Las Marcadas Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Como si alguien hubiera dedicado demasiado esfuerzo a mantener las apariencias.

Poco antes del atardecer, Elena apareció en la puerta.

Llevaba varios documentos bajo el brazo.

—¿Quiere saber un secreto de pueblo, inspectora?

—Claro.

Elena dejó los papeles sobre la mesa.

—A veces, cuanto más calla alguien, más cerca está del centro de todo. Tanit alzó una ceja.

—Suena casi filosófico.

—Llevo demasiados años escuchando a la gente.

La mujer le guiñó un ojo.

Después se marchó con la misma tranquilidad con la que había llegado. Al cabo de unos minutos apareció Axel.

Traía dos cafés de máquina.

—No me digas que sigues trabajando.

—No me digas que eso es café.

Le tendió uno de los vasos.

—Según Elena, debería estar prohibido por la Convención de Ginebra. Tanit dio un sorbo.

Hizo una mueca.

—Elena es una mujer sabia.

Axel soltó una carcajada y tomó asiento frente a ella.

Durante unos segundos ninguno habló.

El sol comenzaba a descender detrás de las casas.

La luz anaranjada entraba por la ventana y dibujaba largas sombras sobre las paredes.

El pueblo parecía ralentizarse.

Como si la tarde se negara a terminar.

—¿Tienes planes para esta noche? —preguntó Axel.

—Deshacer cajas.

—Eso es deprimente.

—También quiero dormir.

—Entonces tengo una propuesta mejor.

Tanit levantó la vista.

—Te escucho.

—La Colmena.

El nombre quedó suspendido entre ambos.

Era la primera vez que lo oía.

—¿Qué es?

—Depende de a quién preguntes.

—Te lo pregunto a ti.

Axel tardó unos segundos en responder.

—Es el sitio donde todo el mundo termina yendo antes o después. —Eso no explica nada.

—Lo sé.

—Entonces explícalo mejor.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque dejaría de tener gracia.

Tanit lo observó.

Parecía divertirse.

Pero solo a medias.

Como si hubiera algo más detrás de aquella respuesta. —¿Qué tiene de especial?

Axel giró lentamente el vaso entre las manos.

—En La Colmena se escuchan cosas.

—¿Qué clase de cosas?

—Las que nadie cuenta en una comisaría.

Aquella respuesta sí captó su atención.

—¿Quién lleva el local?

—Judit.

—¿La conoces bien?

Axel sonrió.

—Todo el mundo conoce a Judit.

—¿Y ella?

La sonrisa desapareció durante apenas un segundo.

—Ella conoce a todo el mundo.

La frase quedó suspendida en el aire.

Precisa.

Intencionada.

Demasiado seria para ser una simple broma.

Tanit terminó el café.

—Interesante.

—Lo es.

Axel se incorporó.

—Además, desde hace unos meses hay una chica nueva que trae de cabeza a medio pueblo.

—¿Tan guapa es?

—No es eso.

—¿Entonces?

El agente tardó unos segundos en responder.

—No estoy seguro, tiene algo, algo que no se explicar.

Y, por primera vez desde que había llegado a la comisaría, Tanit tuvo la impresión de que estaba diciendo exactamente la verdad.

Cuando salió del edificio, el pueblo comenzaba a apagarse lentamente. Las terrazas empezaban a llenarse.

Las persianas descendían.

Los vecinos se saludaban por su nombre.

Todo parecía normal.

Tranquilo.

Inofensivo.

Pero Tanit conocía bien lugares como aquel.

La calma no siempre significaba paz.

A veces solo significaba silencio.

Y el silencio, cuando se prolongaba demasiado tiempo, terminaba ocultando aquello que nadie quería nombrar.

Se detuvo un instante antes de entrar en el coche.

Miró hacia las calles del centro.

Luego hacia las colinas.

Y después hacia las luces que comenzaban a encenderse en la urbanización.

La sensación volvió.

Aquella pequeña incomodidad.

Aquella certeza imposible de demostrar.

Ni que muchas de las respuestas que llevaba años buscando jamás habían estado en Valencia.

La esperaban allí.

En aquel pequeño pueblo que parecía demasiado perfecto. Abrió la puerta del coche.

Y, por primera vez desde que había llegado a El Papiol, sintió algo más fuerte que la decepción.

Algo no encajaba. Aún no sabía qué era.

Pero estaba allí.

Esperando.

Aquella noche conocería La Colmena, no podía imaginar que allí escucharía por primera vez nombres que acabarían cambiando su vida. Axel Había recogido a Tanit 5 minutos antes. Tanit se había instalado provisionalmente en un hotel en el pueblo de al lado

Cuando llegaron aparcó junto a la entrada.

Durante años aquella parada había formado parte de sus rondas nocturnas.

Casi una costumbre.

Tan habitual como comprobar las calles del centro o recorrer las urbanizaciones antes de regresar a la comisaría.

Apagó el motor y observó unos segundos el edificio.

A simple vista todo parecía normal.

Entraron.

El interior olía a café, madera y conversaciones antiguas.

No era exactamente un bar.

Ni tampoco un club de alterne.

Parecía una mezcla extraña de muchas cosas.

Axel avanzó entre las mesas saludando a varias personas por su nombre.

Finalmente se detuvo junto a la barra.

—Judit.

La mujer levantó la vista.

—Hoy vienes con compañía.

Axel sonrió.

—Te presento a Tanit Vergara, la nueva inspectora.

—Encantada, inspectora. Soy Judit. Dueña del local y de la mayoría de sus secretos.

Se estrecharon la mano.

Hablaron apenas unos minutos.

Lo suficiente para que Judit le recomendara una copa y que se relajara. Mientras conversaban, una camarera cruzó el local recogiendo varios vasos.

Axel la siguió con la mirada durante un instante.

Tanit también.

La joven pasó junto a ellos sin detenerse.

Ojos verdes, muy llamativos, pelo negro y largo, tenía algo que hacía que la mirases.

Ni siquiera llegaron a intercambiar una palabra.

Un minuto después había desaparecido entre las mesas.

Tanit le dijo a Axel que la llevara al hotel, estaba cansada. Aquella noche solo veía un pueblo tranquilo.

Pero al día siguiente descubriría que bajo aquella aparente calma se ocultaba una historia mucho más antigua, y mucho más oscura, de lo que cualquiera podía sospechar.