Capítulo 7
A las nueve de la mañana, la montaña ya no estaba sola.
La niebla seguía adherida al suelo.
Espesa.
Húmeda.
Avanzaba entre los árboles y las piedras del camino como una presencia viva.
Desde abajo, la ladera parecía cubierta por una manta gris que ocultaba parte del bosque.
El silencio habitual se había transformado.
Ahora lo ocupaban motores apagándose, portazos y conversaciones pronunciadas en voz demasiado baja.
Coches y motocicletas se acumulaban en los márgenes del sendero. Algunos todavía conservaban los cristales empañados por la humedad de la mañana.
Los vecinos se agrupaban en pequeños corrillos.
Nadie quería acercarse demasiado.
Pero tampoco parecía capaz de marcharse.
La noticia había recorrido El Papiol con la velocidad característica de los pueblos pequeños.
Habían encontrado a una mujer muerta en la ermita de la Salud. Y en un lugar donde nunca ocurría nada, aquello era suficiente para detener una mañana entera.
Axel Ortega llegó entre los primeros.
Apenas detuvo el coche, ya estaba fuera.
Conocía a José Luis desde niño.
Si lo había llamado a primera hora con aquella voz quebrada, no podía tratarse de cualquier cosa.
Subió el último tramo del sendero a paso rápido.
La humedad se filtraba bajo la ropa.
55
Confidential
El aire frío le golpeaba el rostro.
A ambos lados del camino, los pinos permanecían inmóviles. Como si incluso el bosque estuviera conteniendo la respiración. José Luis aguardaba junto a un viejo muro de piedra.
Pálido.
Las manos ligeramente temblorosas.
La bicicleta descansaba a su lado.
Abandonada.
Como si también ella hubiera quedado atrapada en el momento del descubrimiento.
—¿Dónde está?
José Luis señaló la puerta de la ermita.
No necesitó decir nada más.
Seguía mirando hacia allí, incapaz de apartar la vista.
Como si esperara que todo terminara siendo un error.
Axel asintió y avanzó.
El olor a humedad, cera vieja e incienso lo envolvió nada más cruzar el umbral.
Dentro hacía más frío.
La pequeña nave permanecía en penumbra.
Una luz gris descendía desde una estrecha ventana lateral. El cuerpo descansaba frente al altar.
Axel se detuvo.
No era la primera vez que veía un cadáver.
Pero algo allí resultaba distinto.
La mujer yacía boca arriba.
Las manos cruzadas sobre el vientre.
El rostro orientado hacia la imagen de Santa Eulalia.
No parecía una víctima abandonada.
Ni el resultado de una explosión de violencia.
Todo transmitía orden.
Demasiado orden.
Como si alguien hubiera dedicado tiempo a colocar cada detalle exactamente donde debía estar.
La reconoció.
Noemí.
La chica nueva de La Colmena.
Nunca había sabido demasiado sobre ella.
Solo que era reservada.
Distinta.
Como si una parte de ella siempre permaneciera lejos de aquel lugar. Axel sintió un escalofrío.
Retrocedió sin tocar nada.
Salió de la ermita y llamó inmediatamente a la central.
—Tenemos un cadáver en la ermita de la Salud. Mujer joven. Posible homicidio.
Necesito Policía Científica, forense y refuerzos.
Creo que trabaja en La Colmena.
Colgó.
Respiró hondo.
Y elevó la voz:
—¡Nadie se acerca! ¡Todos atrás!
Las conversaciones se apagaron.
Varias personas retrocedieron de inmediato.
La montaña comenzaba a transformarse en una escena del crimen. Poco después, otro vehículo apareció entre la niebla.
Avanzaba despacio.
Sin sirenas.
Se detuvo junto al perímetro policial.
Tanit Vergara descendió del coche.
Y permaneció inmóvil durante unos segundos.
Observando.
Los vehículos.
Los curiosos.
La ermita.
Las rutas de acceso.
El sendero.
La posición de cada persona.
Como si necesitara construir la imagen completa antes de empezar a interpretarla.
Se acercó a Axel.
—¿Qué tenemos?
—Mujer joven. Trabajaba en La Colmena. Se llamaba Noemí. —¿Identificada oficialmente?
—Todavía no.
Pero estoy seguro de que es ella.
Tanit asintió.
Y avanzó hacia la ermita.
Dentro, el silencio era todavía más pesado.
La piedra conservaba la humedad de la noche.
El aire resultaba frío.
Denso.
Y había algo más.
Un aroma dulce.
Artificial.
Extraño.
No pertenecía a la ermita.
No pertenecía a la cera.
Ni al incienso.
Había llegado con ella.
Tanit se detuvo junto a la puerta.
Respiró de nuevo.
El olor seguía allí.
Persistente.
Invisible.
Avanzó despacio.
Observando los bancos.
El suelo.
La disposición del altar.
La antigua imagen de Santa Eulalia.
Aquella misma imagen que, según contaban los mayores del pueblo, había aparecido siglos atrás entre los brazos de una niña perdida en la montaña.
Al llegar junto al cadáver comprendió inmediatamente que Axel tenía razón.
Aquello no era una muerte corriente.
Era una puesta en escena.
La joven había sido colocada frente al altar.
Como si alguien hubiera querido convertirla en un mensaje. O en una ofrenda.
Tanit recordó la historia que había escuchado al llegar al pueblo. La niña perdida.
La mujer vestida de blanco.
La protectora de los niños abandonados.
Levantó la vista hacia la santa.
Luego volvió a mirar a la víctima.
Y se agachó.
Los ojos verdes permanecían abiertos.
Fijos en algún punto imposible de alcanzar.
Examinó el cuello.
La herida era limpia.
Precisa.
Única.
Quien la había provocado no dudó.
No improvisó.
No necesitó repetir el golpe.
Una sola palabra comenzó a repetirse en su mente:
Orden.
Todo desprendía una sensación inquietante de control.
Entonces vio la marca.
Pequeña.
Perfectamente delimitada.
Demasiado precisa para ser accidental.
La observó durante varios segundos.
Algo en aquella figura le resultaba familiar.
Todavía no sabía por qué.
Pero tuvo la certeza de que volvería a verla.
Se incorporó lentamente.
El olor dulce seguía suspendido en el ambiente.
Como un recuerdo.
Como una presencia.
Cuando salió, la investigación ya había comenzado.
La niebla empezaba a retirarse.
Los técnicos desplegaban material.
Los agentes anotaban nombres.
La montaña regresaba poco a poco al mundo real.
Antes de avanzar, Tanit se acercó a José Luis.
Seguía junto al muro.
Todavía conmocionado.
—José Luis, ¿puede contarme cómo ha sido esta mañana? —Como siempre, inspectora.
Subo temprano, dejo la bici fuera y cruzo el sendero para ver la ermita. —¿No vio nada fuera de lo habitual?
¿Ningún ruido? ¿Nadie desconocido?
José Luis negó despacio.
—Nada raro.
Todo estaba igual que siempre.
No vi a nadie.
—¿Y la puerta?
—Cerrada.
Como siempre.
Hasta hoy.
Tanit asintió y le apoyó una mano en el hombro.
—Gracias.
Si recuerda cualquier cosa, avísenos.
Axel se acercó.
—¿Qué necesitas?
—Fotografías de todos los que estaban aquí cuando llegamos. Nombres.
Matrículas.
Y cualquier persona que haya subido a la montaña durante la madrugada.
—De acuerdo.
—También quiero revisar el camino completo.
Huellas.
Fibras.
Colillas.
Restos de neumáticos.
Lo que sea.
Axel tomó nota.
—¿Crees que dejó algo?
Tanit miró hacia la ermita.
—Alguien se ha tomado demasiadas molestias para construir esta escena.
Las personas así rara vez dejan una sola cosa.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
El viento agitaba lentamente las ramas.
La niebla seguía deslizándose entre los árboles.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó Axel.
Tanit pensó en la herida.
La marca.
La leyenda.
La posición del cuerpo.
Demasiadas piezas.
Ninguna encajaba todavía.
—No lo sé.
—¿Y la ermita?
—No es casualidad.
—¿Por la historia de Santa Eulalia?
Tanit asintió.
—Quien hizo esto conoce la leyenda.
Axel frunció el ceño.
—¿Y qué pretende?
La inspectora observó la puerta abierta.
Las sombras.
El altar oculto al fondo.
—Que la conozcamos nosotros también.
El silencio regresó.
—Aquí nunca pasa nada —murmuró Axel.
Tanit lo miró.
—Eso dicen todos los pueblos.
—Y normalmente es verdad.
Ella negó despacio.
—No.
Normalmente es lo que necesitan creer.
Los dos permanecieron observando la ermita.
La niebla continuaba retirándose.
Y, poco a poco, el pueblo aparecía a lo lejos.
Pequeño. Tranquilo. Inofensivo.
Como si nada de aquello tuviera relación con él.
Tanit sabía que era una ilusión.
Volvió la vista hacia la puerta.
Hacia el lugar donde alguien había dejado deliberadamente a la mujer. No para ocultarla. Sino para asegurarse de que fuera encontrada. Y comprendió algo.
No había llegado al principio de una investigación.
Había llegado a la mitad de una historia.
Una historia que llevaba años gestándose en silencio.
Una historia cuya primera página seguía oculta.
Y que acababa de empezar a reclamar atención.