Las Marcadas Capítulo 8
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Capítulo 8

A las diez en punto, el neón de La Colmena volvió a encenderse. La luz roja parpadeó dos veces antes de estabilizarse sobre la fachada. Como cada noche.

Como si nada hubiera ocurrido.

Pero algo sí había ocurrido.

Y todos lo sabían.

El local seguía abierto.

La música continuaba sonando.

Las copas seguían llenándose.

Sin embargo, algo se había desplazado.

Sutil.

Pero irreversible.

Las conversaciones se apagaban cuando alguien pronunciaba el nombre de Noemí.

Las risas sonaban forzadas.

La ausencia de una sola persona parecía ocupar más espacio que todas las presentes.

Tanit cruzó la puerta poco después de las diez y media.

Vestía ropa de calle.

Una chaqueta oscura.

Vaqueros.

Botas cómodas.

Nada en ella recordaba a una inspectora, salvo la mirada.

Observadora.

Atenta a los pequeños detalles.

La disposición de las mesas.

Las salidas de emergencia.

Las conversaciones a media voz.

La forma en que las camareras fingían normalidad.

Y el modo en que algunas personas evitaban mirar hacia la silla vacía que Noemí solía ocupar al terminar el trabajo.

Desde detrás de la barra, Judit la vio entrar.

Secaba vasos en silencio.

Las miradas se cruzaron.

—Inspectora.

—Judit.

—No esperaba verla tan pronto.

Tanit tomó asiento frente a ella.

—Han asesinado a una de tus chicas.

Judit dejó el vaso sobre la barra.

No hubo sobresalto.

Ni sorpresa.

Solo un silencio más pesado que el anterior.

—Lo sé.

Aquellas dos palabras contenían más tristeza que resignación. —Háblame de ella.

Judit bajó la mirada.

—Era una buena chica.

—Eso me han dicho.

—Y era verdad.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—Pero aquí nunca terminó de encajar.

—¿Por qué?

—Siempre parecía estar esperando algo.

—¿El qué?

Judit negó lentamente con la cabeza.

—Nunca me lo dijo.

Tanit esperó.

—¿Tenía amigas?

Judit señaló discretamente una mesa del fondo.

—Solo una de verdad.

Tanit siguió la dirección de su mirada.

La mujer rubia estaba sentada sola.

Sin sonrisa. Sin maquillaje llamativo.

Sin la actitud profesional que había visto en otras trabajadoras. Solo cansancio y tristeza.

—Vanesa.

Judit confirmó con un leve gesto.

—La echaba de menos incluso antes de perderla.

Vanesa levantó la cabeza al notar la presencia de la inspectora. —La inspectora.

—¿Te importa si me siento?

Vanesa señaló la silla vacía.

—Adelante.

Tanit tomó asiento.

Durante unos segundos ninguna habló.

La música sonaba de fondo, amortiguada por las conversaciones. Fue Vanesa quien rompió el silencio.

—Todavía espero verla entrar por esa puerta.

Tanit permaneció callada.

—Es absurdo, lo sé.

Pero sigo esperando.

Miró la copa que tenía entre las manos.

Seguía prácticamente intacta.

—La querías mucho.

Vanesa asintió.

—Sí.

Más de lo que ella imaginaba.

Hablaron durante varios minutos sobre Noemí.

Los viajes en tren.

Las conversaciones después del trabajo.

Los silencios compartidos.

Las pequeñas costumbres que nadie más recordaba.

Poco a poco, la joven asesinada empezó a parecer una persona de verdad.

Y no solo una víctima.

Vanesa suspiró.

—¿Sabes? A veces pensaba que era demasiado inteligente para trabajar en un sitio como este.

Tanit levantó la vista.

—¿Por qué?

—Leía mucho.

Periódicos, revistas.

Artículos que yo ni siquiera entendía.

A veces hablaba de política, de empresas o de cosas que salían en las noticias.

Pero no como quien las comenta.

Parecía conocer lo que había detrás.

Los nombres, las conexiones.

Como si supiera algo más que el resto.

Aquello llamó la atención de Tanit.

—¿Y eso lo hablaba solo contigo?

—Sí.

Con los clientes nunca.

Sabía exactamente qué decir y qué callar.

Vanesa dudó un instante.

—Si quieres que te sea sincera, a veces me daba la impresión de que se estaba escondiendo de algo.

O de alguien.

—¿Le preguntaste?

—No.

Aquí todas llegamos con alguna historia detrás.

Y aprendemos bastante rápido a no hacer demasiadas preguntas. Permaneció unos segundos pensativa.

—Aunque hay una persona que siempre parece saber más de lo que dice.

—¿Judit?

Vanesa sonrió apenas.

—Judit sabe más de nosotras que nuestras propias familias. Toda la vida detrás de una barra viendo pasar gente.

Escuchando, observando.

Y sin decir jamás nada que no quiera decir.

Tanit miró un instante hacia la barra.

Judit seguía trabajando, como si no estuviera escuchando. Como si nunca escuchara.

Pero la inspectora empezaba a sospechar que pocas cosas escapaban a su atención.

—No creo que consigas sacarle mucho más —dijo Vanesa. —¿Por qué?

—Porque si Judit guarda un secreto, lo guarda para siempre. La conversación regresó a Noemí.

—¿Sabías dónde vivía?

—Nunca me lo dijo.

—¿Algún lugar al que fuera con frecuencia?

Vanesa reflexionó durante unos segundos.

Después asintió.

—A veces traía dulces para las chicas.

—¿De dónde?

—De una pastelería.

Arenas, creo.

Por Sants, estoy bastante segura.

Por primera vez apareció algo concreto.

Un lugar, una rutina.

Una pequeña grieta en la vida oculta de Noemí.

Tanit tomó nota mentalmente.

Las investigaciones solían avanzar así.

Con detalles aparentemente insignificantes.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por ayudar.

Vanesa observó la copa.

—Ojalá pudiera hacer más.

Aquella frase dejó un breve silencio entre las dos.

Después sonrió con cierta timidez.

—Si algún día necesitas desconectar de policías, interrogatorios y cadáveres...

Sacó un papel del bolso y escribió un número.

—Llámame.

Tanit arqueó una ceja.

—¿Eso es una invitación?

—Supongo.

—¿Y qué haremos?

Vanesa se encogió de hombros.

—Me gusta caminar.

Hacer rutas.

Perderme por la montaña.

Hay sitios preciosos por aquí que casi nadie conoce.

—Suena mejor que algunos interrogatorios.

—Lo es.

Sin duda.

Las dos sonrieron.

Antes de levantarse, Tanit se detuvo.

—Solo una pregunta más.

—Dime.

—¿Qué crees que hacía aquí?

Vanesa miró alrededor.

Las mesas, la barra, la música.

Y la silla vacía que, de algún modo, seguía perteneciendo a Noemí. —No lo sé.

—¿Nada más?

—Solo una cosa.

Levantó despacio la mirada.

—No creo que estuviera perdida.

—¿No?

—No.

Creo que estaba buscando algo.

Guardó silencio.

—Y puede que Judit sepa qué era.

La frase quedó suspendida entre ambas.

Cuando Tanit abandonó La Colmena comprendió que había obtenido algo más valioso que una dirección o el nombre de una pastelería. Había obtenido una pregunta.

Y la experiencia le había enseñado que las preguntas correctas suelen valer mucho más que las respuestas apresuradas.

Mientras caminaba hacia el coche, volvió a pensar en Noemí. En la ermita, en la marca, en los secretos.

Y por primera vez formuló la pregunta que realmente importaba: ¿Quién era Noemí antes de llegar a El Papiol?

Porque estaba cada vez más convencida de que la respuesta no se encontraba en su muerte, sino en su vida.