Tres días
Lo siguió sin acercarse demasiado.
El hombre caminaba con las manos en los bolsillos, esquivando a la gente sin prisa y sin mirar atrás. Cualquiera habría pensado que volvía a casa después de un día normal, que quizá tenía a alguien esperándolo, una cena preparada, cualquier cosa sencilla al otro lado de la puerta.
La gente pasaba a su alrededor hablando por el móvil, discutiendo frente a los escaparates o esperando en los semáforos. Las luces cambiaban de rojo a verde, los autobuses paraban y arrancaban, y alguien se reía cerca de ella.
Todo seguía siendo normal, nadie más lo veía.
Airen se dijo que en la próxima esquina daría media vuelta. Después, en la siguiente. Y luego, en la siguiente otra vez. Pero sus pies seguían avanzando y la distancia entre los dos se reducía poco a poco, sin que ella terminara de decidirlo.
Tenía miedo. Eso sí lo tenía claro. No del hombre, sino de saber algo imposible y no poder explicarlo. Y debajo de ese miedo había una necesidad extraña de seguirlo, como si ya fuera tarde para echarse atrás.
Al girar la esquina, ya estaba demasiado cerca.
Entonces ocurrió: un coche salió de golpe e invadió la acera. Pasó a centímetros del hombre.
Airen reaccionó sin pensar. Lo agarró del brazo y tiró de él hacia atrás con todas sus fuerzas.
El coche siguió de largo.
Durante un segundo no pasó nada. Solo el ruido del motor alejándose, el corazón golpeándola en el pecho y su mano todavía cerrada sobre la manga de él .
El hombre la miró sin entender nada, pero Airen no lo miraba a él: miraba el lugar donde había estado la mancha. Había desaparecido.
Entonces lo sintió. Un vacío repentino. Algo dentro de ella cedió, como si le hubieran arrancado algo que ni siquiera sabía que tenía. Y dolía.
—¿Qué acabo de hacer…? —susurró.
El hombre soltó su brazo con cuidado, todavía confundido, y murmuró algo, quizás un gracias, y se alejó mirando una vez por encima del hombro antes de perderse entre la gente.
Airen se quedó en mitad de la acera. Alguien la esquivó con un bufido.
Volvió a casa sin recordar el camino. Subió las escaleras despacio, abrió la puerta y dejó las llaves donde siempre. Después fue directa a la ventana.
La ciudad seguía ahí. Las luces, el ruido, la gente. Todo seguía en su sitio.
Menos ella.