Capítulo 5
A las siete y media de la mañana, la Brigada de Homicidios de Valencia comenzaba a despertar.
Los pasillos estaban aún medio vacíos.
El aroma del primer café se mezclaba con el olor a papel, tinta y expedientes que habían permanecido abiertos durante toda la noche. Los fluorescentes parpadeaban sobre mesas cubiertas de informes. Algunos agentes terminaban su turno.
Otros apenas comenzaban el día.
La inspectora Tanit Vergara cruzó la puerta principal con la misma calma de todas las mañanas.
Siempre llegaba a la misma hora.
No necesitaba mirar el reloj.
Saludó a los agentes de guardia y continuó hacia su despacho. Nunca había sido una mujer de grandes discursos.
Ni de levantar la voz.
Ni de golpear una mesa para imponerse.
Su reputación se había construido de otra manera.
Con paciencia y con rigor.
Y con esa obstinación que unos admiraban y otros encontraban desesperante.
A los agentes recién incorporados siempre les repetía la misma frase: —Un culpable puede escapar durante años. Un inocente condenado arrastra esa condena toda la vida.
Aquella idea había guiado toda su carrera.
También le había granjeado más de un enemigo.
Cuando entró en el despacho encontró dos cafés sobre la mesa. Marcos Llorente apareció unos segundos después.
—Sabía que hoy lo necesitarías.
Tanit esbozó una sonrisa.
—Ha llegado.
No era una pregunta.
Marcos asintió y le tendió una carpeta.
En la portada aparecía un único nombre.
ALEJANDRO FERRER
Durante unos segundos ninguno habló.
Tanit abrió el expediente.
La fotografía mostraba a un anciano de aspecto elegante. Ochenta y seis años.
Empresario y fundador del Grupo Ferrer.
Cinco meses antes había muerto tras precipitarse por un acantilado durante una excursión con su hijo.
Un accidente.
Al menos oficialmente.
Tanit revisó las páginas.
Testamento modificado.
Conflictos familiares.
Discusiones cada vez más frecuentes.
Movimientos patrimoniales sospechosos.
Y un detalle.
Uno pequeño, casi insignificante.
La declaración de Daniel Ferrer.
La leyó una vez, después otra, y una tercera.
Marcos la observaba desde la puerta.
—Sigues buscando algo.
—Sí.
—¿Qué?
Tanit cerró la carpeta con lentitud.
—Un error.
—¿En su declaración?
—En su historia.
Marcos suspiró.
—Han pasado cinco meses.
—Lo sé.
—No hay pruebas.
—También lo sé.
—Entonces quizá fue un accidente.
Tanit extrajo una hoja del expediente y se la mostró.
—Daniel Ferrer declaró durante casi una hora.
—¿Y?
—No dudó ni una sola vez.
Marcos arqueó una ceja.
—Hay personas con buena memoria.
—Nadie tiene tan buena memoria.
Guardó silencio unos segundos.
—Cuando alguien recuerda algo que ha vivido de verdad suele equivocarse en algo.
Confunde horarios.
Olvida detalles y se contradice.
Alzó la vista.
—Daniel no lo hizo.
—¿Y eso lo convierte en culpable?
—No.
Señaló la declaración.
—Pero convierte su relato en algo que me resulta imposible creer. Media hora después comenzó la reunión.
Alrededor de la mesa se sentaban representantes de la Policía Judicial, Fiscalía y varios miembros de Homicidios.
En la pantalla aparecían fotografías del acantilado.
El fiscal tomó la palabra.
—La autopsia confirma que la muerte se produjo por la caída. No existen indicios de agresión previa.
Tanit intervino.
—Tampoco existen pruebas de que fuera un accidente.
El fiscal asintió.
—Correcto. Pero la carga de la prueba no funciona al revés. La sala quedó en silencio.
—No tenemos testigos.
No hay imágenes.
Ningún indicio material.
Ni una sola prueba directa contra Daniel Ferrer.
Tanit sostuvo su mirada.
—Tampoco tenemos una explicación convincente.
El fiscal cerró la carpeta.
—¿Cuántos recursos piensa dedicar a una sospecha, inspectora? —Los necesarios.
—¿Y si está equivocada?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Tanit tardó unos segundos en responder.
—Entonces habremos investigado a un inocente.
Hizo una pausa.
—Y podremos descartarlo con certeza.
—¿Y si tiene razón?
La voz fue de Marcos.
Nadie respondió, no hacía falta.
Todos conocían la respuesta.
El comisario puso fin a la discusión.
—La reunión termina aquí.
Varias personas intercambiaron miradas de desconcierto. La decisión ya estaba tomada.
Solo faltaba comunicarla.
La sala comenzó a vaciarse.
El comisario llamó a Tanit.
—Mi despacho.
A solas.
La resolución la esperaba sobre la mesa.
Ni siquiera necesitó abrir la carpeta.
Reconoció el formato.
Reconoció el silencio del comisario y comprendió lo que ocurría. —¿Me apartan del caso?
—Sí.
—¿Con efecto inmediato?
—Sí.
El comisario evitó mirarla.
Aquello confirmó todas sus sospechas.
—¿Quién continuará la investigación?
—El inspector Robles.
—¿Mantendrá las diligencias abiertas?
—No.
Tanit asintió despacio.
No sintió rabia, ni sorpresa.
Solo una decepción profunda.
El comisario abrió un segundo documento.
Lo deslizó sobre la mesa.
—Hay algo más.
Tanit leyó las primeras líneas.
Traslado por necesidades del servicio.
Destino: El Papiol, Barcelona.
Alzó la vista.
—Ha sido muy rápido.
El comisario permaneció en silencio.
Y aquel silencio decía demasiado.
Dos días después, la mayor parte de sus pertenencias ya estaba embalada.
Marcos apareció con una pequeña caja entre las manos. —Te olvidabas esto.
Dentro había una fotografía antigua del equipo.
Tanit sonrió.
—Gracias.
Caminaron juntos hasta el archivo.
El funcionario localizó el expediente y lo dejó sobre el mostrador. FERRER, ALEJANDRO
Tanit lo abrió por última vez.
Informes, declaraciones, fotografías y preguntas.
Demasiadas preguntas.
En la última página destacaba un sello rojo.
CASO ARCHIVADO
Marcos observó la carpeta.
—¿Sabes qué es lo peor?
Tanit levantó la vista.
—¿Que quizá nunca llegue a saberse qué ocurrió en aquel acantilado? Él asintió.
Ella negó lentamente.
—No.
Pasó la mano sobre la cubierta del expediente.
—Lo peor sería dejar de hacerse la pregunta.
Cerró la carpeta.
La devolvió al funcionario.
—Guárdelo bien.
El hombre sonrió.
—Lo haré.
—Algún día alguien volverá a abrirlo.
El coche la esperaba en el aparcamiento.
Colocó la última caja en el maletero y se sentó al volante. Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Mirando el edificio, la ciudad.
La investigación que dejaba atrás.
No sentía que abandonara Valencia.
Sentía que dejaba una verdad incompleta.
Encendió el motor, introdujo un destino en el navegador. El Papiol. La ruta apareció en la pantalla.
No podía saber que aquel traslado cambiaría su vida.
Ni que, en un pequeño pueblo al pie de la montaña, la esperaba una investigación capaz de poner a prueba todo aquello en lo que creía. Ni que, años después, comprendería que algunas verdades no desaparecen cuando se archivan.
Solo esperan. Piso el acelerador, y por primera vez en mucho tiempo, avanzó sin mirar atrás.