Las Manchas Invisibles: Ella te vio primero (Nahdir 1) La foto imposible
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La foto imposible

Se acercó a la pared despacio, como si moverse demasiado rápido pudiera romper algo. Miró las fotos una por una, esperando que todo volviera a colocarse en su sitio. Estaban todas. Las mismas caras, los mismos marcos, los mismos momentos.

Hasta que llegó a una: la de la terraza de hacía tres veranos. Sus amigos, las copas, el atardecer detrás. Y, entre ellos, alguien más. Un chico joven, sonriendo, con una mano apoyada en el hombro de Marcos, como si hubiera estado allí desde siempre.

Airen no lo había visto en su vida.

—¿Quién eres…? —susurró.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Se apartó de la pared, cogió las llaves y salió a la calle sin pensarlo. Necesitaba aire.

La ciudad seguía igual. Gente, coches, ruido. Pero a ella todo le parecía extraño, como si algo se hubiera movido un poco de sitio y nadie más se hubiera dado cuenta.

Empezó a fijarse en la gente. Buscaba las manchas.

Y las encontró, en varias personas. Una sombra ligera sobre un señor mayor. Otra más densa sobre una chica con auriculares que sonreía por algo que estaba escuchando. Algunas apenas se notaban, otras eran oscuras, espesas, como si pesaran.

«¿Sabrán que las tienen? —pensó—. ¿Por qué las veo yo?».

Siguió andando y, cuanto más miraba, más claro lo tenía: no era solo verlas, había algo en ellas que le hacía sentir cosas. Algunas no parecían peligrosas. Otras sí. Esas le dejaban una presión en el pecho que le dificultaba respirar.

En el semáforo de enfrente había alguien parado. La mancha le cubría medio cuerpo, pesada, latiendo despacio .

Airen dio un paso adelante y entonces lo sintió: una mirada.

Levantó la vista. Al otro lado de la calle había alguien de pie, quieto, mirándola directamente, sin disimular ni apartar los ojos.

Airen sintió un nudo en el estómago. No tenía ninguna mancha, ni una sombra. Nada.

Mantuvieron la mirada un segundo. Dos.

Airen parpadeó y la persona ya no estaba.

Buscó entre la gente, entre los coches, en los portales de al lado. Nada, como si nunca hubiera estado.

Se quedó parada en la acera, con el corazón acelerado y el aire atascado en el pecho.

No estaba sola, y eso era lo que más la asustaba.