Observada
Airen no recordaba haber dormido mal y, aun así, al abrir los ojos tuvo la sensación de que algo había cambiado durante la noche. No mucho, solo lo suficiente para que todo pareciera un poco fuera de sitio.
Salió a la calle con esa sensación pegada al cuerpo. Miró el móvil mientras caminaba y vio un mensaje sin leer de Clara. Frunció el ceño. Hacía días que no sabía nada de ella.
Entró en la cafetería a la que iba cada mañana, una de esas con demasiada luz blanca y la radio puesta a un volumen que no era ni alto ni bajo. La chica de la barra le sonrió apenas y empezó a prepararle el café antes incluso de que lo pidiera.
Airen se sentó junto a la ventana y removió el café sin ganas. Entonces, al girarse, la vio: Clara.
Estaba sentada dos mesas más allá, con un libro cerrado a un lado y la mirada fija en el móvil. Airen se levantó y fue hacia ella.
—Oye, Clara, ¿todo bien? Llevo días sin saber de ti.
Clara levantó la mirada. No parecía sorprendida; parecía molesta.
—¿De qué vas, Airen?
—¿Cómo que de qué voy?
—¿Llevo días? Si ayer estuvimos hablando. Te conté lo que me pasaba.
Airen sintió un nudo en el estómago.
—Clara, yo no hablé contigo ayer.
Clara la miró sin decir nada, con la cabeza ladeada, como si esperara una explicación que no llegaba.
—No me hagas esto. Si no me quieres ayudar, lo dices y ya está, pero no te inventes cosas.
—No me estoy inventando nada. Ayer no te vi. No hablamos.
—Airen…
—De verdad .
Clara la miró un par de segundos más. Después negó despacio con la cabeza y recogió el libro.
—Siempre dices que vas a estar, pero ya veo que no.
Se levantó y se fue sin esperar respuesta. La puerta sonó al cerrarse.
Airen se quedó allí, sin moverse. La radio seguía sonando, alguien pidió un cruasán en la barra y una pareja entró riéndose. El café continuaba delante de ella. No recordaba haberle dado ni un sorbo.
—¿Me estoy volviendo loca…? —susurró.
Volvió a casa, subió las escaleras, abrió la puerta y se dejó caer sobre la cama sin quitarse el abrigo. La conversación se le repetía una y otra vez en la cabeza, pero, cuanto más la repasaba, menos sentido tenía.
Hasta que algo le llamó la atención.
Giró la cabeza hacia la pared. Desde la cama, sin moverse, miró las fotos una por una. Estaban donde siempre, en el mismo orden. No faltaba ninguna. Y, aun así, algo había cambiado. No sabía qué, pero sí sabía una cosa: esas fotos no eran como las recordaba.