Las Manchas Invisibles: Ella te vio primero (Nahdir 1) Los que ven
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Los que ven

Noa no le había dado ninguna forma de encontrarla. Ningún número, ninguna dirección, ningún apellido, solo un nombre y un símbolo en una columna que, al día siguiente, ya no estaba.

Airen pasó los dedos por la superficie lisa y fría. La marca había desaparecido por completo. No quedaba pintura, ni arañazo, ni la sombra de haber estado allí. Si no tuviera la foto en el móvil, habría empezado a dudar de haberla visto.

La abrió para comprobarlo. El símbolo seguía en la pantalla, oscuro, irregular, exactamente igual que la noche anterior, pero en la columna no había nada.

Volvió a casa y se sentó frente al ordenador.

Buscó primero el nombre de Noa, aunque sabía que era absurdo.

Miles de resultados inútiles. Después probó con «manchas», «deudas», «visiones», «símbolos», «metro», «gente que ve sombras», «marcas en la piel».

Cambió palabras, mezcló términos, abrió páginas que no llevaban a ninguna parte y foros donde la mitad de los mensajes parecían escritos por gente que solo quería asustar a desconocidos.

Nada. O casi nada.

Estaba a punto de cerrar el navegador cuando encontró un foro antiguo, casi abandonado, con entradas de hacía más de diez años.

La página tardó en cargar. Tenía un diseño viejo, enlaces rotos y categorías que nadie parecía haber tocado en años.

La mayoría de los hilos eran spam o conversaciones sin respuesta.

Pero uno de ellos se titulaba «Los que ven». Tenía más de cien respuestas y había sido bloqueado por el administrador sin explicación.

Airen se quedó mirando el título unos segundos antes de entrar.

Pasó horas leyendo. Al principio pensó que no encontraría nada. Había mensajes confusos, gente hablando de sueños, de malas energías, de señales que no llevaban a ningún sitio .

Sin embargo, entre todo aquello empezaron a aparecer frases que le helaron la sangre. Personas que describían manchas sobre los cuerpos. Sombras que se pegaban a la espalda, al pecho, al cuello. La sensación de saber cosas imposibles sobre desconocidos. El vacío que quedaba después de intervenir.

Un usuario escribió que, después de salvar a alguien, había sentido como si le hubieran cambiado algo por dentro. Otro decía que las manchas no desaparecían, solo se movían.

Airen dejó de respirar durante un segundo y luego siguió leyendo.

Había mensajes borrados, respuestas incompletas, usuarios que desaparecían de una conversación justo cuando parecía que iban a explicar algo importante.

Y luego estaban las menciones a los Nahdir.

No daban demasiados detalles. Nadie explicaba quiénes eran de verdad.

Había frases cortadas, advertencias vagas y respuestas eliminadas por el administrador, pero algo se repetía en muchos mensajes: los Nahdir llevaban mucho tiempo en aquello.

Conocían las reglas. Y no todos parecían estar del mismo lado.

Airen cerró el portátil despacio.

Noa sabía demasiado, eso ya lo tenía claro, pero ahora la pregunta era otra: ¿la había buscado para ayudarla o para comprobar si era un problema?

Se levantó de la silla y fue hasta la ventana. Gente caminando, coches pasando, luces encendidas en los pisos de enfrente. Todo seguía funcionando como si el mundo no acabara de abrirse un poco más bajo sus pies.

No saber empezaba a agotarla.

Salió a la calle. Caminó sin rumbo, esperando que moverse le aclarara un poco la cabeza, pero, cuanto más andaba, más vueltas le daba todo. Noa. Las deudas. El foro. Los Nahdir. El hombre al que había salvado. Clara borrada de sus fotos.

Fue entonces cuando lo vio: un chico sentado en los escalones de una iglesia cerrada, con una libreta apoyada sobre las rodillas.

Tendría unos veinticinco años, alto, hombros anchos, el pelo oscuro y algo revuelto.

Llevaba una chaqueta demasiado grande para él y dibujaba sin levantar apenas la cabeza.

Airen habría pasado de largo si no hubiera sido por una cosa: no tenía mancha. Ni una sombra, ni un rastro.

Sin embargo, tampoco era alguien normal.

No por algo concreto, era la manera en que estaba sentado, como si no esperara a nadie y, al mismo tiempo, estuviera pendiente de todo.

Levantaba la vista de vez en cuando, observaba a la gente que pasaba y volvía a la libreta como si estuviera comparando algo.

Airen se detuvo. Él levantó la cabeza justo entonces y las miradas se cruzaron.

El chico no sonrió. Tampoco pareció sorprendido. La observó durante un segundo, quizá dos, y después bajó otra vez la vista a la libreta.

Eso fue lo que terminó de inquietarla. No la había mirado como a una desconocida, la había mirado como si llevara tiempo esperando ese momento.

Airen dudó. Todo dentro de ella le decía que siguiera caminando, que no se acercara a otro desconocido que sabía más que ella, pero también estaba cansada de huir de las pocas personas que podían darle respuestas.

Se acercó despacio.

—¿Las ves tú también?

El chico levantó la vista. No necesitó preguntar a qué se refería.

—¿Las manchas?

Airen sintió que algo se le cerraba en el pecho.

—Sí.

Él cerró la libreta despacio, como si no tuviera ninguna prisa, y se levantó. Era más alto de lo que parecía sentado. Se sacudió los vaqueros y le tendió la mano con una naturalidad que la descolocó un poco .

—Kai.

Airen miró su mano antes de estrechársela.

—Airen.

Kai asintió despacio, como si el nombre le dijera más de lo que quería admitir.

—Llevas poco tiempo —dijo.

—¿Eso también se ve?

—Se nota.

—¿Por qué?

Kai la miró un momento.

—Porque todavía miras como si esperaras que alguien te demostrara que no estás loca. —Airen no supo qué responder. Kai recogió la libreta del escalón y se la colocó bajo el brazo—. Yo también miraba así al principio.

—¿Cuánto llevas viéndolas?

—Tres años, aunque los primeros meses no sabía qué estaba viendo. Pensaba que me estaba volviendo loco, o que iba a empezar a ver cosas peores.

—Hizo una pausa breve—. Luego entendí que ya las estaba viendo.

Airen tragó saliva.

—¿Conoces a una mujer que se llama Noa?

Algo cambió en la expresión de Kai. Muy poco, pero suficiente para que Airen lo notara.

—¿Ya te ha encontrado?

—Sí. Anoche .

Kai miró alrededor, no de forma exagerada, pero sí lo bastante como para comprobar que nadie estuviera demasiado cerca.

—Entonces, hay cosas que tienes que saber. Cosas que Noa no te va a contar.

Airen sintió que la rabia volvía.

—Todo el mundo parece saber lo que no me van a contar los demás.

Kai soltó una pequeña sonrisa, pero duró poco.

—Ya. Es una de las partes más insoportables.

—¿Y tú sí me lo vas a contar?

—Te contaré lo que sé.

—¿Y qué sabes?

Kai bajó un escalón, quedando un poco más cerca de ella.

—Que los Nahdir no son lo que parecen.

Airen se tensó.

—¿Noa es una Nahdir?

—Sí.

La respuesta fue tan directa que la dejó sin réplica durante un segundo.

—¿Y eso qué significa?

—Depende de a quién le preguntes.

—Te estoy preguntando a ti.

Kai sostuvo su mirada.

—Significa que lleva años metida en esto, que conoce reglas que tú ni siquiera sabes que existen y que si ha venido a buscarte no ha sido por casualidad.

Airen pensó en Noa en el andén, en su calma, en la manera en que la había observado desde el principio.

—Dijo que quería evitar que me rompiera antes de aprender.

—Puede que sea verdad.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

—Que los Nahdir no son todos iguales. Algunos contienen las deudas. Otros las estudian. Otros las mueven. Y algunos las coleccionan.

Airen frunció el ceño.

—¿Coleccionan qué?

—Deudas —dijo Kai—. Las tuyas. Las mías. Las de cualquiera que intervenga sin saber lo que está haciendo.

Airen sintió el recuerdo del vacío en el pecho, el del día del coche.

—¿Para qué querría alguien hacer eso?

—Porque una deuda no es solo una mancha: es información, es peso, es algo que puede usarse si sabes cómo moverlo.

—Noa me dijo que no interviniera.

—Eso no significa que esté de tu lado.

—Tampoco significa que no lo esté.

Kai la miró con más atención.

—No .

Esa respuesta la descolocó más que una advertencia.

—Entonces, ¿cómo sé en qué lado está?

Kai miró la calle antes de responder.

—Ahí es donde empieza el problema.

Empezó a caminar despacio, sin alejarse del todo.

Airen se quedó quieta. Podía irse. Podía volver a casa.

Podía intentar seguir sola, aunque ya sabía que eso no estaba funcionando, pero la gente seguía pasando por la calle, ajena a todo, cargando con manchas que no podía ver, y ahora Airen sabía que había personas que sí las veían, personas que las tocaban, personas que las usaban.

Kai se detuvo unos pasos más allá y miró por encima del hombro.

—No tienes que venir si no quieres.

Airen soltó una respiración breve, casi una risa.

—¿Alguna vez alguien elige no venir?

Kai la observó un segundo.

—Más veces de las que crees.

Airen miró la calle a un lado y a otro. Después lo siguió.