Las Marcadas Capítulo 9
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Capítulo 9

A primera hora de la mañana, Tanit regresó a la comisaría con la imagen de Noemí todavía clavada en la memoria.

No eran solo aquellos ojos abiertos frente a la figura de Santa Eulalia. Ni la precisión con la que habían colocado el cadáver en la ermita. Era algo más difícil de definir.

La sensación persistente de que aquella mujer no había llegado a El Papiol por casualidad.

Como si alguien la hubiera llevado hasta allí mucho antes de que apareciera muerta.

Axel estaba sentado frente al ordenador, revisando declaraciones de vecinos e informes recogidos durante la madrugada.

Levantó la vista cuando la inspectora entró.

—¿Has dormido algo?

—Lo suficiente.

—Eso significa que no.

Tanit dejó el bolso sobre una silla y abrió una carpeta.

—Necesito que averigües quién era realmente Noemí.

Axel frunció ligeramente el ceño.

—¿No tenemos ya un nombre?

—Tenemos un nombre.

Levantó la vista.

—No sabemos si le pertenece.

El agente guardó silencio.

Sabía reconocer el momento en que una investigación cambiaba de dirección.

Y aquel era uno de ellos.

—Quiero huellas, fotografías, bases de datos nacionales, denuncias de desaparición, hospitales, registros de alquiler, padrón, Seguridad Social, antecedentes, permisos de residencia y cualquier documento relacionado con ella.

Hizo una breve pausa.

—Y revisa también cualquier desaparición de una mujer que encaje con sus características.

—¿Crees que utilizaba una identidad falsa?

—Creo que nadie aparece de repente en un pueblo, trabaja durante meses en un club y consigue no dejar ni una sola huella detrás. Axel comenzó a tomar notas.

—¿Y si no encontramos nada?

Tanit sostuvo su mirada.

—Entonces tendremos un problema mucho mayor del que imaginamos.

El agente no respondió.

Porque ambos sabían lo que significaría.

Noemí no sería una mujer que había desaparecido.

Sería una mujer que nunca había querido ser encontrada.

Cuando Axel salió para poner en marcha las gestiones, Tanit volvió a observar la fotografía tomada durante la autopsia.

La imagen ocupaba el centro del expediente.

La marca.

Pequeña.

Delicada.

Perfectamente definida.

Una flor.

Más concretamente, una pasionaria.

A simple vista podía parecer un motivo decorativo.

Pero no lo era.

Aquella cicatriz tenía una precisión imposible de ignorar.

Y una antigüedad que descartaba cualquier accidente.

La observó durante varios segundos.

Había algo profundamente inquietante en ella.

Porque las cicatrices cuentan historias.

Y aquella parecía estar diciendo algo que todavía no comprendía. Vanesa había mencionado una pastelería.

Arenas.

Hasta ese momento era la única conexión conocida entre Noemí y Barcelona.

La primera pista real sobre su vida fuera de La Colmena.

Tanit decidió empezar por allí.

Llegó poco después de las diez.

Barcelona ya estaba completamente despierta.

Las terrazas comenzaban a llenarse.

Los autobuses avanzaban entre el tráfico.

Las motocicletas serpenteaban entre los coches con la naturalidad de siempre.

Durante unos minutos permaneció observando el barrio.

Las investigaciones también empezaban así.

Mirando.

Escuchando.

Dejando que el lugar hablara antes de formular preguntas. La fachada de la pastelería Arenas era discreta.

Los escaparates brillaban de limpios.

Las bandejas exhibían dulces colocados con una precisión casi artesanal.

Nada parecía fuera de lugar.

Tanit permaneció unos segundos observando desde la acera antes de entrar.

El aroma a café recién hecho, azúcar y masa caliente la envolvió de inmediato.

Una mujer que atendía tras el mostrador levantó la vista.

Sonreía con esa cordialidad automática de quien pasa el día atendiendo clientes.

La sonrisa desapareció al ver la placa policial.

—Policía.

¿Ha visto alguna vez a esta mujer?

Tanit le mostró una fotografía de Noemí.

La dependienta la observó durante varios segundos. Después asintió.

—Sí.

La respuesta llegó con seguridad.

—Claro que sí.

Esos ojos no se olvidan.

—¿Era clienta habitual?

—No exactamente.

Venía de vez en cuando.

—¿Recuerda qué compraba?

—Pastas de almendra.

Y coca de crema, la especialidad de la casa.

Casi siempre para llevar.

Tanit tomó nota.

—¿Venía sola?

La mujer dudó.

—Diría que sí.

Pero no podría asegurarlo.

—¿Pagaba con tarjeta?

—No que yo recuerde.

Siempre en efectivo.

Aquella respuesta hizo que Tanit levantara ligeramente la vista. Otra ausencia.

Otro rastro que desaparecía antes de existir.

—¿Le dijo alguna vez cómo se llamaba?

—No.

La dependienta volvió a mirar la fotografía.

Su expresión se suavizó.

—Era muy educada.

Y muy guapa.

Pero hablaba poco.

Guardó silencio unos segundos.

—Por el acento, yo diría que era andaluza.

Aquello resultó interesante.

No una prueba.

Solo una impresión.

Pero las impresiones correctas habían abierto más investigaciones de las que mucha gente imaginaba.

Tanit guardó la fotografía.

—Gracias.

—¿Ha pasado algo?

La inspectora observó brevemente el escaparate.

Los clientes que entraban.

La ciudad continuando con absoluta normalidad.

—Sí.

La mujer entendió la respuesta antes de que Tanit dijera nada más. Y no preguntó.

Cuando volvió a la calle, el cielo comenzaba a cubrirse lentamente. Guardó la libreta en el bolsillo de la chaqueta y caminó unos metros antes de detenerse.

Pagaba en efectivo.

No figuraba en ningún registro.

No tenía una dirección conocida.

Y nadie parecía saber nada de su pasado.

Sin embargo, acudía regularmente a aquella pastelería.

Lo más lógico era pensar que vivía cerca.

O que aquel lugar significaba algo para ella.

Volvió a mirar la fotografía de la marca.

La pequeña flor parecía observarla desde el papel.

Si nadie sabía quién era Noemí, quizá alguien pudiera explicar de dónde procedía aquella cicatriz.

Y, por primera vez desde que salió de la ermita, tuvo la sensación de que estaba mirando en la dirección correcta.

Porque algunas personas mienten.

Los documentos también.

Las cicatrices, no.

El estudio de tatuajes se encontraba en una calle secundaria, encajado entre una tienda de ropa y un local cerrado desde hacía tiempo. La persiana del negocio vecino estaba cubierta de grafitis. La fachada de Black Needle Tattoo era exactamente lo contrario. Oscura.

Minimalista.

Impecable.

Un cartel negro sobresalía sobre la puerta.

Nada más.

Tanit empujó el cristal y entró.

El olor a tinta y desinfectante sustituyó inmediatamente al aroma dulce que todavía arrastraba desde la pastelería.

Al fondo sonaba música suave.

El zumbido constante de una máquina llenaba el local.

Un hombre de brazos completamente tatuados levantó la vista. Observó la placa.

Después a la inspectora.

Y finalmente volvió a la máquina que sostenía entre las manos. —¿Qué busca?

Tanit sacó la fotografía.

—Quiero saber si reconoce esto.

El tatuador se limpió las manos y tomó la imagen.

La estudió durante varios segundos.

Más de los que ella esperaba.

Finalmente negó con la cabeza.

—Eso no es un tatuaje.

—Lo sé.

—Parece una cicatriz.

—¿Hecha a propósito?

El hombre acercó la fotografía a la luz.

Su expresión cambió ligeramente.

No parecía sorprendido.

Parecía intrigado.

—Podría ser.

—¿Ha visto algo parecido?

Dudó unos segundos.

—No exactamente.

Se pasó una mano por la barba.

—Pero conozco a alguien que trabaja con escarificaciones. No tatúa.

Marca la piel.

Si alguien puede ayudarte, es ella.

Tanit guardó silencio.

Escarificación.

Aquella palabra encajaba demasiado bien con la perfección de la marca. El hombre tomó un bolígrafo.

Escribió un nombre y una dirección en una tarjeta.

—Sheila Martín.

Si alguien puede explicarte eso, será ella.

El edificio donde vivía Sheila era antiguo.

Gris.

Anónimo.

De esos que pasan desapercibidos incluso para quienes viven toda la vida en el mismo barrio.

No había ninguna placa junto al portero automático.

Ni ninguna indicación.

Tanit llamó dos veces.

La puerta se abrió al cabo de unos segundos.

La mujer que apareció al otro lado tendría unos cuarenta años. Cabello recogido.

Rostro cansado.

Mirada alerta.

Observó la placa policial con evidente incomodidad.

—¿Sí?

—Necesito hacerle una consulta.

Sheila pareció valorar durante unos segundos si cerrar la puerta o escucharla.

Finalmente se apartó.

—Pase.

El interior estaba sorprendentemente ordenado.

Olía a alcohol sanitario.

A metal caliente.

Productos médicos.

Todo parecía más cercano a una pequeña clínica que a un estudio artístico.

Sheila tomó asiento frente a una mesa de trabajo.

Tanit colocó la fotografía delante de ella.

La mujer la observó.

Y siguió observándola.

Más tiempo del que cualquier otra persona había necesitado. Mucho más.

Aquello llamó inmediatamente la atención de la inspectora. —¿La reconoce?

Sheila no respondió de inmediato.

—No puedo hacer eso.

—No le estoy pidiendo que lo haga.

Solo quiero saber qué es.

Por primera vez la mujer levantó la mirada.

—Es una escarificación.

Pero no una cualquiera.

Tanit permaneció inmóvil.

—¿Qué significa eso?

Sheila volvió a fijarse en la fotografía.

—Las líneas son demasiado precisas.

La profundidad es uniforme.

La cicatriz ha evolucionado con el cuerpo sin deformarse apenas. Negó lentamente con la cabeza.

—Quien la hizo sabía exactamente lo que estaba haciendo. La inspectora recordó la marca en el costado de Noemí. La antigüedad.

La perfección.

La ausencia de errores.

—¿Es difícil conseguir algo así?

La mujer soltó una pequeña risa sin humor.

—Muchísimo.

Guardó silencio unos segundos.

—O quizá no.

—¿Cómo?

—Quizá sea fácil cuando lo has hecho muchas veces.

Aquella respuesta provocó un leve escalofrío.

Tanit había escuchado suficientes testimonios para reconocer una intuición profesional.

Y Sheila acababa de darle una.

—¿Podría tratarse de una tradición?

—Sí.

—¿Un ritual?

—También.

La mujer dejó la fotografía sobre la mesa.

—O una marca de pertenencia.

El término quedó suspendido entre ambas.

Tanit no apartó la vista.

—¿Pertenencia a qué?

—Familias.

Comunidades cerradas.

Grupos religiosos.

Sectas.

Cualquier organización que crea tener derecho a decidir sobre el cuerpo de otra persona.

Hizo una breve pausa.

—Especialmente sobre el cuerpo de un niño.

Aquella última frase golpeó algo en su interior.