Las Marcadas Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

No sabía exactamente qué.

Pero le resultó incómoda.

Recordó la leyenda de Santa Eulalia.

Los niños abandonados.

La ermita.

La posición del cadáver.

Demasiadas piezas flotando alrededor de la misma idea.

Y ninguna encajaba todavía.

—¿Ha visto otra igual?

Sheila tardó varios segundos en responder.

Finalmente abrió un cajón.

Rebuscó entre varios documentos.

Y extrajo una hoja doblada.

Escribió un nombre.

Después una dirección.

Y se la entregó.

—Hace años vino una chica preguntando exactamente por esta marca. Tanit levantó la vista.

—¿Exactamente?

—Exactamente.

La misma flor, la misma disposición, las mismas proporciones. La inspectora sintió cómo la investigación acababa de cambiar de dirección.

—¿Quién era?

—Saray Iglesias.

Tatuadora.

Ella podrá contarte el resto.

Cuando volvió a la calle, el cielo estaba cubierto.

Barcelona parecía más gris.

Más cerrada.

Guardó el papel en el bolsillo.

Una marca antigua.

Una técnica poco habitual.

Otra mujer que la conocía.

Y la inquietante sensación de que alguien había repetido aquel símbolo más de una vez.

Hasta entonces había estado investigando una muerte.

Ahora empezaba a sospechar que estaba investigando una historia mucho más antigua.

Y que Noemí solo era una de las personas que la llevaban grabada sobre la piel.

El estudio de Saray Iglesias no tenía nada que ver con los lugares que Tanit había visitado aquella mañana.

Era moderno, frío, impecable.

Todo parecía diseñado para transmitir precisión.

Las paredes blancas, la iluminación clínica.

Los archivadores perfectamente alineados.

Ni una sola fotografía fuera de lugar, ni un solo objeto decorativo innecesario.

Saray levantó la vista cuando la inspectora entró.

Observó la placa, después la fotografía.

Y su expresión cambió de inmediato.

Fue apenas un gesto, pero fue suficiente.

—Sí.

Ya he visto esa marca.

Tanit sintió cómo algo se tensaba en su interior.

Por primera vez aquel símbolo encontraba una respuesta clara. —¿Está segura?

—Completamente.

La tatuadora se levantó.

Abrió un archivador metálico.

Y comenzó a revisar varias carpetas.

Parecía saber exactamente dónde buscar.

Al cabo de unos segundos extrajo una ficha.

—La recuerdo porque fue una petición muy extraña.

Dejó varias fotografías sobre la mesa.

Tanit las observó.

La imagen resultaba inconfundible.

La misma flor, el mismo diseño, la misma disposición.

Pero había una diferencia evidente.

Aquello era tinta.

La marca de Noemí era una cicatriz.

Una señal antigua.

Algo que había crecido con el cuerpo.

—La chica que vino quería reproducirla exactamente igual. —¿Quién era?

—Verónica Sánchez.

Estudiaba Medicina.

Vino hace unos seis años.

Tanit abrió la libreta.

—¿Por qué quería copiarla?

Saray soltó una pequeña sonrisa.

—Porque estaba obsesionada.

—¿Con quién?

—Con la chica que llevaba la marca original.

Aquella respuesta la obligó a levantar la vista.

—¿La conocía?

—No.

Nunca me dijo su nombre.

Pero hablaba de ella constantemente.

Como si fuera incapaz de olvidarla.

Tanit tomó nota.

—¿Dónde puedo encontrar a Verónica?

—Hospital Clínic.

Pediatría, trabaja allí.

Cuando Verónica vio la fotografía de Noemí, perdió el color del rostro. La reacción fue inmediata.

Instintiva, imposible de fingir.

Durante unos segundos permaneció inmóvil.

Como si hubiera visto algo que no debería existir.

—Yo conozco esa marca.

Tanit sintió un leve estremecimiento.

Llevaba todo el día esperando aquella frase.

—¿De quién era?

Verónica tragó saliva.

—De Naia Montalbán.

El nombre quedó suspendido entre ambas.

Tanit tardó un segundo en reaccionar.

—¿Está segura?

—Completamente.

La tiene en el costado.

Justo ahí.

Señaló el mismo lugar que aparecía en la fotografía.

La inspectora abrió la libreta.

—Hábleme de ella.

Una sonrisa triste cruzó el rostro de Verónica.

—Nos conocimos en la facultad.

Salimos juntas durante un tiempo.

—¿Mucho?

—Lo suficiente.

Bajó la mirada.

—Yo estaba enamorada de ella.

Tanit guardó silencio.

Había aprendido que algunas confesiones necesitaban espacio. —¿Y ella?

Verónica sonrió sin alegría.

—Naia nunca permanecía demasiado tiempo en ningún lugar. Ni con nadie.

Miró por la ventana del despacho.

—Era como si siempre estuviera de paso.

La inspectora pensó en aquella descripción.

No sonaba a alguien que huyera.

Sonaba a alguien que buscaba.

—¿Le explicó alguna vez el significado de la marca?

—No.

Decía que era una cicatriz de nacimiento, a veces incluso bromeaba con ello, nunca parecía darle importancia.

— ¿Puedo verla?

Verónica dudó un instante.

Después se desabrocho los botones de la blusa y se la mostro. La copia seguía allí.

Pequeña, perfecta, inconfundible.

—Quería conservar algo de ella.

La voz sonó más vulnerable de lo que probablemente pretendía. —Pensé que, si llevaba la misma marca, una parte de Naia seguiría conmigo.

Tanit observó el tatuaje.

Una reproducción nacida del amor.

O de la obsesión.

Quizá de ambas cosas.

—¿Siguen en contacto?

—De vez en cuando.

Mensajes, alguna llamada, cumpleaños.

—¿Cuándo fue la última vez que la vio?

—Hace tres semanas.

—¿Está segura?

—Completamente.

—¿Qué hicieron?

Por primera vez apareció una sonrisa auténtica.

—Fuimos de compras.

De hecho, hoy mismo me ha escrito para acompañarla a cambiar una falda.

El mundo pareció detenerse durante un instante.

Si Naia estaba viva...

La mujer asesinada en la ermita no podía ser ella.

Y, sin embargo...

La misma marca.

La misma edad aproximada, la misma cicatriz imposible. Una viva y la otra muerta.

Aquello no podía ser una coincidencia.

El teléfono vibró cuando Tanit abandonaba el hospital.

Era Axel.

—Tengo noticias.

—Dime.

—Hemos enviado las huellas de Noemí a todas las bases disponibles. Nacionales, europeas, hospitalarias, desaparecidos.

Documentación histórica.

Por ahora no aparece en ninguna.

Tanit se detuvo junto al coche.

Las luces de Barcelona comenzaban a encenderse.

Una tras otra.

—¿Nada?

—Nada.

Seguimos comprobando.

La inspectora observó el tráfico avanzando lentamente por la avenida. Noemí no era una mujer sin pasado.

Cada vez estaba más convencida de ello.

Era una mujer que había conseguido ocultarlo.

—Axel.

—¿Sí?

—Quiero todo lo relacionado con Naia Montalbán.

—¿Todo?

—Todo.

Familia, entorno, clínica, fundaciones.

Expedientes, adopciones, antecedentes, lo que sea.

Hubo un breve silencio.

—¿Crees que están relacionadas?

Tanit volvió a mirar la fotografía.

La pequeña flor.

La cicatriz imposible.

La primera conexión real que había aparecido desde el asesinato. —No lo creo.

Hizo una pausa.

—Lo sé.

Colgó.

Permaneció unos segundos apoyada sobre el coche.

La tarde se apagaba lentamente sobre Barcelona.

Y por primera vez desde que encontró a Noemí en la ermita sintió que el caso acababa de abrir una puerta.

No estaba siguiendo únicamente el rastro de un asesino.

Estaba siguiendo el rastro de una historia enterrada durante años. Una historia que alguien había intentado ocultar.

Y que ahora empezaba a regresar a la superficie.

Arrancó el motor.

Destino: Clínica Montalbán.

La marca ya no parecía una simple cicatriz.

Era una firma.

Y alguien la había dejado allí para que, tarde o temprano, alguien aprendiera a leer su mensaje