Lo que no se dice
Nico se fue al caer la tarde. Dijo que iba a seguir el rastro de Logan. Había aprendido a rastrearlo, aunque no supiera explicar bien cómo funcionaba. Prometió volver en cuanto encontrara algo claro.
Airen y Kai se quedaron solos en el piso. Durante un rato no hicieron nada, y eso, después de los últimos días, casi parecía extraño.
Kai calentó comida sin preguntarle si tenía hambre.
Airen se sentó en el suelo, apoyada contra el sofá, con las rodillas recogidas, mirando la pared mientras comían en silencio.
Sin embargo, no era un silencio incómodo.
A esas alturas ya habían pasado demasiadas cosas juntos para necesitar llenarlo todo el tiempo.
Fue Kai quien habló primero.
—¿Cómo estás?
Airen soltó una pequeña sonrisa.
—No tengo ni idea. Siento que estoy cambiando y no sé en qué me estoy convirtiendo.
Kai asintió despacio.
—Cuando empecé a verlas, estuve meses durmiendo fatal, no por miedo, era más bien que no podía dejar de pensar en ellas. Cerraba los ojos y seguían ahí.
—¿Y ahora?
—Ahora he aprendido a dejarlas pasar la mayoría de las veces.
—¿Y cuándo no puedes?
Kai bajó la vista un momento.
—Cuando alguien que me importa carga con algo que no debería.
Airen no dijo nada, solo lo miró, y Kai sostuvo la mirada esta vez. Él no intentó corregirlo, no intentó suavizarlo ni convertirlo en otra cosa. Lo había dicho así: «Alguien que me importa», y Airen notó que esa frase se quedaba entre los dos más tiempo del que debería.
Entonces lo vio: el vínculo .
Estaba ahí, suspendido en el espacio que los separaba. No era una mancha ni una deuda, tampoco se parecía a los vínculos que había visto aquella mañana en la calle. Este era distinto, más cercano, más difícil de mirar de frente.
No estaba hecho solo de lo que habían vivido juntos, también estaba hecho de lo que no se habían dicho.
De las noches sin dormir. De las preguntas evitadas.
De la forma en que Kai seguía allí incluso cuando Airen no sabía si quería tenerlo cerca.
De la rabia, de la desconfianza y de todo lo que seguía doliendo. Y, aun así, estaba ahí.
Airen apartó la mirada no porque quisiera apartarse de él, sino porque verlo hacía imposible seguir fingiendo que no pasaba nada.
—No puedes sacarme de esto —dijo al final—. Ya lo sabes.
—Sí. Lo sé.
—Entonces, deja de intentarlo.
Kai no respondió enseguida.
—No sé si puedo.
Airen volvió a mirarlo.
—Tienes que poder.
—Lo intento.
—No me sirve que me protejas si para hacerlo decides por mí.
Kai apretó ligeramente la mandíbula.
—Ya lo sé .
Airen apoyó la cabeza contra el sofá y cerró los ojos. Estaba cansada, no solo físicamente, cansada de que todos parecieran saber algo más que ella, cansada de que cada respuesta viniera con otra mentira detrás, cansada de tener que averiguar incluso qué lugar ocupaba en su propia vida.
Kai siguió donde estaba, sin moverse. Esta vez no intentó explicar nada. Solo se quedó allí, en silencio, como si hubiera entendido que eso era lo único que podía hacer.
Airen abrió los ojos de nuevo y lo encontró mirándola.
El vínculo seguía entre los dos, tenso, real, y, por mucho que una parte de ella quisiera ignorarlo, ya era demasiado tarde para fingir que no lo había visto.