Las Manchas Invisibles: Ella te vio primero (Nahdir 1) Los que vienen a reclamar
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Los que vienen a reclamar

Airen no tuvo tiempo de responder.

La puerta del bar se abrió despacio y entraron tres personas que caminaron directamente hacia el fondo del local. Nadie les prestó atención.

Kai ya se había puesto de pie. No hizo ningún movimiento brusco, simplemente se levantó sin perderlos de vista.

—No corras —dijo en voz baja—. Si corres, empieza el juego.

Nico tampoco se movió.

—Son ellos —dijo .

Airen los observó mientras se acercaban.

Los tres vestían de forma corriente y ninguno tenía mancha, pero no actuaban como clientes normales. No miraron la barra ni buscaron mesa. Fueron directos hacia ellos, como si ya supieran exactamente dónde estaban.

El del centro iba delante. Tenía el pelo oscuro, la expresión tranquila y una forma de mirar que hizo que Airen se quedara quieta un segundo más de la cuenta.

No parecía sorprendido de verla. Ese fue el problema: la miraba como si ya supiera quién era, como si llevara tiempo esperando encontrársela allí. Y, aunque Airen no lo conocía, hubo algo en esa mirada que le resultó demasiado familiar.

Se pararon a un metro de la mesa y el del centro habló.

—No deberías haber salido del piso.

La voz era tranquila, demasiado para la situación, y hubo algo en ella que a Airen le resultó extrañamente familiar.

—No es vuestra —dijo Kai.

El hombre lo miró por primera vez.

—Nunca lo ha sido.

Nico se inclinó ligeramente hacia delante.

—No podéis quedaros con ella.

El hombre volvió la vista hacia él.

—Tú todavía no has decidido de qué lado estás, y no vamos a decidirlo por ti .

Airen notó cómo la presión en el pecho aumentaba. Era la misma sensación de antes, pero mucho más intensa, como si algo dentro de ella estuviera despertando del todo.

Uno de los otros dos dio un paso adelante y entonces Airen vio algo que no había observado hasta ese momento.

No era una mancha exactamente, era como si el aire alrededor de él estuviera ligeramente deformado, muy poco, lo justo para que, cuando se movía, diera la sensación de que algo iba con retraso respecto al resto de su cuerpo, como una imagen mal sincronizada.

No era deuda acumulada, era deuda manipulada, reordenada.

Así era como lo hacían: no cargaban la deuda, la utilizaban.

—Ahora —dijo Kai.

Y todo se rompió.

El hombre de la izquierda levantó la mano. No llegó a tocar a nadie, pero el aire entre ellos se tensó de golpe. Las luces del bar parpadearon y un vaso estalló en la barra.

Nadie reaccionó. El camarero siguió limpiando vasos. La gente continuó hablando, riéndose, moviéndose de un lado a otro como si nada estuviera pasando.

—No —dijo Airen .

No lo pensó, solo lo dijo, pero algo respondió dentro de ella.

La presión en el pecho aumentó de golpe, pero no hacia fuera, sino hacia dentro, como si algo que llevaba demasiado tiempo encerrado acabara de encontrar una grieta por donde moverse, y, durante un segundo, todo se volvió claro.

Airen vio las líneas. No eran visibles del todo, pero estaban ahí, extendiéndose entre las personas como una red que normalmente permanecía oculta y que ahora, por un instante, se dejaba ver. No eran manchas, eran vínculos.

La deuda no solo se pegaba a las personas, también las unía. Cuando algo se rompía, cuando algo quedaba abierto, buscaba un lugar donde cerrarse. Llevaba décadas intentándolo.

Kai estaba conectado. Nico también. Incluso la gente del bar, que seguía hablando sin darse cuenta de nada, tenía líneas que iban hacia alguna parte. Todos tenían vínculos, todos menos ella.

Airen no estaba conectada a nada, era el lugar donde todas las líneas terminaban.

Y entonces desapareció. El bar volvió de golpe: el ruido, las luces, las conversaciones, el sonido de vasos chocando detrás de la barra.

El hombre del centro dio un paso atrás, apenas uno, pero fue suficiente para que Airen entendiera que algo había cambiado.

—Interesante —dijo .

Airen lo miró. Ya no sentía que todo estuviera fuera de su control.

—No me voy.

Kai giró la cabeza hacia ella.

—Airen…

—No. Si queréis la deuda, vais a tener que pasar por mí.

El silencio se quedó suspendido unos segundos.

El hombre no apartó la vista de ella. Después sonrió levemente. No parecía una amenaza ni una burla, era más bien la expresión de alguien que acababa de confirmar algo que llevaba mucho tiempo esperando.

—El problema es que ya estamos dentro.

Nadie habló. Los tres se giraron al mismo tiempo, con la misma calma con la que habían entrado, y salieron del bar.

Todo siguió igual a su alrededor. Airen seguía de pie, con las palabras del hombre dándole vueltas en la cabeza:

«Ya estamos dentro».

Nico se levantó despacio, se acercó a la ventana y miró hacia la calle. Los tres ya no estaban, habían desaparecido entre la gente sin que nadie pareciera haberse fijado en ellos.

—¿Qué significa eso? —preguntó Kai—. ¿Qué quiere decir con que ya están dentro?

Nico no apartó la vista de la calle .

—Que ya no necesitan la deuda para llegar a ella. —Airen se quedó inmóvil—. Solo te necesitan a ti —añadió.

Y entonces, por debajo del miedo, de la adrenalina y de todo lo que acababa de pasar, Airen lo entendió.

Si solo la necesitaban a ella, la respuesta era bastante simple: no tenía que huir, no tenía que esconderse, no tenía que esperar a que alguien le explicara qué significaba cargar con la deuda. Tenía que ir hacia ella, como había hecho desde el principio.