Las Marcadas Capítulo 6
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Capítulo 6

El cartel apareció antes que el pueblo.

Pequeño.

Discreto.

Casi oculto entre los pinos que bordeaban la carretera.

El Papiol.

Tanit redujo ligeramente la velocidad.

Después de tantos años trabajando en Valencia, aquel paisaje le resultaba extraño.

La carretera se estrechaba a medida que avanzaba.

Las primeras casas aparecían dispersas entre la vegetación. Bajas.

Silenciosas.

Como si hubieran sido construidas para no llamar la atención. No había tráfico.

Ni prisas.

Ni sirenas.

Solo el calor de la tarde, el rumor constante del motor y una tranquilidad que le resultaba sospechosa.

Los pueblos tranquilos existían.

Los pueblos perfectos, no.

Bajó un poco la ventanilla.

El aire olía a tierra seca, a pino y a verano.

Un olor muy distinto al de la ciudad.

Más limpio.

Más antiguo.

Pero también más difícil de interpretar.

A medida que descendía por la carretera, comenzó a distinguir mejor el pueblo.

Las fachadas claras.

Los tejados rojizos.

Las calles que parecían enredarse unas con otras antes de perderse entre las colinas.

Todo tenía una apariencia serena.

Demasiado serena.

En una curva distinguió algo que rompía aquella armonía.

A lo lejos, entre los pinos, aparecían varias casas grandes.

Piscinas.

Jardines perfectamente cuidados.

Ventanales modernos que reflejaban la luz de la tarde.

La urbanización.

No encajaba con el resto.

Parecía otra realidad construida sobre la misma montaña.

Guiños de luz rebotaban sobre el capó de dos coches de alta gama estacionados frente a una de las viviendas.

Tanit los observó apenas unos segundos.

Los suficientes.

Durante años había aprendido que las diferencias siempre merecían atención.

A veces los secretos se escondían en los márgenes.

Otras veces se escondían justo donde nadie esperaba encontrarlos. Continuó conduciendo.

La carretera desembocó poco a poco en el centro del pueblo. Un hombre barría la acera frente a una tienda cerrada.

Una pareja discutía en voz baja junto a una motocicleta.

Un grupo de jubilados ocupaba la terraza de un bar como si llevara allí toda la vida.

La escena parecía sacada de cualquier tarde de verano.

Y, sin embargo, había algo que no terminaba de convencerla. No era algo concreto, era una sensación.

La misma que experimentaba al entrar en una habitación donde todo estaba demasiado ordenado.

Como si alguien hubiera dedicado demasiado esfuerzo a mantener cada cosa en su sitio.

Localizó la comisaría pocos minutos después.

El edificio era pequeño.

Funcional.

Sin pretensiones.

Nada que ver con las instalaciones a las que estaba acostumbrada. Aparcó frente a la entrada y apagó el motor.

Durante unos segundos permaneció sentada.

Observando.

Escuchando.

Esperando.

Una señora regaba las jardineras de la plaza.

Un niño cruzó la calle sobre una bicicleta demasiado grande para él. Desde una ventana llegaba el sonido lejano de un televisor. Y, al otro lado de la plaza, un hombre trajeado hablaba por teléfono apoyado sobre el capó de un coche oscuro.

No saludó a nadie.

Nadie pareció echarlo de menos.

Tanit tomó nota mentalmente.

Era una costumbre.

Observar primero.

Preguntar después.

Apoyó las manos sobre el volante.

Miró una vez más el pueblo.

Luego sonrió para sí misma.

—Bienvenida al retiro.

Abrió la puerta del coche y salió.

El calor la golpeó de inmediato.

La investigación más importante de su carrera aún estaba muy lejos. Pero ella todavía no lo sabía.

Y tampoco sabía que, en aquel pequeño pueblo aparentemente tranquilo, llevaba años creciendo una historia capaz de cambiar muchas vidas.

El contraste fue inmediato.

Nada más cruzar la puerta de la comisaría, la envolvió una mezcla de aire acondicionado cansado, café recalentado y papeles acumulados durante demasiado tiempo.

Desde algún lugar sonaba una televisión encendida a volumen bajo. Un ventilador giraba lentamente sobre un archivador metálico. Todo respiraba rutina.

Demasiada rutina.

—¿Sí?

La voz llegó desde el mostrador.

Una mujer de algo más de cincuenta años levantó la vista por encima de unas gafas apoyadas al borde de la nariz.

Tenía el aspecto de alguien que llevaba años observándolo todo. Y olvidando muy poco.

Tanit se acercó.

—Inspectora Tanit Vergara.

La mujer la examinó de arriba abajo con una curiosidad imposible de disimular.

Después asintió para sí misma.

Como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba.

—Ah.

Tú eres la nueva.

—Eso parece.

—Te estábamos esperando.

Le tendió la mano.

—Elena.

Secretaria, administrativa, psicóloga improvisada y, según algunas malas lenguas, la persona que realmente manda aquí.

Tanit estrechó su mano.

—Encantada.

—No te preocupes. En dos días sabrás quién se ha divorciado, quién debe dinero y qué vecino no soporta al de enfrente.

—¿Solo en dos días?

Elena sonrió.

—Si te esfuerzas, en uno.

Tanit dejó escapar una breve risa.

La mujer le cayó bien al instante.

Quizá porque no parecía fingir nada.

—¿Quieres un consejo, inspectora?

—Siempre.

—A veces el rumor acierta antes que el informe.

Aquella frase llamó su atención.

No parecía una ocurrencia.

Sonaba a experiencia.

—¿Tan fiable es el rumor por aquí?

Elena se encogió de hombros.

—Depende de quién lo cuente.

Guardó unos papeles en una bandeja sin dejar de observarla. —En los pueblos la gente habla demasiado.

Pero hay veces que, precisamente por eso, acaba diciendo la verdad. Tanit estaba a punto de responder cuando una silla se arrastró al fondo de la oficina.

El sonido fue seguido por una voz masculina.

—¿Quién ha venido?

Un hombre apareció por una puerta lateral.

Treinta y pocos años.

Complexión atlética.

Camisa remangada.

Aspecto de haber dormido poco y no darle ninguna importancia. Se movía con esa mezcla extraña entre relajación y atención permanente que Tanit conocía muy bien.

La de quienes han aprendido a parecer tranquilos sin dejar de estar alerta.

—La inspectora ha llegado —anunció Elena.

El hombre arqueó las cejas.

—¿Sí?

—Llevamos toda la mañana esperándola.

—Yo estaba ocupado.

Elena señaló una mesa vacía.

—¿Haciendo qué?

—Cosas importantes.

—¿Dormir cuenta como cosa importante?

—Depende de lo cansado que estés.

Tanit sonrió.

El hombre se volvió hacia ella.

Durante un instante la observó.

Sin desconfianza.

Sin hostilidad.

Como quien evalúa una pieza nueva antes de decidir dónde encaja. —Inspectora.

—Tanit Vergara.

La sonrisa apareció de inmediato.

Natural.

Demoledoramente fácil.

—Me caes bien.

—No es necesario.

—No.

Pero ayuda.

Elena soltó un bufido.

—Dos días.

Como mucho.

—Soy encantador.

—Eso dicen todos los que no lo son.

Axel ignoró el comentario y tendió la mano.

—Axel Ortega.

Agente.

Mediador en peleas vecinales, chófer cuando hace falta y especialista en problemas que nadie quiere resolver.

Tanit estrechó su mano.

—¿Hay muchos de esos?

La sonrisa de Axel disminuyó apenas un poco.

Lo justo para que resultara evidente.

—Más de los que parece.

Durante un segundo nadie dijo nada.

A través de la ventana abierta llegaban fragmentos de vida cotidiana. Una conversación.

Una motocicleta acelerando.

El chirrido de una persiana.

El sonido lejano de unos niños jugando.

Todo parecía normal.

Extraordinariamente normal.

Y aquella idea incomodaba cada vez más a Tanit.

Axel señaló el pasillo.

—¿Te enseño el despacho?

—Adelante.

Mientras avanzaban por la comisaría, ella observó los tablones de anuncios.

Las fotografías.

Las estadísticas.

Las pequeñas notas escritas a mano.

Todo parecía estar exactamente donde debía.

—¿Siempre es tan tranquilo?

Axel soltó una carcajada.

—No.

A veces desaparecen macetas.

—Gravísimo.

—Ya te acostumbrarás.

Siguieron caminando.

—La ventaja de trabajar aquí es que casi todo el mundo se conoce. —¿Y el inconveniente?

Axel abrió una puerta.

—Exactamente el mismo.

Tanit lo observó unos segundos.

Aquella respuesta le gustó más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Porque sonaba cierta.

Y las verdades simples suelen ser las más difíciles de encontrar. El despacho era pequeño.

Una mesa.

Dos archivadores.

Una ventana.

Y una cafetera claramente empeñada en sobrevivir una generación más. Axel dejó una carpeta sobre la mesa.

—Bienvenida a tu nuevo reino.

Tanit tomó asiento.

Abrió la documentación.

Denuncias.

Incidentes.

Estadísticas.

Nada fuera de lo normal.

Nada especialmente preocupante.

Demasiado poco preocupante.

Axel apoyó un hombro en el marco de la puerta.

—Vienes de Valencia.

—Sí.

—Esto te va a parecer aburridísimo.

—Ya me he dado cuenta.

—Aquí casi nunca pasa nada.

Alguna pelea.

Un robo ocasional.

Un vecino convencido de que le están robando las macetas. —¿Y homicidios?

Axel negó con suavidad.

—Ninguno reciente.

El último fue hace más de cuarenta años.

Un chaval mató a su padre después de una discusión.

Tanit continuó pasando páginas.

Todo encajaba.

Los informes.

Los horarios.

Las estadísticas.

Los porcentajes.

Demasiado bien.

Aquello la inquietó más que cualquier expediente incompleto. Porque no conocía un solo lugar donde la realidad encajara con tanta perfección.

Los problemas siempre dejaban huella.

Siempre aparecía algo fuera de sitio.

Una grieta.

Una contradicción.

Un error.

Allí no encontraba nada.

Y precisamente por eso comenzó a desconfiar.

Fuera pasó un grupo de adolescentes en bicicleta.

Uno de ellos giró la cabeza hacia la comisaría.

Solo un instante.

Después continuó pedaleando.

La vida seguía moviéndose al otro lado del cristal.

—Los pueblos también tienen secretos —dijo sin levantar la vista. Axel sonrió.

—Ya me habían avisado.

Tanit levantó la mirada.

—¿Quién?

—Nadie.

El agente sostuvo su mirada unos segundos.

—Se te nota.

Y abandonó el despacho.

El resto de la jornada transcurrió con una lentitud casi desesperante. Música demasiado alta en una vivienda.

Un perro escapando exactamente a la misma hora que lo hacía cada tarde.

Una discusión absurda por una plaza de aparcamiento.

Nada importante.

Nada urgente.

Nada que justificara la inquietud que no terminaba de abandonarla. Y, sin embargo, seguía ahí.

Como una piedra dentro del zapato.

Algo no encajaba.

No en los informes.

No en la comisaría.

No en el pueblo.

Sino precisamente en aquella ausencia de problemas.