Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 49
98%

49

Hay noches que parecen intentar engañarte.

Hacerte creer durante unas horas que todavía queda algo intacto.

Esta es una de ellas.

Empieza de forma completamente normal.

O lo más parecido a normal que existe ahora dentro de esta casa.

Mi madre cocina desde media tarde porque decidió hacer cena “de verdad” después de semanas viviendo prácticamente de cualquier cosa rápida que Teresa dejaba preparada.

La cocina vuelve a oler a comida casera, ajo, salsa caliente y pan recién hecho, y sinceramente hacía muchísimo tiempo que no sentía la casa tan viva.

Incluso abrió las puertas correderas del salón, aunque hace frío fuera.

Eso ya dice bastante.

La música suena bajita desde el altavoz pequeño de cocina mientras ella se mueve entre fogones con una concentración casi exagerada, como si cocinar bien pudiera mantenernos unidos una noche más.

Y quizá sí.

—Mamá, llevas veinte minutos cortando exactamente la misma verdura —le digo apoyada contra la isla.

Ella levanta la vista automáticamente.

Y durante un segundo parece mucho más ella.

Más Isabel. Menos tristeza.

—Estoy pensando.

—Eso nunca es buena señal.

Mi madre resopla apenas sonriendo.

Pequeño. Pero real.

Sigo observándola mientras vuelve a cocinar y algo dentro de mí se aprieta despacio.

Porque todavía hay momentos donde parece la de antes.

La mujer cálida, elegante y tranquila que llenaba esta casa solo entrando en una habitación.

Pero ahora todo ocurre con más cuidado. Más lento.

Como si cualquier emoción fuerte pudiera romperla otra vez.

—¿Crees que vendrá Hugo pronto? —pregunta de repente intentando sonar casual.

Sé perfectamente por qué lo pregunta así.

Porque cada noche que él tarda demasiado volvemos a vivir el verano un poco.

Miro el reloj.

—Sí. Nadia me dijo que estaban saliendo del gimnasio.

Mi madre asiente apenas.

Y aunque intenta disimularlo, noto claramente el alivio en su cara.

Mi padre aparece en cocina varios minutos después todavía con camisa y expresión cansada. Lleva semanas durmiendo poco otra vez por culpa de toda la investigación de los Montero, pero esta noche parece hacer un esfuerzo enorme por esconderlo.

Besó a mi madre al entrar. Le preguntó qué estaba cocinando. Incluso puso música más alta solo para molestarme.

Pequeñas cosas normales.

Pequeñísimas.

Y aun así la casa las siente enormes.

—¿Necesitas ayuda? —pregunta acercándose a mi madre.

—No toques nada.

—Qué recibimiento más feo después de trabajar doce horas.

—La última vez casi incendiaste aceite.

—Eso fue hace años.

—Eso fue en abril.

Mi padre empieza a defenderse inmediatamente y por primera vez en muchísimo tiempo escucho a mi madre reírse de verdad.

No solo sonreír.

Reírse.

El sonido me golpea tan fuerte que tengo que bajar la mirada un segundo.

Porque casi había olvidado cómo sonaba.

Escuchamos entonces la puerta principal abrirse.

Y automáticamente los tres levantamos la cabeza.

Hugo.

Sigue pasando. Seguimos esperando comprobar que volvió bien.

Pero esta vez sí.

Entra junto a Nadia todavía con ropa del gimnasio, el pelo húmedo y expresión cansada, pero limpia. Presente.

Normal.

Y sinceramente eso ya parece un milagro.

Mi madre se relaja visiblemente en cuanto lo ve.

Otra vez ese alivio horrible que ya todos notamos.

Nadia se acerca a ayudar en cocina mientras Hugo deja las llaves sobre la entrada y viene directamente hacia mí despeinándome como hacía antes.

—Sigues teniendo cara de enfadarte demasiado fácil.

—Y tú sigues teniendo cara de idiota.

—Perfecto. La dinámica familiar sigue viva.

Mi padre resopla desde la cocina.

—Milagrosamente.

Y durante unos minutos ocurre algo peligrosísimo:

La casa vuelve a sentirse como antes.

No igual. Eso ya es imposible.

Pero cerca.

Cenamos todos juntos en el comedor grande porque mi madre insistió en poner la mesa “como una familia normal”. Hay velas encendidas, música sonando bajito desde el salón y platos demasiado llenos porque Isabel sigue cocinando para demasiadas personas algunas veces.

Nadie lo menciona.

Nunca.

Teresa y Andrés también están esta noche. Teresa habla muchísimo más que todos nosotros juntos intentando llenar cualquier silencio incómodo antes de que aparezca.

Y funciona.

Andrés discute con mi padre sobre fútbol. Nadia se ríe porque Hugo sigue robándole comida del plato. Mi madre insiste en que todos prueben algo. Y por primera vez en meses nadie parece estar sobreviviendo únicamente.

Solo viviendo.

Aunque sea un rato.

Miro alrededor de la mesa intentando guardar la imagen sin saber exactamente por qué.

Mi padre apoyado en la silla mirando a mi madre mientras ella habla. Hugo riéndose otra vez. Nadia más tranquila por primera vez en muchísimo tiempo. Teresa haciendo gestos exagerados mientras cuenta alguna anécdota absurda. Andrés negando con la cabeza resignado.

Calor. Ruido. Vida.

La casa otra vez llena.

Y quizá por eso duele tanto.

Porque incluso en medio de todo noto perfectamente los huecos.

Las dos sillas vacías invisibles que nadie menciona. La ausencia del ruido específico de Leo. Las interrupciones constantes de Vera corrigiendo cosas.

Siguen faltando.

Siempre faltan.

Pero esta noche, por unos minutos, conseguimos respirar alrededor de eso.

Mi madre se levanta después de cenar para traer postre y mi padre la sigue automáticamente hasta cocina solo para abrazarla por detrás mientras ella protesta porque “molesta”.

Los observo desde el comedor sintiendo algo extraño apretándome el pecho.

Porque siguen queriéndose igual incluso después de todo.

O quizá más.

Como si perder tanto hubiera hecho imposible no aferrarse todavía más fuerte a lo que queda.

Hugo termina riéndose de verdad cuando Teresa empieza a enseñar fotos horribles de él adolescente y Nadia aprovecha inmediatamente para burlarse.

—¿Ese pelo era legal?

—Era una época complicada.

—Pareces cantante de grupo indie triste.

—Lo era emocionalmente.

Incluso yo termino riéndome.

Y durante unos segundos exactos olvido completamente el miedo.

La investigación. Los Montero. El accidente.

Todo.

Solo existe esta mesa. Esta casa. Mi familia todavía aquí.

Y sinceramente creo que por eso la tragedia siempre llega peor después de los momentos felices.

Porque primero te deja recordar exactamente todo lo que todavía puedes perder.