48
Mi padre empieza a parecerse demasiado a alguien que ya no tiene nada que perder.
Y eso da muchísimo miedo.
Lo noto desde octubre realmente, pero en noviembre ya resulta imposible ignorarlo. Vive encerrado entre llamadas, reuniones y carpetas del accidente como si el resto del mundo hubiera dejado de existir completamente.
Mi madre intenta fingir que no se da cuenta.
O quizá simplemente está demasiado cansada para enfrentarlo también.
La medicación la mantiene estable algunos días, pero sigue teniendo momentos horribles. A veces se queda quieta mirando la puerta del garaje durante minutos enteros como si todavía esperara escuchar el Mustang entrando en casa.
Valeria volvió a clases, intenta entrenar otra vez y poco a poco parece más presente. Sigue rota, claro. Todos lo estamos. Pero al menos ya vuelve a sentarse conmigo algunas noches en cocina o pone música bajita mientras estudia.
Y sinceramente creo que parte de eso ocurre porque dejó de sentir que iba a perderme también.
Llevo casi dos meses limpio.
Todavía me cuesta dormir. Todavía tengo días donde el pecho parece lleno de cemento.
Pero Nadia sigue aquí.
Eso probablemente me salvó más veces de las que ella sabe.
Me obliga a comer, a entrenar normal, a responder mensajes y a no desaparecer cuando la cabeza empieza a ponerse demasiado oscura otra vez.
Y aun así hay algo que no consigo quitarme de encima últimamente.
Miedo.
No por mí.
Por mi padre.
Porque cuanto más investiga, más cambia.
La primera vez que veo claramente hasta dónde está llegando ocurre una tarde de noviembre cuando entro al despacho sin llamar buscando unos papeles del seguro del coche.
Error.
Mi padre cierra rápidamente una carpeta en cuanto me ve entrar.
Demasiado rápido.
Pero ya alcancé a verlo.
Fotos.
De Sergio. De Alba. De varios coches. Y direcciones impresas debajo.
El estómago se me hunde automáticamente.
—¿Qué coño es eso?
Mi padre tarda un segundo en responder.
Otro error.
—Nada que te importe.
—Papá.
Camino hasta la mesa antes de que pueda apartar todo y abro parcialmente la carpeta otra vez.
Hay seguimientos. Horarios. Matrículas.
Joder.
Levanto la vista hacia él inmediatamente.
—¿Estás investigando a los Montero?
El silencio lo confirma antes de que hable.
—Rafael.
Ya ni siquiera me sale llamarlo papá en ese momento.
Porque esto empieza a darme miedo de verdad.
Mi padre se levanta despacio rodeando la mesa.
—Baja la voz.
—¿Que baje la voz? ¿Tú te estás escuchando?
Intento mantener la calma. De verdad.
Pero el corazón empieza a acelerarse demasiado rápido.
—¿Qué coño haces siguiendo a esa gente?
—Intento averiguar quién mató a mis hijos.
La frase me golpea tan fuerte que durante un segundo no sé qué responder.
Porque ahí está otra vez.
La convicción absoluta.
Ya no habla de accidente nunca. Nunca.
Solo habla de culpables.
—No tienes pruebas reales —digo finalmente.
—Tengo suficientes cosas para saber que aquella noche no fue normal.
—¡Eso no significa que fueran ellos!
Mi padre aprieta la mandíbula inmediatamente.
Y sinceramente creo que lleva semanas esperando que alguien le lleve la contraria sobre esto.
—Sergio desapareció antes de que llegara policía. El mecánico cobró dinero. Hay llamadas borradas. Coches moviéndose esa noche donde no deberían.
—Y aun así no tienes pruebas.
—Todavía.
La palabra cae demasiado fría entre nosotros.
Todavía.
Como si fuera cuestión de tiempo.
Como si ya hubiera decidido dónde termina todo esto.
Empiezo a notar ansiedad subiéndome por el pecho de golpe.
Porque conozco esa mirada. Porque es exactamente la misma que veía en mí durante el verano cuando salía buscando peleas para destruir algo.
Obsesión.
Mi padre está entrando en algo peligrosísimo y ni siquiera parece darse cuenta.
—Papá, para esto.
Él me mira fijo desde el otro lado del despacho.
—No.
—Te lo estoy diciendo en serio.
—Y yo también.
La tensión empieza a llenar toda la habitación.
—Mamá no puede perderte también —digo finalmente.
Eso sí consigue moverle algo en la cara.
Muy poco. Pero suficiente.
Aprovecho inmediatamente.
—Valeria está empezando a respirar otra vez. Yo estoy intentando salir de toda la mierda de estos meses y tú…
Señalo las carpetas sobre la mesa.
—Tú estás convirtiendo esto en una guerra.
Mi padre aparta la mirada varios segundos pasándose una mano por la cara cansadamente.
Y durante un momento vuelve a parecer solo un hombre destruido.
No alguien peligroso. Solo un padre roto.
—Les fallé, Hugo.
La voz le sale bajísima.
Nunca había escuchado algo así en él.
—No.
—Sí.
Levanta finalmente la vista hacia mí y ahí está otra vez todo el dolor acumulado desde junio.
—Eran mis hijos. Tenía que protegerlos.
El pecho se me cierra inmediatamente.
Porque sé que lo piensa de verdad. Cada día. Cada noche.
Mi padre vive convencido de que debería haber evitado el accidente.
Aunque fuera imposible.
—No podías saberlo.
—Pero alguien sí sabía algo.
Silencio.
Y de pronto entiendo que ya no hay manera fácil de sacarlo de aquí.
Porque esta investigación dejó de tratar sobre lógica hace muchísimo tiempo.
Ahora trata sobre culpa.
Sobre un hombre intentando encontrar sentido a algo insoportable.
—Papá, escúchame bien.
Me acerco un poco más intentando mantener la voz estable.
—No puedo volver a ver a mamá destrozada en un hospital. No puedo volver a ver a Valeria así. No puedo…
La garganta se me cierra un segundo.
Joder.
—No puedo perder a alguien más.
Eso sí lo golpea.
Lo veo claramente.
Mi padre cierra los ojos apenas un instante y durante unos segundos parece agotadísimo. Muchísimo más viejo de lo que recordaba antes del accidente.
Pero cuando vuelve a mirarme, ya sé que no va a parar.
Porque hay algo peor que el dolor.
Y es darle una dirección.
—Voy a terminar esto, Hugo —dice finalmente.
Y sinceramente creo que esa es la primera vez desde la muerte de Leo y Vera que siento miedo real de mi propio padre.