Las Manchas Invisibles: Ella te vio primero (Nahdir 1) Los que permanecen
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Los que permanecen

Airen había salido de la biblioteca poco después de recibir el mensaje, pero no recordaba bien el camino de vuelta. Había caminado con el móvil en la mano, mirando la pantalla cada pocos pasos, esperando que el número desconocido volviera a escribir.

No lo hizo.

Al llegar a casa, dejó las llaves sobre la mesa y se sentó sin quitarse la chaqueta. El papel de notas seguía doblado en el bolso. Lo sacó, lo extendió delante de ella y volvió a mirar la pregunta que había escrito en la biblioteca.

«¿Qué pasó antes de que empezara a ver?».

El mensaje seguía en la pantalla del móvil:

«Alguien que conocía a la niña».

Volvían una y otra vez: los escalones de piedra, el jardín, el pasillo con el papel floral en las paredes, y esa sensación incómoda de que todo aquello le resultaba demasiado familiar.

El timbre sonó. Airen parpadeó, como si acabaran de sacarla de algún sitio muy lejano, y se levantó para abrir.

Era Kai. Llevaba la misma chaqueta de siempre y tenía esa cara de cuando venía pensando demasiado en algo. La miró un segundo antes de entrar en el piso sin esperar invitación.

—He recibido un mensaje —dijo Airen.

Kai se detuvo en medio del salón.

—¿Qué tipo de mensaje?

—Número desconocido. Cuatro palabras: «Sé lo que viste».

Algo cambió en su expresión.

—No habrás contestado.

—Sí, lo hice.

Hubo un silencio corto. Kai se pasó una mano por el pelo y se sentó frente a la mesa. Miró el papel lleno de nombres, símbolos y preguntas.

—¿Qué respondieron ?

—«Alguien que conocía a la niña».

Kai soltó una maldición en voz baja.

—¿Le has vuelto a escribir?

—No. Esperé a ver si mandaba algo más.

—¿Y?

—Nada. Desde entonces, silencio.

Kai miró el móvil, todavía sobre la mesa.

—Los que permanecen no suelen insistir al principio —dijo al final—. Si es lo que creo, te están observando. Quieren ver cómo reaccionas, cuánto tardas en volver a buscar respuestas.

Airen frunció el ceño.

—¿Los que permanecen?

Kai apoyó los codos sobre la mesa y se quedó un momento callado. No parecía fácil de explicar.

—Ahí me quedo sin respuestas —dijo—. He oído hablar de ellos, sé que existen, pero esto se me escapa, Airen.

Airen lo miró un momento y le dijo:

—Necesitamos a Noa.

—No es fácil dar con ella si no quiere que la encuentren.

—La otra vez apareció sola, ahora nos toca buscarla a nosotros.

Salieron a la calle. Recorrieron durante bastante rato los mismos andenes, las mismas esquinas y los mismos túneles donde todo había empezado.

Esta vez Airen no miraba las manchas, miraba los sitios, las columnas, las paredes, las salidas, cualquier punto donde sintiera que algo no terminaba de encajar.

Fue Kai quien la vio primero. Le hizo a Airen un gesto leve con la cabeza.

Al fondo de un andén casi vacío, apoyada contra la pared y con los brazos cruzados, estaba Noa. No parecía sorprendida de verlos.

Se acercaron despacio. Noa miró primero a Kai y después a Airen.

—Tocaste algo que no debías —dijo.

—Lo sé —respondió Airen—, y después recibí un mensaje. Alguien dice que conocía a la niña que vi.

Noa no cambió de expresión.

—Necesito que me expliques qué son los Nahdir de verdad —dijo Airen—. Y los que permanecen. Todo.

Noa apartó la vista un momento y empezó a caminar despacio por el andén.

—Nadie nace Nahdir —dijo—, se llega a eso.

—Miró un instante las vías antes de seguir—.

Cualquiera que empieza a ver las manchas podría acabar convirtiéndose en uno, pero la mayoría no llega tan lejos.

Intervienen demasiado pronto, acumulan deuda y terminan consumiéndose.

Otros aprenden a observar y se quedan ahí, sin cruzar nunca del todo.

—¿Y los que sí cruzan? —preguntó Airen .

—Entonces, se separan. —Noa hizo una pausa breve—. Existen Nahdir de contención. Buscan deudas autónomas, como la que visteis anoche, antes de que se extiendan. Las rastrean, las aíslan, las neutralizan si pueden, y casi nunca dejan que nadie los vea.

—¿Y los otros?

Noa miró a Airen.

—Los Nahdir de transferencia. Ese nombre se lo pusieron ellos mismos.

—¿Qué hacen?

—Mueven la deuda a propósito. Se la quitan a unos y deciden quién carga con ella después.

Airen notó cómo Kai se tensaba a su lado.

—¿Y pueden hacer eso?

—Si conocen las reglas, sí —dijo Noa—. Ese es el problema: no rompen el sistema, lo usan.

—Eso no los hace menos peligrosos.

—No. Los hace más.

Airen guardó silencio un momento.

—¿Y los que permanecen?

Noa se detuvo. Esta vez la miró de otra manera.

—Los que permanecen son distintos. Han cargado con tanta deuda durante tanto tiempo que algo cambia en ellos.

—¿Cambia cómo ?

—No envejecen igual, no olvidan, y pueden seguir el rastro de una deuda mucho más lejos que cualquiera de nosotros.

Airen pensó en el mensaje del móvil.

—¿Cuántos hay?

—Muy pocos, y casi ninguno quiere que lo encuentren.

—¿Y si uno de ellos me escribió?

Noa sostuvo su mirada unos segundos.

—Entonces, quizá no fue casualidad que empezaras a ver.

Airen sintió cómo se le tensaba el cuerpo.

—¿Qué significa eso?

—Que la pregunta no es qué quieren de ti.

—¿Cuál es?

—Cuánto tiempo llevan esperando a que empieces a ver.

El tren pasó por el andén con un ruido sordo y una ráfaga de aire caliente.

Airen se quedó quieta y la imagen de la niña volvió otra vez a su cabeza. Sentada en aquellos escalones de piedra. Esperando.