Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 50
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Las tragedias empiezan de formas ridículamente normales.

Eso es lo peor.

No hay música triste de fondo. No hay señales claras. No hay nada avisándote de que tu vida está a punto de romperse otra vez.

Solo una madrugada cualquiera.

La casa está tranquila por primera vez en días. Después de aquella cena familiar parecía que algo se había relajado un poco dentro de todos nosotros. No felicidad exactamente.

Pero sí cansancio menos doloroso.

Nadia duerme abrazada a mí mientras la lluvia golpea suavemente las ventanas de mi habitación. Llevo semanas intentando acostumbrarme otra vez a dormir acompañado porque después del verano me costaba soportar incluso sentir a alguien respirando cerca.

Ahora me da miedo dormir solo.

Miro el reloj del móvil.

Las dos y diecisiete.

Todavía sigo despierto.

Últimamente me pasa mucho.

Escucho entonces movimiento abajo.

Puertas. Pasos rápidos.

Frunzo el ceño automáticamente.

Mi padre.

Reconozco su forma de caminar incluso medio dormido.

Intento ignorarlo al principio hasta que escucho la voz de mi madre también.

Demasiado despierta para esa hora.

Me incorporo despacio sin despertar a Nadia y abro un poco la puerta de la habitación.

Las luces de abajo están encendidas.

Mi padre lleva puesto el abrigo y tiene el móvil pegado a la oreja mientras habla en voz baja. Mi madre termina de ponerse una bufanda junto a la entrada todavía medio dormida.

Algo se me tensa dentro inmediatamente.

—¿Papá?

Los dos levantan la cabeza.

Mi madre intenta sonreír apenas al verme en las escaleras.

—Perdón, cariño. Te despertamos.

—¿Qué pasa?

Mi padre guarda el móvil lentamente.

Y ahí está esa mirada otra vez.

La misma obsesión de los últimos meses.

—Necesito comprobar una cosa.

Perfecto.

Otra vez la investigación.

Bajo un par de escalones más.

—¿A las dos de la mañana?

—No tardaremos.

Mi madre se acerca entonces hasta quedar bajo las escaleras mirándome con esa expresión agotada que lleva desde junio.

—Vuelve a dormir, Hugo.

—¿Dónde vais?

Mi padre tarda demasiado en responder.

Error.

—Al taller de uno de los mecánicos.

El pecho se me aprieta inmediatamente.

—Papá…

Él ya está cogiendo las llaves.

—Solo vamos a hablar.

—Podéis hacerlo mañana.

—No.

La respuesta sale demasiado rápida.

Demasiado tensa.

Mi madre lo mira un segundo antes de volver hacia mí.

Y sinceramente creo que ella también tiene miedo ya.

Solo que todavía intenta fingir que no.

—Volvemos enseguida, ¿vale?

Asiento apenas, aunque algo dentro de mí sigue diciéndome que no los deje salir.

No sé explicar por qué.

Solo siento ansiedad creciendo debajo de la piel.

Mi padre se acerca entonces y me aprieta el hombro brevemente antes de salir.

Ese gesto pequeño. Normal.

La última vez que me toca.

La puerta se cierra varios segundos después.

Y la casa vuelve al silencio.

Tendría que haber insistido. Tendría que haber hecho algo.

Pero no lo hago.

Vuelvo a la habitación.

Y unas horas después el teléfono suena.

Nunca voy a olvidar ese sonido.

Porque esta vez lo reconozco inmediatamente.

Antes incluso de mirar la pantalla. Antes incluso de responder.

Mi cuerpo ya sabe.

No. No. No otra vez.

Nadia se despierta sobresaltada en cuanto me incorporo de golpe.

—¿Hugo?

Miro el móvil.

Número desconocido.

Hospital.

El corazón empieza a golpearme tan fuerte que siento náuseas inmediatamente.

No quiero responder. No puedo.

Porque ya sé lo que significa.

Lo sé perfectamente.

Las manos me tiemblan cuando descuelgo.

—¿Sí?

La voz al otro lado empieza a hablar.

Hospital. Accidente. Urgente.

No escucho el resto.

Porque ya estoy otra vez allí.

Junio. El fuego. La sala blanca. El médico diciendo nombres imposibles.

—No… —murmuro automáticamente—. No, no…

Nadia se levanta inmediatamente.

—¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado?

Ni siquiera consigo responderle.

Creo que dejo caer el móvil. O quizá lo sigo sujetando.

No lo sé.

Solo recuerdo el sonido de mi propia respiración volviéndose completamente incontrolable.

No otra vez.

Por favor. No otra vez.

El trayecto hasta el hospital es una mancha borrosa de lluvia, semáforos rojos y Nadia intentando hablarme mientras yo conduzco demasiado rápido con las manos temblando sobre el volante.

Y durante todo el camino sigo intentando convencerme de algo absurdísimo:

Que esta vez será distinto.

Tiene que ser distinto.

Pero en cuanto entramos en urgencias y veo a Valeria sentada en la misma sala de espera donde meses atrás nos dijeron que Leo y Vera habían muerto…

Lo entiendo.

Todo.

Mi hermana está completamente rota.

No llorando normal. No en silencio.

Rota de verdad.

Tiene la sudadera empapada por la lluvia, las manos temblándole violentamente y la mirada perdida mientras intenta respirar entre sollozos.

Y en cuanto me ve, empieza a llorar todavía más fuerte.

Como si mi presencia confirmara definitivamente que esto está pasando.

—Hugo… —consigue decir entre lágrimas—. Hugo…

No necesito preguntar.

Ya lo sé.

El mundo entero parece quedarse sin sonido durante un segundo larguísimo.

Después todo explota.

Porque algo dentro de mí termina de romperse definitivamente.

No recuerdo empezar a golpear la pared.

Solo recuerdo rabia.

Demasiada.

El dolor subiendo por los nudillos. Sangre. Otra vez sangre.

Alguien intenta agarrarme. Creo que Nadia.

No puedo parar.

—¡HUGO!

Sigo golpeando.

Porque no queda nada más. Porque ya no sé cómo soportar otra pérdida. Porque no puede estar pasando otra vez.

Hasta que finalmente el cuerpo falla solo.

Las manos destrozadas. Respiración rota. Sangre cayendo al suelo del hospital.

Y entonces Nadia consigue abrazarme por detrás mientras yo sigo intentando respirar como si me estuviera ahogando.

—Ya está… ya está…

Pero no.

No está.

Nada va a estar bien otra vez.

Escucho entonces otro llanto al fondo del pasillo.

Teresa.

Aparece prácticamente corriendo junto a Andrés, completamente destruida antes incluso de llegar hasta nosotros.

Y en cuanto ve a Valeria sentada en aquella sala de espera entiende todo inmediatamente.

El sonido que hace al romperse atraviesa el hospital entero.

Andrés apenas consigue sujetarla.

Mi hermana sigue llorando sentada varios metros más allá completamente sola dentro de sí misma.

Nadia sigue abrazándome mientras tengo las manos llenas de sangre.

Y de pronto entiendo algo horrible.

La familia Valdés Vega ya no existe.

No de verdad.

Se quedó ardiendo aquella noche de junio.

Y ahora acaba de desaparecer lo poco que todavía seguía respirando.