Las Manchas Invisibles: Ella te vio primero (Nahdir 1) El vínculo
56%

El vínculo

Nico se había ido a seguir el rastro de Logan, y el piso quedó demasiado silencioso después de su marcha.

Esa noche Airen no durmió en el piso de Kai. Se quedó tumbada en el sofá, mirando el techo, pensando en el expediente, en la letra apretada, en las décadas de seguimiento y en la última frase escrita con demasiada fuerza.

«Cuando llegue aquí, ya sabrá lo que soy. Que también sepa por qué lo hice» .

«Lo que soy —reflexionó—, no lo que hago. Lo que soy».

Le dio vueltas hasta que empezó a amanecer. Entonces se levantó, cogió la chaqueta y salió sin hacer ruido.

La ciudad todavía iba despacio a esa hora. Había repartidores, gente camino del trabajo y alguien paseando a un perro medio dormido.

Airen caminó sin pensar demasiado hacia dónde iba, intentando ordenar todo lo que había pasado. Fue entonces cuando lo notó: no era una mancha, tampoco una deuda.

Había una mujer y un hombre sentados en un banco junto a la acera, hablando en voz baja, con una bolsa de la compra entre los pies. No tenían nada especial y, aun así, Airen se detuvo, porque entre ellos había algo.

No era una sombra adherida al cuerpo de ninguno de los dos, era algo más fino, más difícil de explicar: un vínculo, una especie de hilo silencioso que existía entre ellos y que Airen podía percibir con una claridad incómoda.

«Llevan mucho tiempo juntos», se dijo.

Y enseguida se dio cuenta de lo más inquietante: no sabía cómo sabía eso.

El vínculo no era suyo, no era una deuda que ella llevara ni una mancha pegada a ninguno de ellos. Estaba entre los dos, en el espacio que compartían, y Airen lo sentía como si su cuerpo hubiera aprendido a leer algo que hasta entonces había estado cerrado para ella.

Siguió caminando, pero la sensación permaneció un rato más. Antes solo veía lo roto, pero ahora empezaba a ver también lo que unía a las personas. Y no sabía si eso era mejor o peor.

En la siguiente manzana vio a dos chicos caminando juntos. Uno de ellos rozaba el brazo del otro cada pocos pasos, como si ninguno quisiera separarse demasiado.

El vínculo apareció antes incluso de que Airen se detuviera a observarlos. Era distinto al de la pareja del banco, más reciente, más ligero, como algo que todavía no sabía cuánto iba a durar.

«Esto acaba de empezar», pensó.

Los dejó atrás y siguió andando.

Un poco más adelante, una mujer mayor salió de un portal mirando el móvil.

No había ningún vínculo alrededor de ella, pero Airen sintió otra cosa, algo pesado, antiguo, muy enterrado.

Lo notó en el estómago cuando la mujer pasó a su lado y, por primera vez en mucho tiempo, no hizo nada y siguió caminando.

Cuando volvió al piso de Kai, el sol ya había terminado de salir. Él estaba despierto, sentado a la mesa con una taza de café delante. No hizo preguntas.

Airen se sentó frente a él, cogió la taza y la sostuvo entre las manos sin beber .

—Estoy viendo cosas nuevas —dijo al final—. Vínculos entre la gente. No son manchas ni deudas, es otra cosa. Aparecen solos, aunque no los busque. —Kai asintió despacio—. ¿Lo sabías?

—No exactamente, pero sí sabía que algo iba a cambiar.

Airen lo miró fijamente.

—¿Qué más sabes que no me has contado?

—Airen…

—No —lo interrumpió antes de que pudiera seguir—. Ya me dijiste que me buscaste por encargo. ¿Sabías quién era antes de sentarte en esos escalones?

Kai no respondió enseguida, y ese silencio fue suficiente.

Airen se levantó de la silla y empezó a caminar por la cocina no porque necesitara moverse, sino porque quedarse sentada delante de él le resultaba demasiado incómodo.

—Claro que lo sabías —dijo—. Sabías quién era. Sabías que la primera deuda iba a activarse en mí. Sabías que algo iba a pasar y, aun así, te sentaste allí como si fueras un desconocido cualquiera.

Kai bajó la mirada un momento.

—No sabía cuándo iba a pasar. Ni cómo.

—Pero sabías que iba a pasar.

—Sí.

Airen soltó una risa breve, sin humor .

—Qué bien.

Kai no se defendió.

—Por eso me senté en aquellos escalones —dijo—. Estuve allí todos los días durante tres semanas, hasta que saliste.

Tres semanas.

Airen se quedó quieta. Él había estado allí cada día, esperándola, mientras ella seguía con su vida sin saber que alguien la observaba desde los escalones.

—¿Y yo? —preguntó al final.

Kai levantó la vista.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que he confiado en ti, que te he contado cosas que no sabía decirle a nadie, que te he dejado estar cerca cuando todo esto me estaba rompiendo por dentro.

Se calló un segundo.

No quería decir lo demás. No quería ponerle nombre, porque hacerlo lo volvía demasiado real, pero estaba ahí, entre los dos, desde hacía tiempo, en la forma en que él la miraba cuando creía que ella no se daba cuenta, en las veces que ella había buscado su presencia antes incluso de admitir que la necesitaba, en ese silencio cómodo que a veces se abría entre los dos, incluso en mitad de todo lo imposible.

Airen apretó los dedos alrededor de la taza.

—¿Eso también formaba parte del encargo ?

Kai tardó en responder, y ese silencio le dolió más de lo que esperaba.

—No —dijo él al fin—. Eso no.

—¿Seguro?

—Al principio tenía que encontrarte, vigilar que no te rompieras antes de entender lo que llevabas dentro. Eso era todo.

—Eso era todo —repitió ella, despacio.

Kai bajó la mirada.

—Luego dejó de serlo.

Airen sintió que esa frase la tocaba justo donde no quería.

Porque quería creerle, esa era la parte que más rabia le daba, que, incluso ahora, después de saber que la había estado esperando, después de saber que había entrado en su vida con un motivo que ella no conocía, una parte de ella seguía queriendo creerle.

Y no solo creerle: quedarse.

—Tenías que habérmelo dicho —dijo.

—Lo sé.

—No, no lo sabes, porque una cosa es ocultarme información sobre las deudas, sobre Noa, sobre Logan o sobre todo lo que parece que todos sabéis menos yo, pero esto… —Airen señaló el espacio entre los dos, sin saber muy bien cómo nombrarlo—. Esto era mío también.

Kai apretó la mandíbula.

—Decidí mal.

Airen soltó una risa breve .

—Eso se está convirtiendo en costumbre.

Él no se defendió.

—No quería que te alejaras.

Airen lo miró.

—Eso no lo hace mejor.

—Lo sé.

El silencio que quedó entre los dos fue distinto. Más incómodo. Más real.

Airen volvió a sentarse despacio. Cogió la taza, pero no bebió.

No lo perdonaba, todavía no, porque una cosa era entender por qué alguien había mentido y otra muy distinta era no sentir la mentira cada vez que lo miraba, pero tampoco quería irse, y eso era lo que más rabia le daba.

Los dos se quedaron mirando la ventana un momento. La ciudad ya estaba completamente despierta. Gente cruzando calles, entrando en cafeterías, hablando por teléfono, moviéndose de un sitio a otro.

Y ella, en medio de todo eso, seguía cambiando sin haberlo elegido.