Las Manchas Invisibles: Ella te vio primero (Nahdir 1) El andén
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El andén

La casa ya no le daba tranquilidad. No después de lo ocurrido con Clara. No después de ver las fotos, una por una, y comprobar que ella ya no estaba en ninguna.

Airen llevaba rato dando vueltas por el salón sin saber qué hacer. Intentaba pensar con claridad, ordenar todo lo que había pasado desde aquella primera mancha en el metro, pero cada vez que llegaba a Clara sentía el mismo vacío en el estómago .

Volvió a mirar el móvil. La conversación seguía ahí, pero incompleta. Había mensajes suyos que parecían no responder a nada, espacios donde deberían estar las bromas, las notas de voz, los planes que habían hecho mil veces sin llegar a cumplir. Todo parecía normal si no sabías qué buscar.

Pero Airen sí lo sabía. O empezaba a saberlo.

Varias veces quiso llamar a alguien: a Marcos, a Clara otra vez, a cualquiera que pudiera decirle que aquello tenía una explicación, aunque fuera una mala.

Pero ¿qué iba a decir? ¿Que una amiga había desaparecido de sus fotos?

¿Que la gente llevaba sombras pegadas al cuerpo?

¿Que había salvado a un hombre de morir y, al hacerlo, algo se le había roto por dentro?

Dejó el móvil sobre la mesa. La casa estaba en silencio. Antes, ese silencio la calmaba, ahora solo hacía que todo fuera más raro.

Cuando se hizo de noche, no pudo aguantar más. Cogió las llaves y salió antes de pensarlo demasiado. Necesitaba alejarse de aquellas paredes, necesitaba moverse, aunque no supiera hacia dónde.

El aire frío le golpeó la cara al salir del portal.

Caminó sin rumbo durante un rato. Cruzó calles conocidas, pasó junto a tiendas cerradas, esperó en semáforos sin mirar el color y siguió andando cuando la gente de alrededor empezaba a moverse. Todo parecía normal, demasiado normal para lo que ella llevaba dentro.

Entonces se dio cuenta de hacia dónde iba: el metro.

Se detuvo frente a la entrada. Durante unos segundos pensó en darse la vuelta. No quería bajar, no quería volver al lugar donde todo había empezado, donde había visto aquella primera mancha latiendo sobre un desconocido, pero sus pies ya estaban en el primer escalón.

Bajó despacio, con una sensación extraña en el cuerpo, como si estuviera regresando al principio de algo que todavía no entendía.

El vestíbulo estaba casi vacío. Una mujer compraba un billete en la máquina. Un chico esperaba apoyado en la pared con los auriculares puestos. El sonido de los trenes llegaba desde abajo, sordo y metálico.

Y las manchas seguían allí. Ahora las veía mejor, o quizá era que ya no podía fingir que no estaban: una sombra ligera sobre un hombre mayor que caminaba con una bolsa de farmacia; otra más oscura en una chica que bajaba mirando el móvil; una mancha pequeña, casi transparente, pegada al cuello de un niño que iba de la mano de su madre.

Airen se quedó quieta. No todas eran iguales. Algunas parecían dormidas. Otras se movían despacio, como si respiraran. Las había claras, apenas visibles, y otras tan densas que daban la sensación de pesar sobre quien las llevaba.

Nadie más las veía. Eso era lo peor.

La gente seguía andando, hablando, empujando puertas, bajando escaleras mecánicas, sin saber que llevaba algo encima.

Airen se fijó en un hombre alto, de unos cuarenta años. La sombra le cubría parte de la espalda, oscura, pegada a la chaqueta. No latía como la del hombre al que había seguido días atrás, no igual, pero había algo en ella que le hizo apretar los dedos alrededor de la correa del bolso.

Lo siguió hasta el andén. El hombre se sentó en un banco y sacó el móvil. La pantalla marcaba cinco minutos para el próximo tren. Había poca gente, una pareja al fondo, una mujer con una maleta pequeña, dos adolescentes hablando demasiado bajo. Todo parecía tranquilo.

Airen seguía mirando al hombre cuando volvió a sentirlo. La misma sensación que había tenido en la calle el día anterior. Alguien la estaba mirando.

Levantó la cabeza. A unos metros, junto a una columna, había una mujer, quieta, mirándola. Era la misma persona. Sin embargo, esta vez no desapareció.

El tren llegó con un golpe de aire. Las puertas se abrieron y la gente empezó a subir. El hombre de la sombra entró en un vagón sin levantar la vista del móvil.

Airen no se movió. La mujer tampoco.

Las puertas se cerraron. El tren arrancó y el ruido llenó el andén durante unos segundos.

Cuando el metro se fue, la mujer seguía allí.

Airen tragó saliva. No sabía si acercarse o salir corriendo, las dos cosas le parecían igual de absurdas. Al final dio un paso, luego otro. La mujer no se movió, solo la observaba con una calma que no tenía nada de normal.

Airen se detuvo a pocos metros. De cerca no parecía tan mayor como le había parecido al principio. Tenía el pelo oscuro recogido de cualquier manera y una expresión difícil de leer. No era una desconocida mirando por curiosidad, era alguien que sabía exactamente a quién estaba mirando.

—Empezaste a verlas demasiado pronto —dijo la mujer.

Su voz era tranquila, segura. A Airen se le secó la garganta.

—¿Tú también las ves?

No respondió enseguida. Miró hacia el túnel por donde el tren acababa de desaparecer, como si comprobara algo.

—No entiendes en qué te has metido.

—No —dijo Airen—, no lo entiendo, por eso estoy preguntando .

Volvió a mirarla.

—Eso no significa que debas saberlo ya.

Airen sintió una mezcla de miedo y rabia.

—¿Quién eres?

—Alguien que aprendió tarde.

—¿Aprendió qué?

Dio un paso hacia ella. No lo suficiente para invadirla, pero sí para que Airen notara la distancia.

—Que no todas las manchas se pueden tocar.

Airen pensó en el hombre del coche, en la mancha desapareciendo, en el dolor que había sentido después. La mujer parecía leerlo en su cara.

—Ya lo has hecho —dijo. Airen no respondió—. Has cambiado algo que no entendías.

—Le salvé la vida.

—Sí.

La respuesta no sonó como una aprobación.

Airen sintió que el suelo se movía un poco bajo sus pies, aunque sabía que no era verdad.

—¿Qué le hice?

—A él, quizá nada.

—¿Y a mí?

Sostuvo su mirada unos segundos.

—Eso es lo que deberías preguntarte.

El panel anunció el siguiente tren: dos minutos .

Airen dio un paso más, esta vez sin darse cuenta.

—Dime qué son.

—No todavía.

—No hagas eso —dijo Airen—. No aparezcas hablando como si supieras lo que me está pasando y luego me digas que todavía no.

Por primera vez, algo cambió en la expresión de la mujer, muy poco, pero Airen lo vio.

—Entonces, aprende más rápido.

—¿Cómo?

Miró al fondo del andén, hacia las escaleras.

—Observa. No intervengas, no hasta que sepas qué estás moviendo.

—¿Y si alguien va a morir?

—La muerte no siempre es lo peor que puede pasar.

Airen se quedó helada. La mujer dio un paso atrás.

—No vuelvas a seguir una mancha sin saber qué sostiene.

—Espera, ¿cómo te llamas? —preguntó Airen, pero la mujer ya se había girado.

Se detuvo un instante, sin mirarla.

—Noa.

Y después empezó a alejarse, sin prisa, sin mirar atrás.

Airen no la siguió. No pudo. Se quedó quieta en el andén, con más preguntas de las que tenía al bajar. El tren llegó, las puertas se abrieron, la gente subió y bajó a su alrededor como si nada hubiera pasado.

Pero algo sí había pasado. Ya no era solo que viera manchas: alguien más las veía; alguien sabía lo que eran. Y, por primera vez, Airen sintió que todo aquello no había empezado con ella.

Llevaba mucho tiempo esperándola.