Las Manchas Invisibles: Ella te vio primero (Nahdir 1) Lo que no debería existir
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Lo que no debería existir

—Tenemos que movernos —repitió Kai.

Pero Airen no reaccionó enseguida.

El sonido seguía ahí, más cerca ahora. No era solo un chillido, había algo debajo, una vibración baja, casi enterrada, que no venía de la calle sino de algún lugar mucho más profundo.

Kai la agarró del brazo y la obligó a mirarlo.

—Airen, tenemos que irnos. Rápido. Eso no tendría que estar aquí.

Empezaron a caminar en dirección contraria, alejándose del lugar de donde había salido el sonido. La neblina se había vuelto más espesa y se pegaba al suelo, borrando los bordes de la calle.

Avanzaron varios minutos sin hablar. Kai caminaba deprisa, con la mandíbula tensa y la libreta todavía bajo el brazo. Airen iba detrás, pero cada paso le costaba más que el anterior, y no porque estuviera cansada. Era como si algo tirara de ella en sentido contrario.

Volvió a oírlo, más bajo esta vez, casi un lamento.

Airen se detuvo. Kai tardó un segundo en darse cuenta y se giró hacia ella.

—No —dijo él.

Pero Airen ya estaba mirando hacia atrás.

—Está allí.

—Precisamente por eso tenemos que alejarnos.

—No puedo.

Kai la miró, serio.

—Sí puedes.

Airen negó despacio.

No sabía explicar lo que sentía, pero tampoco podía ignorarlo. No era curiosidad, ni siquiera era solo miedo. Era la sensación de que aquello, fuera lo que fuera, estaba esperando a que alguien lo encontrara. Y, por algún motivo, ese alguien era ella.

Se dio la vuelta y empezó a volver sobre sus pasos. Al principio caminó despacio, luego, con más decisión. Kai soltó un gesto de frustración, pero la siguió.

Regresaron al mismo punto. La calle seguía vacía. La neblina se movía a ras del suelo y las farolas apenas conseguían atravesarla. Al fondo, casi escondida entre la oscuridad, había una boca de callejón que Airen habría jurado que antes no estaba allí.

Kai se detuvo a su lado.

—Ese callejón no estaba.

Airen lo miró.

—Lo sé.

Entraron despacio. Era estrecho, con fachadas de piedra vieja a ambos lados y puertas cerradas desde hacía años. No había ventanas iluminadas, no había voces, solo el sonido de sus pasos y aquella vibración baja, cada vez más clara.

Al fondo había una puerta entreabierta.

La fachada estaba deteriorada, con la pintura cayéndose a trozos y la piedra ennegrecida por la humedad.

Las ventanas del piso de arriba no tenían cristales, solo marcos vacíos.

El edificio llevaba mucho tiempo abandonado, pero la puerta se movía apenas con el aire, como si alguien acabara de pasar.

Airen se giró hacia Kai.

—Voy a entrar.

—No es buena idea.

—Ya .

—Airen, hablo en serio.

Ella no respondió y empujó la puerta. La madera chirrió al abrirse. Airen sacó el móvil, encendió la linterna y entró. Kai fue detrás.

El interior olía a humedad, a madera podrida y a polvo antiguo.

Aquello había sido un salón enorme hacía años.

Tenía cuadros descolgados apoyados contra las paredes, algunos con los marcos rotos y los lienzos cuarteados.

Una mesa larga seguía en el centro, cubierta de polvo, con cuatro sillas alrededor, como si alguien las hubiera dejado allí después de una conversación interrumpida.

Airen avanzó con cuidado. La luz del móvil recorrió el suelo, los cristales rotos, las paredes manchadas de humedad. Cada vez que movía la linterna, las sombras parecían recolocarse detrás de la luz.

Entonces se detuvo. Al fondo del salón, donde la claridad apenas llegaba, había algo: una silueta.

Kai también la vio, porque dejó de moverse a su lado.

—No te acerques —dijo en voz baja.

Airen no le hizo caso. Dio un paso. Luego otro. La luz del móvil rozó la figura.

Se parecía a una mancha, pero no estaba pegada a nadie. No había cuerpo debajo, no había persona, era solo oscuridad, espesa y mal formada, flotando unos centímetros por encima del suelo. Se movía a tirones lentos, como si intentara mantenerse unida y no lo consiguiera del todo.

Airen se quedó inmóvil y entonces la silueta levantó la cabeza. Tenía unos ojos grises, casi sin color, que la miraban directamente. No había rabia en ellos, tampoco amenaza. Eso fue lo que más la inquietó. Eran cansados, vacíos, como si llevaran demasiado tiempo esperando en aquella habitación.

La vibración volvió a salir de ella, más baja que el chillido de antes, más constante.

Airen sintió que se le metía bajo la piel. Kai retrocedió un paso.

—Esto pasa cuando una deuda se mueve demasiadas veces —dijo—, cuando deja de pertenecerle a alguien.

Airen no apartó la vista de la silueta.

—¿Qué es?

Kai tardó un segundo en responder.

—Lo que queda cuando ya nadie quiere cargar con ella.

La silueta empezó a moverse. No caminaba, sino que flotaba lenta e irregular mientras se acercaba a ella sin tocar el suelo. Su forma cambiaba a cada segundo, como si por dentro hubiera algo intentando salir y algo más intentando mantenerlo dentro .

Airen no retrocedió. Tenía miedo, claro que lo tenía, pero había algo en aquellos ojos que le impedía moverse.

—Airen —dijo Kai, y esta vez sonó realmente nervioso—. Tenemos que salir.

Pero la silueta seguía acercándose, sus ojos grises no se apartaban de ella.

Y entonces Airen entendió por qué no había podido alejarse: no la estaba atacando, la estaba reconociendo.