Capítulo 3
La luz era tenue, cálida y artificial.
Lo bastante suave para difuminar imperfecciones y convertir el cansancio en una sombra amable.
Dentro de La Colmena, la noche seguía sus propias reglas. Las preocupaciones quedaban junto a la puerta, mezcladas con los abrigos, los teléfonos en silencio y las excusas que muchos clientes repetirían al volver a casa.
La música sonaba justo lo suficiente para envolver las conversaciones sin imponerse a ellas.
Las risas llenaban el local, algunas sinceras, otras formaban parte del trabajo.
La diferencia rara vez era evidente para quien no conociera aquel mundo.
La Colmena no era un bar.
Muchos insistían en llamarlo así, pero Judit siempre había pensado que era algo distinto, un refugio.
Un lugar al que la gente acudía buscando compañía, conversación o simplemente la ilusión de que alguien estuviera dispuesto a escucharla durante unas horas.
Judit entendía esa necesidad mejor que la mayoría.
Había aprendido muy pronto que las personas podían desaparecer. Algunas sin previo aviso, otras para siempre.
Quizá por eso nunca soportó la idea de que alguien se sintiera completamente solo.
Con los años dejó de pensar en La Colmena como un negocio. Prefería verla como un refugio.
Un lugar al que cualquiera pudiera entrar sin necesidad de dar explicaciones.
Mucho antes de llamarse La Colmena había sido El Paraíso. Algunos vecinos todavía utilizaban aquel nombre.
Judit nunca los corregía.
Los nombres cambian, las personas también, los secretos, no tanto. Desde detrás de la barra observaba el local como quien lleva media vida haciendo exactamente lo mismo.
Había aprendido a reconocer a cada cliente con apenas una mirada. Sabía quién llegaba dispuesto a gastar dinero.
Quién necesitaba hablar, quién venía huyendo de algo, y quién llevaba toda la tarde ensayando la mentira que contaría al llegar a casa. Había escuchado cientos.
Maridos viendo partidos que nunca existieron.
Comerciales atrapados en reuniones imaginarias.
Hombres convencidos de que nadie descubriría jamás ciertas costumbres.
Judit no los juzgaba, tampoco los creía.
Simplemente servía copas y escuchaba.
Las chicas se movían entre las mesas con una naturalidad adquirida después de muchas noches parecidas.
Risas, miradas, conversaciones.
Una mano apoyada unos segundos sobre un brazo.
Nada demasiado evidente.
Nada demasiado inocente.
Todas conocían la única norma que Judit se negaba a negociar. —Yo vendo copas. Lo demás es cosa vuestra.
La repetía siempre a quien contrataba.
Nunca hacía falta añadir nada más.
Poco después de las once, la puerta se abrió.
Una ráfaga de aire húmedo se coló en el local.
Fuera había empezado a lloviznar.
Dentro seguían sonando las conversaciones y las copas chocaban con suavidad sobre las mesas.
Un hombre trajeado, arrogante y con la piel demasiado bronceada para ser de la zona saludó a Judit con un leve gesto de cabeza.
Era uno de los nuevos vecinos de la urbanización.
Nunca hablaba demasiado.
Siempre elegía las mesas del fondo.
Y siempre parecía más pendiente de quién entraba que de quien tenía delante.
Judit lo observó mientras recogía unos vasos.
Intercambió unas palabras con Axel.
Muy pocas.
Una de esas conversaciones tan breves que resultan imposibles de recordar y, sin embargo, parecen importantes.
La presencia de la urbanización en La Colmena era sutil.
Pero innegable.
En aquel local los mundos se rozaban sin llegar a mezclarse. Axel entró unos segundos después.
Con la tranquilidad de quien llevaba años cruzando aquella puerta. Antes de acercarse a la barra recorrió el local con una mirada rápida. Por costumbre.
Por profesión.
Por instinto.
—Buenas noches.
Judit levantó la vista y sonrió.
—Mira quién ha venido.
—Tampoco hace tanto que estuve.
—Tres días. Empiezo a preocuparme cuando tardas más. Axel rio.
—Tomaré eso como una muestra de cariño.
—Tómalo como quieras.
Ella ya estaba preparando café.
Después de tantos años conocía sus hábitos mejor que él mismo. Mientras la cafetera comenzaba a funcionar, varias chicas lo saludaron al pasar.
Axel respondió con una leve inclinación de cabeza.
Conocía a casi todas.
Había visto llegar a algunas siendo poco más que adolescentes. Y marcharse a otras cuando decidieron empezar una vida distinta. Cada una tenía su propia historia.
Nunca preguntaba por ella.
Prefería que siguiera siendo suya.
Se apoyó en la barra.
—¿Todo tranquilo?
Judit soltó una carcajada breve.
—Como siempre.
Aquella respuesta significaba exactamente lo contrario.
En un local como aquel nunca ocurría nada.
Y ocurría de todo.
Una joven rubia apareció sonriendo.
—¿Solo café?
—Estoy de servicio.
—Algún día tendrás que buscar una excusa nueva.
—Cuando me jubile.
—Lo apuntaré.
La chica se alejó riendo.
Judit dejó la taza frente a él.
—Te tienen demasiado cariño.
—O demasiada paciencia.
—No descartes ninguna de las dos.
Axel tomó un sorbo.
Y fue entonces cuando la vio.
Estaba al fondo.
Recogiendo copas vacías.
Nada más.
Y, aun así, llamó su atención de inmediato.
No porque fuera especialmente llamativa, ni porque intentara destacar. Era justo lo contrario.
Se movía con discreción, escuchaba más de lo que hablaba. Sonreía lo suficiente para resultar amable.
Nunca lo bastante para inspirar confianza.
—¿La nueva?
Judit siguió la dirección de su mirada.
—Sí.
—Parece distinta.
Judit encendió un cigarrillo.
—Lo es.
—¿Sabes algo de ella?
—No.
Expulsó el humo despacio.
—Y tampoco pienso preguntarlo.
Axel volvió a observarla.
Llevaba pocas semanas trabajando allí.
Varias de las chicas ya habían comentado que vendía más copas que casi ninguna.
Lo curioso era cómo lo hacía.
No insistía, no provocaba, no perseguía clientes.
Parecía limitarse a escuchar.
Y, aun así, los hombres terminaban acercándose a ella.
Como si hubiera algo difícil de explicar que los atrajera.
—¿Cómo se llama?
—Noemí.
Axel asintió.
La observó unos segundos más.
Había algo extraño en ella, no peligroso.
Al menos no de una forma evidente.
Simplemente extraño.
Como si interpretara un papel que nadie más advertía.
Entonces Noemí levantó la cabeza.
Sus ojos se encontraron.
Verdes, extraordinariamente verdes.
Durante apenas un instante, Axel tuvo la incómoda sensación de que no estaba siendo observado, sino evaluado.
Como si ella hubiera llegado a alguna conclusión.
Como si supiera algo que él ignoraba.
La impresión desapareció casi de inmediato.
Noemí apartó la mirada.
Recogió una copa, respondió algo a un cliente.
Y continuó trabajando como si nada hubiera ocurrido.
—No parece hecha para este sitio.
Judit sonrió.
—Precisamente por eso no dejan de acercarse a ella.
Axel terminó el café.
Volvió a recorrer el local con la mirada.
Las risas, la música, las conversaciones, el tintinear del cristal. Todo parecía perfectamente normal.
Y, sin embargo, aquella sensación seguía allí.
Pequeña, persistente.
Como una pieza fuera de lugar en un rompecabezas demasiado grande para contemplarlo entero.
Dejó unas monedas sobre la barra.
—Nos vemos.
—Cuídate.
Salió del local.
La puerta se cerró lentamente a su espalda.
Dentro de La Colmena, la noche continuó como cualquier otra. Las copas siguieron llenándose.
La música siguió sonando.
Las conversaciones continuaron saltando de una mesa a otra entre risas, humo y luces cálidas.
Todo parecía exactamente igual.
Y, sin embargo, algo había cambiado, muy poco, lo suficiente. Porque algunas personas llegan a un lugar para empezar una nueva vida. Y otras llegan porque llevan demasiado tiempo buscando algo. Nadie lo sabía todavía.
Ni Judit.
Ni Axel.
Ni siquiera quienes aquella noche compartían una copa con ella. Pero la mujer de ojos verdes ya había comenzado a alterar el destino de todos los que terminarían cruzándose en su camino.
Y algunos de ellos tardarían muchos años en comprenderlo.