El símbolo
Esa noche ni siquiera se metió en la cama. Se quedó sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra el colchón y la mirada fija en las fotos de la pared. Las había mirado tantas veces que ya no sabía si buscaba algo nuevo o solo necesitaba comprobar que lo que quedaba seguía allí.
Clara ya no aparecía en ninguna y, aun así, Airen seguía esperando encontrar un fallo, una esquina mal borrada, una sombra donde antes había estado su cara, algo que demostrara que no se lo estaba inventando todo, pero nada cambiaba.
Volvió a pensar en la mujer del andén.
«Alguien que aprendió tarde».
La frase no dejaba de darle vueltas en la cabeza. ¿Qué había aprendido tarde? ¿A no tocar las manchas? ¿A no intervenir? ¿O a entender que aquello no había empezado con ella?
Esa última idea fue la peor, porque significaba que quizá había algo en ella desde antes de que aparecieran las manchas, algo que ya estaba ahí, esperando el momento de salir.
Fue entonces cuando lo vio: en la foto del fondo, la que siempre estaba un poco torcida, había algo distinto.
No era una persona nueva esta vez. Era el fondo.
La ventana que aparecía detrás daba antes a una calle iluminada, pero ahora, en esa misma ventana, solo había oscuridad y en medio de esa oscuridad había una forma.
No era clara del todo. Podía ser una silueta, podía ser solo el reflejo extraño del cristal, pero Airen sabía que antes no estaba allí.
Se levantó despacio y descolgó la foto con cuidado. Se la acercó. El papel era el mismo, los bordes tenían el mismo desgaste de siempre y en una esquina seguía la pequeña marca que ella recordaba de cuando se le cayó al suelo hacía años .
No era otra foto. Era la misma y, aun así, había cambiado. La dejó boca abajo sobre la mesa y no volvió a mirarla.
Cuando empezó a entrar la luz de la mañana, Airen ya había tomado una decisión: no podía seguir esperando a que las cosas aparecieran delante de ella, tenía que buscar respuestas, y la única persona que parecía tenerlas era la mujer del andén.
Volvió al metro.
Al principio no supo bien qué estaba buscando. Recorrió varios andenes de la línea, subió escaleras, bajó otras, dejó pasar trenes sin entrar y miró a tanta gente que terminó con dolor de cabeza.
Las manchas aparecían por todas partes: en un hombre que dormía sentado con la cabeza apoyada contra el cristal, en una chica que escribía mensajes demasiado rápido, en una mujer mayor que sostenía una bolsa de tela contra el pecho como si dentro llevara algo frágil.
Algunas eran leves; otras, más densas. Algunas parecían quietas; otras se movían con una lentitud incómoda, como si respiraran al margen de la persona que las llevaba.
Airen intentó no detenerse demasiado en ninguna. No había vuelto para seguir manchas, había vuelto para encontrar a la mujer .
Pasó casi dos horas dando vueltas por debajo de la ciudad. Cada vez que el tren llegaba, miraba primero los rostros que bajaban y luego los que esperaban en el andén. La buscó junto a las columnas, cerca de las salidas, al fondo de los pasillos.
Nada. Hasta que vio la marca. Estaba en una columna, cerca de la salida de la línea cuatro. Pequeña, discreta, hecha con algo oscuro que no parecía pintura reciente. Cualquiera habría pasado por delante sin fijarse.
Airen se detuvo. Era un símbolo que no había visto nunca.
Varias líneas negras, irregulares, unidas alrededor de una forma central difícil de entender.
No parecía una letra, tampoco un dibujo normal.
Tenía algo antiguo, pero no como los símbolos que había visto alguna vez en libros o museos.
Era más simple que eso, más seco, como si no estuviera allí para decorar.
Se quedó mirándolo un buen rato. No sabía qué significaba, pero tenía claro que no era un grafiti cualquiera. Aquello estaba allí por una razón.
Sacó el móvil y le hizo una foto. Después salió a la calle.
Pasó horas buscando el símbolo. Primero en internet, con palabras que ni siquiera sabía si tenían sentido: «símbolo líneas negras», «marca antigua», «signo pared metro».
Después en foros de simbología, bases de datos de grafitis urbanos, hilos viejos de ocultismo aficionado y páginas que parecían no haberse actualizado en años.
Nada. Ni una imagen parecida, ni una referencia, ni siquiera una explicación absurda en un foro extraño. Era como si aquel símbolo no existiera en ninguna parte, o como si alguien se hubiera encargado de que no apareciera donde pudiera encontrarse. Eso la inquietó más todavía.
Al día siguiente volvió al mismo andén. La marca seguía allí.
Airen se acercó despacio, casi esperando que hubiera desaparecido como tantas otras cosas en los últimos días. Pero no, seguía en la columna, pequeña y oscura, exactamente donde la había encontrado. Solo que ahora había algo más.
Al lado, con una letra pequeña y apretada, alguien había dejado un mensaje:
«Esta noche. Después de las doce».
Airen sintió que se le cerraba el estómago.
No había dirección, no había nombre, ni una firma, solo esa frase junto al símbolo, como si quien la hubiera escrito supiera que ella iba a volver.
Podía ser una trampa, podía ser alguien jugando con ella, pero también podía ser la única forma de encontrar a la mujer del andén .
Se quedó allí más tiempo del necesario, mirando la frase, hasta que una persona pasó demasiado cerca y la obligó a apartarse.
Durante el resto del día apenas pudo concentrarse en nada. Compró comida que no llegó a cocinar. Abrió el móvil varias veces sin saber qué buscaba y miró la foto del símbolo hasta que la imagen empezó a parecerle menos real que la marca de la columna.
A ratos pensaba que no iría. Luego miraba las fotos de la pared, el hueco donde Clara ya no estaba, y sabía que sí.
Cuando el reloj marcó las once y cuarto, cogió las llaves y salió de casa.