Las Manchas Invisibles: Ella te vio primero (Nahdir 1) El tercero
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El tercero

Corrieron cuatro manzanas sin parar, sin hablar y sin mirar atrás.

Kai la guiaba por calles que Airen no reconocía, girando sin dudar, encontrando salidas donde parecía que no las había. Se movía como alguien que ya había pensado antes en cómo escapar de allí.

Airen no preguntó nada. Se limitó a seguirlo.

Entraron en el metro por una estación que Airen no había visto nunca, bajaron hasta los andenes de dos líneas distintas y cambiaron una vez más. Kai no soltó su brazo hasta que el tren arrancó y el andén desapareció detrás de las puertas. Solo entonces la dejó ir.

Viajaron en silencio, de pie, agarrados a la barra, evitando mirarse.

El vagón iba medio lleno de gente con sus manchas encima, como siempre. Airen apenas les prestó atención. Tenía todavía en la cabeza el piso de Tomás, los pasos al otro lado de la puerta, la frase que él le había dicho antes de que salieran corriendo:

«No aguantarla, no sobrevivir a ella: quererla».

Fue en la tercera parada cuando lo notó. Al otro extremo del vagón, apoyado junto a la puerta con los brazos cruzados, había un hombre que no miraba el móvil ni la ventana ni a nadie alrededor. La miraba a ella.

No la miraba con curiosidad ni con la atención distraída de alguien aburrido en el metro. La observaba sin disimular en absoluto, y Airen reconoció esa forma de mirar enseguida, porque era la misma que ella usaba cuando seguía una mancha sin querer que la otra persona se diera cuenta.

Lo miró directamente. Él no apartó los ojos. No tenía mancha, ninguna.

Airen tocó el brazo de Kai sin girarse.

—Al fondo del vagón —dijo muy bajo.

Kai miró de reojo, apenas un segundo .

—No es de los que nos seguían.

—¿Cómo lo sabes?

—Los de transferencia no se quedan quietos así. Siempre están pendientes de las salidas, de quién se mueve, de cuánto espacio tienen. Él no.

Airen volvió a mirar al hombre.

—Solo me mira.

—Sí —dijo Kai—, y eso es precisamente lo que me preocupa.

El tren frenó en la siguiente estación. Las puertas se abrieron. Airen no se movió. El hombre tampoco. Las puertas volvieron a cerrarse.

Airen se apartó de la barra y empezó a caminar hacia el fondo del vagón.

—Airen —dijo Kai detrás de ella.

Ella no se detuvo.

El hombre era joven, quizá veintitantos, pero tenía una seriedad que lo hacía parecer mayor.

Era delgado, con el rostro tranquilo y unos ojos demasiado atentos para alguien que solo estaba viajando en metro.

No llamaba la atención por su aspecto, sino por la forma en que miraba: como si estuviera siguiendo algo que nadie más veía.

No parecía nervioso. Tampoco incómodo por haber sido descubierto, como si llevara rato esperando exactamente ese momento.

Airen se detuvo frente a él mientras el vagón seguía traqueteando .

—¿Quién eres?

El hombre no se sorprendió.

—Llevo tres semanas siguiendo la misma deuda que tú —dijo—, aunque no esperaba encontrarte en el piso de Tomás.

Kai llegó hasta ellos y lo miró en silencio.

—¿Cómo sabes ese nombre?

—Porque Tomás me buscó antes de buscaros a vosotros. —El hombre volvió la vista hacia Airen—. Quería asegurarse de que no era el único siguiéndola.

—¿Está bien? —preguntó Airen.

—Cuando salí de allí, sí. Después, no lo sé.

Bajaron en la siguiente estación los tres juntos, sin hablar demasiado. Encontraron un bar pequeño y ruidoso a dos manzanas, uno de esos sitios donde nadie presta atención a nadie. Se sentaron al fondo, en una mesa pegada a la pared.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Airen.

—Nico.

—¿Cuánto tiempo llevas viéndolas?

—Seis meses. Empecé a verlas y decidí no intervenir. Primero aprendí a mirar.

Kai lo observó con más atención y le preguntó:

—¿Cómo llegaste a Tomás?

—Siguiendo el rastro de la primera deuda. Deja señales si sabes cómo leerlas. Aprendí solo, y ese rastro me llevó hasta él .

—¿Y hasta mí? —preguntó Airen.

Nico giró el vaso entre las manos antes de responder.

—No. El rastro no llevaba hasta ti.

Airen frunció el ceño.

—Entonces, ¿por qué me seguías?

Nico levantó la vista.

—Porque tú eres el rastro.

Durante unos segundos ninguno habló. El bar seguía lleno de ruido a su alrededor. La cafetera soltaba vapor, alguien se reía en la barra y varios vasos chocaban al fondo. Todo continuaba igual, como si nada estuviera pasando en aquella mesa.

—Explícate —dijo Kai.

Nico dejó el vaso sobre la mesa.

—La primera deuda deja algo en cada portador, incluso después de moverse. En algunos apenas queda rastro, en otros, más. Pero en ti es distinto.

Airen notó que se le tensaban los dedos sobre la mesa.

—¿Distinto cómo?

—Desde que empecé a seguirla, siempre acababa encontrándote a ti, incluso antes de saber quién eras.

—¿Cuánto tiempo llevas siguiéndome? —preguntó Airen.

—Desde el metro, desde el primer día. El hombre del traje gris .

Airen se quedó quieta.

El hombre del traje gris. La primera mancha. El momento que siempre había pensado que era el inicio de todo.

—Entonces, estabas allí.

—En el andén de enfrente. Te vi bajar del metro y seguirlo, y también vi cómo la mancha desaparecía cuando lo tocaste.

Kai dejó de mirar a Nico y se fijó en Airen. Ella no necesitó girarse para saber qué estaba pensando. Era la misma pregunta que empezaba a hacerse ella también: cuánta gente llevaba observándola desde el principio.

—¿Y por qué no te acercaste antes? —preguntó Airen.

—Porque no sabía si eras parte del problema o la única persona capaz de solucionarlo. Ahora sí lo sé.

—¿Y qué ha cambiado? —preguntó Kai. Su voz sonó fría, pero no agresiva.

Nico apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—La mayoría de la gente huye de la primera deuda en cuanto entiende lo que es. Ella no, fue hacia ella desde el principio.

Había algo que seguía sin encajarle a Airen. No en Nico, en ella misma.

Tomás había dicho que tenía que querer cargarla, no aguantarla, quererla, y Airen llevaba toda la tarde dándole vueltas a esa frase, intentando entenderla como si fuera un problema que pudiera resolverse desde fuera.

Pero no era eso.

Querer la deuda no era una decisión que pudiera tomar en voz alta y ya está, era darse cuenta de algo que llevaba tiempo pasando: haberse bajado del metro detrás de un desconocido, entrar en la casa cuando podía haberse quedado fuera, acercarse a la oscuridad sin saber qué había dentro…

No tenía que decidirlo ahora. En el fondo, ya lo había hecho hacía tiempo.

—¿Puedes leer el rastro ahora mismo? —preguntó Airen—. ¿Saber dónde está la primera deuda?

Nico asintió despacio.

—Siempre puedo. —Se quedó callado un instante antes de añadir—. Está aquí. En este bar. Ahora mismo.

Airen no se sorprendió. No del todo. Tomás ya se lo había dicho, pero oírlo de Nico, verlo confirmado por alguien que podía seguir el rastro, hizo que aquello pareciera más real.

—Está en mí —dijo.

Nico asintió.

—Desde el día en que salvaste a aquel hombre.

Airen bajó la mirada un segundo. Recordó el coche invadiendo la acera, su mano cerrándose sobre la manga del hombre, la mancha desapareciendo. Y después, el vacío.

—Eso ya lo sé —dijo—. Tomás me lo contó.

—No todo —respondió Nico.

Airen levantó la vista.

—¿Qué falta?

—Que en ti no se comporta igual.

Kai se inclinó un poco hacia delante.

—¿Qué quieres decir?

Nico miró a Airen.

—Tomás la cargó. Otros la cargaron antes. En todos ellos la deuda empujaba, tiraba, buscaba salida. Quería moverse otra vez.

—¿Y en mí?

Nico tardó un momento en responder.

—En ti se queda.

Airen no dijo nada.

—La deuda autónoma de la casa abandonada no te la pasó —continuó Nico—. Te rozó porque te reconoció, porque ya llevabas la primera deuda dentro.

—Eso tampoco lo esperaban —dijo Kai en voz baja.

Nico negó despacio.

—No, creo que no.

Airen sintió que el ruido del bar se alejaba un poco. La gente seguía hablando alrededor, las tazas golpeaban los platos, la cafetera soltaba vapor. Todo seguía igual, pero ella ya no estaba en el mismo sitio.

—Entonces, todo estaba preparado —dijo.

—Sí —respondió Nico—, pero hay algo que no creo que esperaran.

Airen lo miró.

—¿Qué?

—Que en ti dejara de luchar.