Las Manchas Invisibles: Ella te vio primero (Nahdir 1) Los Nahdir
26%

Los Nahdir

Airen lo siguió sin decir nada. No sabía si podía confiar en él, pero tampoco tenía a nadie más, y, en ese momento, seguirlo no parecía peor idea que volver a casa y fingir que podía entenderlo todo sola.

Caminaron varios minutos en silencio. Se alejaron del centro y entraron en la parte vieja de la ciudad, donde las calles eran más estrechas y las farolas empezaban a escasear. Una neblina baja se pegaba al suelo. Las sombras parecían más oscuras allí .

Kai se detuvo en una esquina, delante de una fachada de piedra vieja. Podía haber sido un convento, un banco o cualquier otro edificio abandonado hacía años.

—Hay distintos tipos —dijo, sin mirarla.

Airen se quedó a su lado.

—¿Distintos tipos de qué?

—De personas que ven las deudas.

—¿Como nosotros?

Kai asintió.

—Algunos solo observan. Anotan las manchas, buscan patrones, aprenden a intuir lo que va a pasar, pero no intervienen.

—¿Y los demás?

—Los demás sí intervienen, pero no como tú. No por impulso. Eligen el momento, calculan las consecuencias y cargan con mucho menos.

Airen lo miró.

—¿Eso se puede hacer, reducir lo que cargas?

—Si sabes cómo, sí.

—Claro, y nadie me lo ha explicado.

Kai la miró de reojo.

—Por eso estamos hablando.

Airen no respondió.

—Luego están los que aprendieron a moverlas —continuó él, bajando un poco la voz—, a pasar una deuda de una persona a otra.

—¿A quién ?

—A quien tengan cerca. A alguien que no sepa defenderse. A alguien que acaba de empezar y todavía no conoce las reglas.

Airen sintió un frío incómodo.

—¿Me estás diciendo que alguien podría pasarme su deuda?

—Te estoy diciendo que quizá ya lo han intentado.

Kai apoyó la espalda en la pared y miró la calle vacía antes de seguir.

—Y por encima de todos están los Nahdir.

—Noa es uno de ellos —dijo Airen.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué me dijiste que no sabía si estaba de mi lado?

—Porque una cosa no tiene que ver con la otra. Ser Nahdir no significa que sea buena ni mala, significa que lleva más tiempo que tú dentro de esto.

Airen intentó ordenar todo lo que le estaba contando: las manchas como deudas, los que observaban, los que intervenían, los que aprendían a pasarlas a otros y, por encima de todos, los Nahdir.

—¿Quiénes son exactamente?

Kai tardó un poco en contestar.

—Los que llevan más tiempo. Nadie sabe cuánto. Décadas, seguro. Algunos hablan de más, pero ahí ya no sé qué es verdad y qué es historia repetida demasiadas veces. Conocen las reglas mejor que nadie. Hay quien dice que todo empezó con ellos.

—¿Los has visto?

—Una vez. De lejos.

—¿Y?

Kai hizo una pausa.

—No tenían manchas. Ninguna. Como si hubieran aprendido a vivir al margen de todo esto.

Airen pensó en Noa, en su calma, en la forma en que la había mirado desde el principio, como si ya supiera demasiado.

—Noa tampoco tenía ninguna.

—No.

—¿Y eso qué significa?

—Que debes tener cuidado con ella.

—Pero tú tampoco tienes mancha.

Kai la miró.

—No todas se ven igual.

Esa respuesta no le gustó.

—¿Por qué me cuentas esto? Si ni siquiera me conoces.

Kai bajó la mirada un momento.

—Porque, cuando yo empecé, nadie me explicó nada y tomé decisiones que no debería haber tomado .

Se quedaron callados en aquella esquina vacía, con la neblina moviéndose despacio entre sus pies.

Entonces un chillido rompió el silencio. No era un sonido normal, era agudo, breve y tenía algo extraño que hizo que a Airen se le erizara la piel al instante.

No fue solo el ruido, fue lo que trajo consigo, algo que la revolvió antes de que pudiera entenderlo.

Airen se quedó quieta. Kai también, pero en él hubo algo distinto: la mandíbula se le tensó de golpe, como si reconociera ese sonido.

—¿Qué ha sido eso? —susurró Airen.

Kai no respondió enseguida. Miró hacia el fondo de la calle y se apartó de la pared.

—Tenemos que movernos.

—¿A dónde?

—Lejos de aquí. Ya.

Empezó a caminar deprisa y Airen lo siguió sin preguntar.

Aún tenía aquel chillido metido en la cabeza. No se parecía a nada de lo anterior, no era como las manchas ni como el vacío que había sentido al salvar al hombre. Era peor, porque no sonaba a una advertencia.

Parecía una llamada.