La Casa
Noa les dio una dirección. Nada más, ninguna explicación, solo un papel doblado en cuatro que Airen abrió mientras Kai miraba hacia otro lado.
—No me gusta —dijo él cuando Noa ya se había ido.
—Ya lo sé.
—Y, aun así, vas a ir.
No era una pregunta.
Cogieron el metro. Luego un autobús. Después caminaron por una carretera perdida hasta que la ciudad quedó atrás y solo hubo campos, silencio y un cielo gris cargado de lluvia.
Airen apenas miraba el camino. No dejaba de pensar en el papel. La dirección estaba escrita con una letra pequeña que no reconocía. Debajo, con una tinta más oscura, había una frase añadida después:
«No entres antes de estar segura».
Airen dobló el papel y se lo guardó en el bolsillo. ¿Segura de qué? No tenía ni idea.
Vio la casa antes de que el GPS marcara la llegada. Kai redujo la velocidad y detuvo el coche a un lado del camino, junto a la verja.
Airen no esperó a que él dijera nada. Abrió la puerta y bajó despacio, con la mirada fija en la casa.
Estaba al final de un camino de tierra. Piedra clara manchada por la humedad. Una verja de hierro oxidado, entreabierta. Un jardín grande y descuidado, con la hierba alta y los árboles al fondo.
Airen se detuvo en seco. Ya había estado allí, no de verdad, pero había visto aquel sitio antes. La niña en los escalones, el jardín detrás de ella, los árboles, todo estaba igual que en las visiones de aquella noche.
Era esa casa.
—Airen —dijo Kai detrás de ella.
Pero Airen ya estaba empujando la verja .
Los escalones eran de piedra. Tres. El segundo tenía una grieta que lo cruzaba de lado a lado. Ahí había estado sentada la niña.
Airen se agachó y apoyó la mano sobre la piedra. Estaba fría, pero, al tocarla, sintió algo dentro que no supo explicar, una reacción pequeña, inmediata, como si su cuerpo hubiera reconocido el lugar antes que ella.
Kai no dijo nada. Tampoco se apartó de su lado.
La puerta estaba entornada; la madera, hinchada por la humedad; la pintura, levantada en algunas zonas. Todo encajaba demasiado bien con la visión del pasillo.
Airen no pensó mucho más y entró. El pasillo era estrecho y más largo de lo que parecía desde fuera.
Kai encendió la linterna sin decir nada. La luz recorrió las paredes: el papel desprendiéndose en tiras largas y amarillentas, un marco vacío, un gancho oxidado sin nada colgado.
Al fondo, una puerta cerrada.
Airen la reconoció enseguida: era la misma puerta que había visto en la visión, la que la niña miraba sin llegar a abrir.
—Airen —dijo Kai en voz baja.
—Lo sé.
Y abrió la puerta .
Era una habitación pequeña. Una ventana al fondo dejaba entrar una franja de luz gris sobre el suelo. En la pared de la derecha había marcas casi borradas, líneas irregulares hechas por una mano pequeña.
Airen se acercó despacio. La linterna de Kai iluminó la pared y entonces lo vio: entre las marcas infantiles había un símbolo.
Trazos oscuros, irregulares, hechos con una mano torpe pero insistente.
No parecía un dibujo cualquiera. Tenía la misma forma imposible de olvidar que el de la columna del metro.
Airen sacó el móvil y abrió la foto que había hecho antes de que desapareciera. Era el mismo símbolo, pero ese no lo había hecho un adulto. Lo había dibujado una niña en la pared de su habitación, años antes de que Airen lo encontrara en el metro.
Kai se acercó sin que ella dijera nada. Miró la foto del móvil y después la pared. Airen notó enseguida que algo no le gustaba.
—Esto lleva aquí muchísimo tiempo —dijo él.
—Sí.
Airen no apartaba la vista del símbolo.
—Lo que significa que quien puso el símbolo en el metro ya conocía esta casa —dijo Kai—, y esperaba que alguien lo reconociera.
Airen tragó saliva.
—Esperaba que lo reconociera yo .
Salió de la habitación. Recorrió el pasillo en silencio, cruzó la entrada y bajó los tres escalones de piedra. Se quedó quieta en el jardín, rodeada por la hierba alta y los árboles del fondo.
La niña había estado allí. Había dibujado aquel símbolo en la pared de su habitación y, años después, alguien lo había dejado en el metro para que Airen lo encontrara. Para que llegara hasta esa casa.
Airen miró otra vez los escalones. Seguía sin entender por qué todo aquello le resultaba tan familiar.
La casa.
El símbolo.
La niña.
El móvil vibró en su mano. Era un mensaje del mismo número desconocido. Tres palabras:
«Ya lo sabes».
Airen volvió a mirar la casa. Después, los escalones de piedra.