría poco más de treinta años.
Era alta.
De movimientos tranquilos.
Y poseía una seguridad que no necesitaba exhibirse.
No era una belleza estridente.
Era de esas personas que llamaban la atención por motivos más difíciles de explicar.
El cabello negro, recogido de manera sencilla, dejaba escapar algunos mechones rebeldes que suavizaban sus facciones.
Pero lo primero que llamó la atención de Tanit fueron sus ojos. Grandes.
Verdes.
De un tono poco común.
Transmitían inteligencia.
Calidez.
Y una serenidad que parecía totalmente ajena a la imagen de una sospechosa.
Después llegó la sonrisa.
Natural.
Espontánea.
Honesta.
Una sonrisa capaz de hacer sentir cómodo a cualquiera.
Tanit se sorprendió sosteniéndole la mirada un instante más de lo habitual.
Hacía años que una primera impresión no conseguía descolocarla. —Inspectora —saludó Naia—. Soy Naia. Pase, por favor. La consulta era tan ordenada como el resto de la clínica.
Todo estaba limpio.
Alineado.
Silencioso.
Había fotografías de pacientes agradecidos.
Algunos dibujos infantiles.
Y varias plantas que aportaban una sensación de vida que la recepción no tenía.
Aquello sorprendió a Tanit.
Era la primera estancia del edificio que parecía habitada.
Naia cerró la puerta y tomó asiento.
—¿Qué puedo hacer por usted?
Tanit permaneció unos segundos observándola.
Buscando alguna señal.
Una duda.
Un gesto de incomodidad.
Algo que indicara que sabía más de lo que aparentaba.
No encontró nada.
Y aquello la inquietó aún más.
—Necesito hacerle una pregunta algo extraña.
Naia esbozó una leve sonrisa.
—Las extrañas suelen ser las más interesantes.
—¿Tiene una marca en el costado izquierdo?
La sorpresa apareció inmediatamente en su rostro.
Y parecía auténtica.
—Sí.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo lo sabe?
—¿Podría enseñármela?
Naia soltó una pequeña carcajada.
—Definitivamente, esta es la conversación más rara que he tenido en mucho tiempo.
Tanit no reaccionó.
Al comprender que hablaba completamente en serio, Naia levantó las manos.
—De acuerdo.
Se puso en pie.
Dejó la bata sobre una silla y levantó ligeramente la blusa. Solo unos centímetros.
Lo suficiente.
Y entonces Tanit sintió un escalofrío.
La marca era idéntica.
No parecida, no similar, era idéntica.
La misma flor, las mismas curvas.
Las mismas proporciones.
La misma precisión imposible.
Sacó el teléfono.
Abrió la fotografía forense.
Y comparó ambas imágenes varias veces.
La conclusión era inevitable.
La mujer asesinada en la ermita y Naia Montalbán compartían exactamente la misma marca.
Naia volvió a cubrirse lentamente.
Por primera vez había preocupación en su mirada.
Una preocupación real.
Profunda.
—¿Tan grave es?
—Todavía no lo sé.
—Entonces dígame qué está pasando.
Tanit guardó el teléfono.
Durante unos segundos valoró cuánto debía contarle.
No le gustaba compartir información de una investigación en curso. Pero tampoco creía en las medias verdades cuando alguien podía formar parte del problema.
O de la solución.
—He consultado con varios especialistas.
Ninguno cree que sea una marca de nacimiento.
Naia parpadeó.
—¿Qué quiere decir?
—Que probablemente alguien se la hizo cuando era muy pequeña. Quizá cuando era un bebé.
La reacción fue inmediata.
—No.
Negó con la cabeza.
—Eso no tiene sentido.
Llevo toda la vida con ella.
Mis padres siempre me dijeron que nací así.
—Puede que ellos también lo creyeran.
Naia sostuvo su mirada.
—¿O puede que no?
La pregunta quedó suspendida entre ambas.
Y, por primera vez, Tanit tuvo la sensación de que las dos estaban pensando exactamente en lo mismo.
Naia bajó la vista hacia su costado.
Como si aquella pequeña cicatriz acabara de convertirse en algo desconocido.
Algo ajeno.
Algo que siempre había estado allí sin que ella se preguntara realmente por qué.
—Nunca me había planteado qué era.
Cuando eres niño aceptas lo que te cuentan.
Y después sigues aceptándolo porque resulta más fácil.
Su voz había perdido parte de la seguridad inicial.
No parecía una médica brillante.
Ni una profesional acostumbrada a tomar decisiones complejas. Parecía una niña intentando reconstruir una historia que nunca le habían contado.
—¿Conoce los detalles de su nacimiento?
Naia tardó varios segundos en responder.
—No demasiados.
—¿Por qué?
Se sentó lentamente.
—Porque soy adoptada.
Tanit sintió cómo algo se tensaba en su interior.
Aquella palabra parecía encajar demasiado bien con todo lo que había descubierto durante las últimas horas.
—¿Adoptada?
—Sí.
Mi padre me trajo de Colombia cuando era un bebé.
Eso es prácticamente todo lo que sé.
La inspectora tomó nota.
—¿Nunca intentó averiguar más?
Naia soltó una breve risa sin humor.
—Claro que sí.
Cuando era adolescente pregunté constantemente.
—¿Y qué le contaron?
—Que mi madre biológica me había abandonado cuando tenía cuatro meses.
Guardó silencio unos segundos.
—Siempre me pregunté por qué.
¿Cómo abandona una madre a un bebé?
Aquella tristeza apareció solo un instante.
Lo suficiente.
Después volvió a esconderse.
Como una herida antigua que había aprendido a convivir con ella. —¿Y dejó de preguntar?
—Sí.
—¿Por qué?
Naia levantó ligeramente los hombros.
—Porque mi vida era buena.
Tenía una familia, una casa, estudios, un futuro.
Miró un instante por la ventana.
—Terminó pareciéndome egoísta querer más respuestas.
Tanit cerró la libreta.
Pero su mente seguía funcionando.
Una adopción internacional.
Una marca extraña, una mujer asesinada y una coincidencia demasiado perfecta para ser casualidad.
Aquello empezaba a parecer un patrón.
Y los patrones rara vez eran accidentes.
—Necesitaré la documentación de su adopción.
Naia asintió de inmediato.
—Claro.
Mi padre guardaba todo eso.
Siempre fue muy meticuloso con los documentos.
—¿Podría revisarlos?
—Por supuesto.
Antes de que pudiera añadir nada más, una voz sonó desde la puerta. —Naia.
Las dos se volvieron.
Era su madre.
Había aparecido sin que ninguna la oyera acercarse.
Seguía sonriendo, la misma sonrisa impecable de la recepción. Pero ahora Tanit percibió algo distinto.
Una tensión leve en la mandíbula.
Los hombros demasiado rígidos.
La mirada fija en su hija.
—Tu padre no querría que removieras ciertas cosas.
—Mamá, solo son documentos de mi adopción.
—Y siempre han sido privados.
El silencio se instaló en la consulta.
Tanit observó la escena sin intervenir.
La mujer recuperó rápidamente la compostura.
Demasiado rápido.
—Comprenderá que una adopción es algo delicado.
Naia ha sido muy feliz.
No veo por qué habría que alterar eso ahora.
—Porque una mujer ha aparecido asesinada con la misma marca que su hija.
La reacción fue mínima, casi imperceptible.
Pero Tanit la vio.
La sonrisa desapareció, solo durante un segundo.
Después regresó.
Como si jamás se hubiera ido.
Demasiado tarde.
—¿Qué mujer? —preguntó Naia.
—Una joven llamada Noemí.
La encontraron muerta en la ermita de la Salud, en El Papiol. Naia se quedó inmóvil.
—No la conozco.
—Puede que no.
—Pero conozco el pueblo y la ermita.
Mi madre me llevó allí cuando llegué a España, ella vivía allí de joven. La inspectora miró brevemente a la mujer.
Y la mujer evitó devolverle la mirada.
Naia continuó hablando.
—Hemos ido muchas veces.
Mucha gente lleva allí a sus hijos.
Es una tradición bastante conocida.
Tanit asintió despacio.
—Puede que no conocieras a Noemí.
Pero tenía exactamente la misma marca que tú.
El silencio cayó sobre la consulta.
Pesado, incómodo, revelador.
La madre fue la primera en romperlo.
—Creo que está asustando innecesariamente a mi hija.
—No.
Tanit se volvió hacia ella.
—Estoy intentando averiguar por qué dos mujeres tienen una cicatriz idéntica, realizada durante la infancia, y una de ellas ha aparecido asesinada.
La mujer no respondió, Naia tampoco.
Y aquel silencio dijo mucho más que cualquier explicación. Cuando salió de la consulta, Tanit lanzó una última mirada hacia el interior.
La madre tenía una mano apoyada sobre el hombro de su hija. Desde fuera parecía un gesto protector.
Una imagen perfecta, casi tierna, pero algo le resultó incómodo. Porque, por primera vez, no estaba completamente segura de quién protegía a quién.
Al llegar al coche llamó a Axel.
—Quiero todo lo relacionado con las adopciones internacionales gestionadas por la Clínica Montalbán durante los últimos treinta años. —¿Todo?
—Especialmente las procedentes de Colombia.
—Eso puede llevar tiempo.
—Lo sé.
Hubo un breve silencio.
—¿Buscamos más chicas con la misma marca?
—Sí.
Y también cualquier desaparición, muerte sin identificar o expediente cerrado relacionado con mujeres jóvenes sin documentación. —¿Crees que Noemí era una de ellas?
Tanit observó la fachada blanca de la clínica.
Perfecta, impecable, casi irreal.
—Creo que Noemí no llegó a El Papiol buscando trabajo. —Entonces, ¿qué hacía allí?
La inspectora tardó unos segundos en responder.
—Creo que alguien la llevó hasta allí.
Colgó.
Y permaneció inmóvil junto al coche.
La Clínica Montalbán seguía pareciendo irreprochable.
Elegante, respetable, intachable.
Pero ahora estaba convencida de algo.
Detrás de aquella perfección se escondía una mentira.
Y quizá Noemí había muerto porque estuvo demasiado cerca de descubrirla.
Porque algunas personas buscan respuestas durante toda su vida. Y otras mueren cuando están a punto de encontrarlas.