Tomás
La llamada de Nico llegó a las dos de la madrugada. Airen estaba despierta. Kai también, aunque ninguno de los dos lo había dicho en voz alta.
Airen se incorporó en el sofá.
—¿Dónde estás?
—En su edificio. He venido a seguir el rastro de Logan y he encontrado la puerta abierta. El piso está vacío .
Kai ya había cogido su móvil y escuchaba desde el otro lado de la mesa.
—¿Y el rastro de Logan? —preguntó.
—Pasa por aquí —dijo Nico—. Y es reciente. De hoy.
Salieron enseguida. Llegaron en veinte minutos.
Nico los esperaba junto al portal, con las manos en los bolsillos y la vista fija en la puerta abierta del edificio.
—No he querido tocar nada más —dijo.
Subieron los tres.
El piso estaba tal como Nico había dicho.
La puerta se abrió sin forzar, como si Tomás hubiera dejado entrar a alguien.
Dentro no había nada, pero no como la primera vez, cuando lo habían registrado todo y se habían llevado sus notas.
Esta vez era distinto: los muebles seguían allí, los cajones estaban cerrados.
No faltaba nada a simple vista y, aun así, había algo extraño en aquel orden. El piso ya no parecía de nadie.
Airen recorrió las habitaciones despacio, buscando sin saber exactamente qué. En el dormitorio encontró una taza volcada en el suelo. El café se había secado sobre la madera, formando una mancha oscura junto a la cama. Alguien la había dejado caer, o lo habían obligado a soltarla .
Se agachó y acercó la mano sin llegar a tocarla. No sintió la primera deuda, pero sí o el residuo frío de una deuda manipulada, movida de sitio y vuelta a colocar donde no pertenecía.
Lo sintió como en el bar, alrededor de los hombres de Logan, esa distorsión en el espacio que no era una mancha natural, sino algo forzado, algo desplazado de donde debía estar. Habían transferido algo a Tomás. O se lo habían quitado. Y Airen no sabía qué opción era peor.
—Veinte años cargando con la primera deuda —dijo—. Lo sabía todo, y desaparece justo después de decirnos lo único que necesitábamos saber.
—No es casualidad —dijo Kai.
—No —dijo Nico desde el umbral del dormitorio—. Y hay algo más.
Airen se levantó.
—¿Qué?
—El rastro de Logan en este piso no va solo. Hay otro junto al suyo, uno que no había visto antes.
Kai levantó la vista.
—¿De quién?
Nico miró a Airen.
—No lo sé, pero es muy antiguo, como si alguien que nunca deja huella hubiera querido que lo encontrara esta noche .
Salieron a la calle. La noche estaba fría y casi vacía. Algún coche a lo lejos. Una persiana bajada. Un semáforo cambiando de color para nadie.
Airen miró la fachada del edificio. La ventana del dormitorio de Tomás estaba a oscuras.
Pensó en él sentado en el suelo, con las manos sobre las rodillas y veinte años encima. Pensó en la taza volcada, en el café seco sobre la madera.
Había pasado dos veces por ese piso. La primera, huyendo. La segunda, demasiado tarde. Y entonces lo entendió: esto nunca había ido solo sobre ella.
Mientras intentaba entender lo que le estaba pasando, mientras buscaba respuestas y reconstruía lo que le habían borrado, los Nahdir de transferencia seguían moviendo piezas alrededor, tocaban a la gente que se acercaba demasiado y apartaban a quien podía darle información. Tomás había sido el primer aviso.
Airen miró a Kai. Luego a Nico. Los dos estaban allí, a las dos de la madrugada, porque habían decidido quedarse, y, mientras siguieran a su lado, también formaban parte de todo aquello.
—Tenemos que movernos —dijo Airen—, antes de que ellos sigan decidiendo por nosotros.
—¿Hacia dónde? —preguntó Kai.
Airen miró la calle vacía.
En alguna parte de la ciudad, Logan seguía moviéndose, dejando rastros que Nico podía leer y que la llevaban hacia cosas que todavía no entendía del todo. Y en alguna parte había otro rastro, más antiguo, uno que había decidido dejarse ver.
—Hacia Logan —dijo—, pero esta vez llegaremos nosotros primero.