Las Manchas Invisibles: Ella te vio primero (Nahdir 1) Clara
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Clara

Airen miró la pantalla unos segundos antes de volver a intentarlo.

Nada.

Abrió la conversación. El último mensaje seguía allí, sin responder, pero, al subir con el dedo por la pantalla, algo le resultó extraño.

Había huecos: mensajes suyos sin respuesta, frases que no recordaba haber escrito y, entre medias, espacios demasiado largos donde estaba segura de que antes había conversaciones enteras .

Buscó una foto, la del pueblo, y la encontró enseguida. La plaza, la fuente, ella con el pelo revuelto por el viento y una bebida en la mano.

Pero Clara no estaba.

Airen se quedó mirando la pantalla más tiempo del necesario. La foto parecía la misma. Casi la misma. Solo faltaba Clara a su lado.

Se levantó antes de que sonara el despertador, cogió las llaves y bajó a la calle. La cafetería no quedaba lejos. Era el último sitio donde la había visto y no sabía por dónde más empezar.

Las manchas seguían apareciendo entre la gente, pero esta vez apenas se fijó en ellas. No era eso lo que estaba buscando.

Entró en la cafetería y recorrió el local con la mirada. Clara no estaba.

Se sentó cerca de la puerta. Cada vez que sonaba la campanilla, levantaba la cabeza. Estaba a punto de rendirse cuando la puerta volvió a abrirse.

Clara.

Al verla, Airen sintió alivio. Se levantó enseguida y fue hacia ella.

—Hola, Clara. Te estaba buscando. Necesito hablar contigo.

Clara la miró seria, distante.

Se sentaron una frente a la otra. Durante unos segundos ninguna dijo nada .

—Últimamente me pasan cosas raras —empezó Airen—. No sé ni cómo explicarlo.

Clara siguió callada. Airen bajó la mirada un momento y soltó una pequeña sonrisa nerviosa.

—¿Te acuerdas de cuando fuimos al pueblo? Lo bien que lo pasamos… La casa de la plaza, el camarero que nos trajo dos veces la cuenta, tú empeñada en que nos perdiéramos por aquellas calles…

Clara no sonrió. Seguía mirándola en silencio. Después se levantó.

—No sé por qué actúas como si fuéramos amigas —dijo, con un tono frío que Airen no le había oído nunca—. Yo nunca he ido contigo a ningún pueblo.

Airen se quedó helada.

—Clara…

—Y tampoco entiendo por qué insistes con esto.

—Porque estuvimos allí —dijo Airen, más bajo—. Tengo fotos.

Clara la miró como si eso ya no le diera rabia, sino pena.

—Pues míralas bien.

Airen no supo qué responder.

Clara cogió sus cosas.

—No sé qué te pasa, pero a mí no me metas en esto.

Y se fue .

Airen no se movió. Miró la silla vacía de enfrente, después la puerta, que todavía se balanceaba un poco.

Aquello no era un despiste. No era que Clara hubiera olvidado una conversación ni que estuviera confundida. Era otra cosa.

Airen la recordaba: los cafés, los mensajes, las llamadas a deshoras, los años de amistad. Todo seguía dentro de ella con una claridad absurda, pero Clara la había mirado como si todo aquello solo hubiera existido para Airen, y eso era peor que si no la hubiera recordado en absoluto.

Sentía una presión extraña en el pecho, como si algo se hubiera cerrado por dentro.

Salió detrás no para alcanzarla, sino porque quedarse allí dentro le resultaba insoportable.

Caminó sin rumbo, abrazándose a sí misma, esquivando gente sin apenas verla.

Cuando llegó a casa y abrió la puerta, tardó un momento en entrar. Todo estaba exactamente igual: el recibidor, las llaves, el abrigo colgado, el silencio de siempre, pero ya no sentía que fuera su casa.

Lo primero que hizo fue sacar el móvil. Volvió a buscar la foto del pueblo. La abrió y la amplió con los dedos. Miró el espacio vacío junto a ella, ese hueco donde Clara debería estar sonriendo con las gafas de sol torcidas y la mano levantada hacia la cámara .

Nada.

Buscó más imágenes. Cenas. Cumpleaños. Una tarde en la playa. Una foto borrosa en un ascensor donde recordaba perfectamente a Clara riéndose detrás de ella.

Clara no estaba en ninguna.

Airen dejó el móvil sobre la mesa como si le quemara.

Entonces encendió la música casi sin pensar. Sonó una canción que Clara y ella se sabían de memoria, una de esas que habían cantado a gritos en el coche más de una vez, desafinando, riéndose, repitiendo el estribillo, aunque ya hubiera terminado.

Airen se quedó quieta.

Después se acercó a la pared, a las fotos. Las miró una por una, buscándola, pero Clara no estaba. En ninguna.

Había desaparecido de cada imagen, como si nunca hubiera estado allí, como si nunca hubiera formado parte de su vida.

Se le cortó la respiración durante un segundo y luego retrocedió despacio, sin apartar la vista de las fotos. No quedaba rastro de ella.