Capítulo 4
Pasaban de las tres de la madrugada cuando Vanesa y Noemí salieron de La Colmena.
La estación estaba casi desierta.
La luz blanca de las marquesinas bañaba los andenes con una claridad fría.
De vez en cuando alguna lámpara parpadeaba y proyectaba sombras irregulares sobre el cemento mojado.
La lluvia había cesado hacía horas, pero el aire conservaba esa humedad pegajosa que parece permanecer suspendida sobre los pueblos cuando la noche está a punto de terminar.
El último tren acababa de llegar.
A esas horas apenas quedaban viajeros.
Un trabajador que regresaba a casa después del turno de noche. Un par de jóvenes demasiado cansados para seguir de fiesta. Algún pasajero solitario observando la oscuridad tras una ventanilla. Nada más.
Vanesa caminaba junto a Noemí con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta.
Trabajaban juntas desde hacía pocas semanas y, casi sin darse cuenta, habían convertido el regreso a casa en una rutina.
Mismo horario.
Mismo tren.
Mismas conversaciones.
Vanesa llevaba más de dos años en La Colmena.
Había conocido muchas mujeres.
Algunas aguantaban unos meses.
Otras desaparecían sin despedirse.
Muy pocas conseguían quedarse.
Noemí era diferente.
Escuchaba más de lo que hablaba.
Observaba más de lo que preguntaba.
Y siempre daba la impresión de estar pendiente de algo que ocurría un poco más allá de donde se encontraba.
Vanesa nunca había logrado comprenderla del todo.
Quizá por eso le caía bien.
—Si algún día necesitas ayuda, dímelo.
No era la primera vez que se lo decía.
Noemí sonrió.
—Lo sé.
—Lo digo en serio.
—Ya lo sé.
Aquella sonrisa siempre iba acompañada de algo más.
Una tristeza discreta.
Persistente.
Como una cicatriz que nunca terminaba de cerrarse.
Vanesa nunca insistía.
Había aprendido que ciertas heridas solo se cuentan cuando dejan de doler.
Subieron al tren.
El vagón estaba casi vacío.
Las luces se reflejaban en las ventanas y mezclaban los rostros de los pasajeros con la oscuridad exterior.
Noemí se sentó junto al cristal.
Vanesa ocupó el asiento de enfrente.
Durante unos minutos ninguna habló.
El tren avanzaba con su traqueteo constante mientras las estaciones aparecían y desaparecían envueltas en sombras.
Aquella rutina ya formaba parte de la vida de Noemí.
Siempre el mismo recorrido.
Siempre la misma hora.
Siempre los mismos pasos.
Durante un tiempo había llegado a creer que aquello bastaba para desaparecer.
Aún no sabía que las rutinas también son la forma más sencilla de encontrar a alguien.
Varias estaciones después, el tren comenzó a reducir la velocidad. Vanesa se levantó.
Había llegado a su parada.
Antes de que las puertas se abrieran se inclinó hacia Noemí. —Nos vemos mañana.
Noemí asintió.
—Como siempre.
Vanesa sonrió.
—Como siempre.
Las puertas se abrieron.
Descendió al andén.
Esperó unos segundos mientras el convoy reanudaba la marcha. Desde el interior, Noemí levantó una mano en señal de despedida. Vanesa respondió al gesto.
Después el tren desapareció en la oscuridad.
Vanesa no podía imaginar que aquella sería la última vez que la vería con vida.
Cuando Noemí llegó a su estación apenas quedaban pasajeros. Bajó del tren y esperó a que se marchara antes de dirigirse hacia la salida.
El aire era frío.
La noche parecía suspendida en el tiempo.
Conocía aquel camino de memoria.
La avenida principal.
El paso de peatones junto a la farmacia.
La pequeña plaza.
La calle estrecha que desembocaba en su portal.
Diez minutos.
Ni uno más.
Siempre igual.
Siempre sola.
Mientras caminaba sintió algo extraño.
Una molestia indefinible.
La sensación de que algo no encajaba.
Se detuvo.
Escuchó.
Nada.
Ni pasos.
Ni voces.
Ni el más mínimo movimiento.
Solo silencio.
Permaneció inmóvil unos segundos.
Después continuó.
No vio la figura que aguardaba al otro lado de la calle.
Quieta.
Observándola.
Esperando.
Al llegar al portal sacó las llaves del bolso.
Introdujo una en la cerradura.
El chasquido del mecanismo resonó con una nitidez inquietante en la calle vacía.
Empujó la puerta.
Y entonces todo ocurrió a la vez.
Una mano le cubrió la boca.
Otra le rodeó la cintura.
Noemí reaccionó por puro instinto.
Intentó gritar, intentó girarse, intentó golpear.
Percibió un olor dulzón.
Extraño.
El mareo llegó casi de inmediato.
Aun así, siguió luchando.
Buscó a ciegas.
Encontró un brazo y clavó las uñas.
Sintió cómo la piel se desgarraba bajo sus dedos.
El hombre soltó un leve quejido, pero no aflojó la presión. Las piernas empezaron a fallarle, las luces del portal se deformaron. El suelo pareció inclinarse bajo sus pies.
Trató de aferrarse al marco de la puerta.
No llegó a alcanzarlo y la oscuridad cayó sobre ella.
Unos segundos después la puerta volvió a cerrarse.
Desde una calle cercana llegó el sonido de un motor.
Un vehículo arrancó.
Sin prisas.
Después desapareció.
La madrugada recuperó su calma habitual.
Las farolas siguieron iluminando calles vacías.
Ninguna ventana se abrió, nadie pidió ayuda, nadie había visto nada. Como si aquella mujer jamás hubiera existido.
Horas después, la niebla cubría la montaña.
José Luis ascendía por el sendero con su bicicleta, como cada domingo. Le gustaba madrugar.
Disfrutaba del silencio, del aire limpio, del olor a tierra húmeda. Y de las vistas que ofrecía la ermita antes de que el pueblo despertara. Aquella mañana, sin embargo, todo parecía distinto.
La niebla era más espesa, el bosque más silencioso.
Incluso los árboles parecían guardar un secreto.
Cuando llegó a la explanada frunció el ceño.
La puerta de la ermita estaba entreabierta.
Se acercó despacio, demasiado despacio, empujó la madera y entró. El interior olía a piedra húmeda, a cera consumida, y a madera antigua. La tenue luz de una vela seguía ardiendo frente a la imagen de Santa Eulalia.
La santa observaba el altar desde la penumbra.
Inmutable.
José Luis avanzó un par de pasos.
Y entonces la vio.
Al principio no comprendió lo que estaba mirando.
Solo distinguió una silueta tendida frente al altar.
Inmóvil.
Demasiado quieta, demasiado perfectamente colocada.
Como si alguien hubiera querido que la encontraran.
Como si aquel lugar formara parte del mensaje.
Sintió un nudo en el estómago y dio un paso más.
Era una mujer joven, cabello oscuro, piel pálida, los ojos abiertos. Fijos en algún punto invisible del techo.
Apenas a unos metros de la imagen de Santa Eulalia.
Como si hubiera sido depositada allí.
Como una ofrenda, o una advertencia.
—Dios mío...
Retrocedió hasta apoyar una mano contra la pared.
Le temblaban las piernas.
Sacó el móvil con dedos torpes.
Marcó un número que conocía de memoria.
Axel respondió al segundo tono.
—¿Sí?
José Luis tardó unos segundos en recuperar la voz.
—Axel... tienes que subir a la ermita.
Al otro lado de la línea se hizo un silencio inmediato.
—¿Qué ocurre?
José Luis volvió a mirar el cuerpo.
Todavía le costaba aceptar que aquello fuera real.
—Hay una chica muerta.
Tragó saliva.
—Está en la ermita.
Colgó.
Fuera, la niebla seguía deslizándose entre los árboles.
Como si intentara ocultar lo sucedido.
Pero ya era demasiado tarde.
Alguien había dejado un cadáver a los pies de Santa Eulalia. Y, con él, acababa de comenzar una investigación que cambiaría para siempre la vida de todos los que terminarían atrapados en ella.