El contacto
—Airen, sal de ahí —dijo Kai.
Pero Airen no se movió. No podía.
Los ojos grises seguían fijos en ella, sin parpadear, sin desviarse. La silueta no corría ni parecía tener prisa. Se acercaba despacio, flotando con aquel movimiento irregular, y, a medida que avanzaba, el aire de la habitación iba cambiando. Cada vez hacía más frío.
Airen vio el vaho salir de su boca con cada respiración. No era el frío de la calle ni el de una casa abandonada en mitad de la noche. Era más profundo. Se le metía bajo la piel, como si el cuerpo reconociera algo antes que ella.
Intentó moverse, pero no pudo.
Primero quiso apartar un pie; después, girar la cabeza; luego, levantar la mano. Nada respondió. Seguía de pie, respirando demasiado rápido, mirando cómo aquella cosa se acercaba sin poder hacer nada para evitarlo.
—Airen. —La voz de Kai sonaba lejos, aunque estaba a pocos pasos—. Muévete.
No podía. Y entonces llegaron las imágenes. No eran recuerdos suyos, lo supo enseguida.
Una niña pequeña, de unos cinco o seis años, sentada en unos escalones de piedra. Lloraba en silencio, con las manos sobre las rodillas y la cabeza baja. Detrás de ella había una puerta cerrada. Alrededor, un jardín grande y descuidado, con la hierba alta y varios árboles moviéndose con el viento.
La imagen desapareció antes de que Airen pudiera entenderla. Y llegó otra.
La misma niña, algo mayor, quizá con diez años, estaba de pie en un pasillo largo.
Las paredes estaban cubiertas por un papel floral antiguo, amarillento en algunas zonas por la humedad.
Al fondo había una puerta. La niña la miraba sin moverse, como si supiera que detrás había algo que no quería ver .
Airen intentó apartar las imágenes, pero no pudo.
La silueta ya estaba casi encima. La oscuridad que la formaba se movía a tirones, deshaciéndose y volviendo a juntarse, como si le costara mantenerse entera. No tenía cuerpo, pero sí intención. Eso era lo peor: no parecía perdida, parecía saber exactamente hacia dónde iba.
Hacia ella.
—¡Airen, no la dejes tocarte!
El grito de Kai le llegó distorsionado, como si viniera desde otra habitación.
Airen quiso retroceder. Demasiado tarde.
La silueta la rozó, apenas un segundo, y todo se disparó.
La niña en los escalones. El jardín. El pasillo.
Una mano pequeña tocando la grieta. Una voz que decía algo que Airen no llegaba a entender.
Un golpe seco. La sensación de estar escondida en algún sitio demasiado estrecho.
Una puerta cerrándose. Tierra húmeda bajo los zapatos.
El mismo símbolo, o algo parecido, marcado en una pared que no reconocía.
Fragmentos. Demasiados.
No venían ordenados. No pertenecían a una sola escena. Eran trozos de una vida que no era la suya, mezclados con emociones tan fuertes que por un momento le costó recordar dónde estaba. Miedo, soledad, una culpa que no entendía, pero que le dejó el pecho apretado.
Kai gritó su nombre.
Airen cayó. El suelo la golpeó antes de que pudiera reaccionar. Después, durante un instante, todo desapareció.
Cuando volvió el aire, lo hizo de golpe, frío, real, con olor a piedra mojada y humedad llenándole los pulmones.
Airen abrió los ojos. Estaba fuera.
La fachada de la casa quedaba a unos metros, medio cubierta por la neblina. Kai estaba arrodillado a su lado, con las manos sujetándole los hombros y la cara más tensa de lo que ella le había visto hasta entonces.
—¿Qué ha pasado? —consiguió decir.
—Luego te cuento.
La ayudó a ponerse en pie. Airen intentó caminar, pero las piernas todavía no le respondían bien y tuvo que apoyarse en él durante unos pasos.
—Tenemos que alejarnos de aquí —dijo Kai.
Esta vez no discutió.
Caminaron hasta salir del callejón. La vibración ya no se oía, pero Airen seguía notándola en el cuerpo, como un eco bajo la piel. Cuando por fin llegaron a una calle más abierta, Kai la dejó apoyarse contra una pared y se colocó delante de ella, mirando primero hacia el callejón y después a Airen.
—Eso ya no es una deuda normal —dijo.
Airen tragó saliva. Todavía tenía la respiración agitada.
—Entonces, ¿qué es?
Kai tardó en responder, como si no quisiera decirlo demasiado rápido.
—Lo que queda cuando una deuda se mueve demasiadas veces, cuando pasa de una persona a otra, una y otra vez, hasta que deja de pertenecerle a alguien.
Airen miró hacia el callejón.
—Pero estaba viva.
—No exactamente.
—Tenía ojos, Kai.
Él no respondió enseguida.
—Lo sé.
Airen se pasó una mano por la cara. Le temblaban los dedos.
—¿Qué quería de mí?
Kai apartó la vista un momento.
—Un portador nuevo.
La frase se quedó entre los dos.
—¿Un portador?
—Alguien que ya tiene una deuda dentro. Alguien abierto. Alguien que puede cargar con otra.
Airen sintió que se le cerraba el pecho .
—Yo.
Kai no lo negó.
—Por eso te ha llamado. Por eso no podías alejarte.
Airen apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos un segundo. Las imágenes seguían ahí. La niña en los escalones. El jardín. El pasillo. La puerta. No estaban tan vivas como antes, pero tampoco se habían ido, como si alguien las hubiera dejado dentro de ella.
—Las visiones —dijo—. Cuando me rozó vi cosas.
Kai la miró al instante.
—¿Qué cosas?
—Una niña, una casa de campo, un jardín, un pasillo largo…, cosas que no son mías.
Kai frunció el ceño.
—Los recuerdos viajan con la deuda.
Airen lo miró.
—¿Qué?
—Cuando una deuda pasa de una persona a otra, no se mueve limpia, se lleva cosas: restos, recuerdos, sensaciones… A veces solo son fragmentos; a veces son más. Si esa cosa lleva demasiado tiempo moviéndose entre personas, puede cargar con partes de todos los que la han llevado.
Airen volvió a mirar hacia el callejón.
—¿Y esos recuerdos de quién son ?
Kai no respondió.
Pero no era de quién eran aquellas imágenes lo que más inquietaba a Airen. La niña en los escalones, el jardín, el pasillo, todo aquello debería resultarle ajeno y, sin embargo, algo en ella había reaccionado como si reconociera aquel lugar, como si no lo estuviera viendo por primera vez.
Kai empezó a caminar, pero Airen tardó un segundo en seguirlo.
Miró hacia el callejón. Desde fuera ya no se oía nada. La casa volvía a parecer solo una casa abandonada, una fachada vieja más en una calle que nadie miraba demasiado. Pero ella sabía lo que había visto y, sobre todo, sabía lo que había sentido.
La niña, el jardín, el pasillo… No eran suyos, no podían serlo, pero tampoco los sentía del todo ajenos.