47
La casa vuelve a llenarse de papeles.
Otra vez.
Durante semanas intenté convencerme de que mi padre estaba empezando a descansar un poco más, especialmente después de aquella cena donde incluso consiguió reírse recordando a Leo. Parecía más presente algunos días. Menos encerrado.
Pero no.
Solo estaba acercándose más a algo.
Y ahora lo noto en todo: las llamadas constantes, las carpetas abiertas por toda la mesa del despacho, la forma en que Andrés empieza a hablar cada vez más bajo cuando yo entro en una habitación.
Algo cambió.
Lo entiendo una noche de septiembre casi sin querer.
No consigo dormir otra vez y bajo a cocina a por agua cerca de las dos de la mañana. La casa está completamente oscura excepto por la luz del despacho.
Normal.
Pero esta vez escucho dos voces dentro.
Mi padre. Y Andrés.
Voy a seguir caminando hasta que escucho un nombre.
Montero.
Me detengo automáticamente.
El corazón empieza a latirme raro incluso antes de entender por qué.
La puerta está cerrada casi del todo, pero puedo escuchar igualmente porque ambos están hablando demasiado alto.
O demasiado tensos.
—No es suficiente todavía —dice Andrés en voz baja—. Rafael, necesitas algo más sólido antes de sacar conclusiones así.
—¿Entonces cómo explicas esto?
Escucho papeles golpeando la mesa.
Mi padre vuelve a hablar inmediatamente después.
Y sinceramente hace muchísimo tiempo que no escuchaba esa rabia contenida en su voz.
—Sergio desaparece veinte minutos antes de que llegue policía. El mecánico que revisó el Mustang recibe dinero tres días después desde una cuenta vinculada a una empresa de los Montero y casualmente nadie sabe nada ahora.
El vaso de agua casi se me resbala de las manos.
¿Qué?
Dentro del despacho se hace silencio unos segundos.
Después Andrés suspira cansado.
—Eso no demuestra que provocaran el accidente.
—Pero demuestra que están escondiendo algo.
Mi respiración empieza a acelerarse.
No puede ser.
No.
Me acerco un poco más sin hacer ruido.
Y entonces escucho algo que me deja completamente helada.
—Los frenos no fallaron solos —dice mi padre.
La frase atraviesa el pasillo entero.
Directa. Fría. Convencida.
Y de pronto vuelvo a estar en la carretera.
El fuego. Las luces. El Mustang perdiendo control.
Niego con la cabeza automáticamente intentando apartar la imagen.
No.
No puede ser peor que un accidente. No puede.
—Rafael… —dice Andrés más despacio—. Entiendo lo que necesitas encontrar, pero también tienes que pensar con claridad.
—Estoy pensando con claridad por primera vez desde junio.
Mi padre nunca habla así.
Nunca.
Su voz suena distinta desde detrás de la puerta. Más dura. Más peligrosa.
—Leo revisaba ese coche obsesivamente. Vera también. ¿Sabes cuántas veces discutieron conmigo por piezas de seguridad? ¿Cuántas veces cancelaron carreras porque algo no les convencía?
El silencio que sigue resulta horrible.
Porque tiene razón.
Muchísima.
Leo podía ser impulsivo para todo excepto para los coches. Y Vera directamente rozaba la obsesión con cualquier revisión mecánica.
Yo misma los escuché discutir durante años sobre neumáticos, frenos o ajustes mínimos que cualquier otra persona ni siquiera notaría.
Entonces…
No.
No quiero pensar eso.
Dentro del despacho vuelve a escucharse movimiento.
—No estoy diciendo que tengas razón o no —dice Andrés finalmente—. Solo digo que, si acusas a esa familia sin pruebas reales, esto puede acabar muy mal.
—Ya acabó mal.
La frase cae como un disparo.
Y sinceramente creo que ahí es cuando empiezo a tener miedo de verdad.
No el miedo del hospital. Ni el de perder a Hugo.
Otro distinto.
Más frío.
Porque mi padre ya no está buscando respuestas únicamente.
Está empezando a buscar culpables.
Y si realmente cree que los Montero tuvieron algo que ver…
No sé hasta dónde sería capaz de llegar.
Escucho una silla moverse dentro y me aparto rápidamente antes de que abran la puerta. El corazón me golpea tan fuerte que casi me duele mientras camino deprisa hacia la cocina intentando respirar normal.
No puedo procesarlo.
No quiero.
Lleno el vaso de agua, aunque las manos me tiemblan tanto que termino mojando media encimera.
Los Montero.
Alba. Sergio.
La rivalidad. Las carreras. La desaparición de Sergio después del accidente.
De pronto todo parece muchísimo más oscuro de lo que era hace unos minutos.
Escucho pasos acercándose y levanto la cabeza rápidamente justo cuando Andrés entra en cocina.
En cuanto me ve, sabe inmediatamente que escuché algo.
Se le nota en la cara.
—Valeria…
Intento hablar. No me sale nada al principio.
—¿Es verdad? —pregunto finalmente—. ¿Papá cree que ellos hicieron algo?
Andrés tarda demasiado en responder.
Y eso ya es suficiente respuesta.
Se acerca despacio apoyando una mano sobre la encimera.
—Tu padre está desesperado por entender qué pasó.
—Eso no responde mi pregunta.
Él baja la mirada un segundo.
Mala señal.
Muy mala.
—Hay cosas que no encajan del todo aquella noche.
El pecho empieza a cerrárseme otra vez.
—¿Qué cosas?
Andrés suspira cansado pasándose una mano por la cara.
—Movimientos raros. Gente desapareciendo. Dinero donde no debería haberlo.
Siento frío de golpe pese al calor de septiembre.
Porque esto ya no parece una obsesión cualquiera.
Parece algo real.
—Pero todavía no hay pruebas —añade rápidamente—. Y eso es importante, Valeria. Muy importante.
Asiento apenas, aunque sinceramente ya casi no escucho bien.
Mi cabeza sigue atrapada en una idea horrible:
¿Y si Leo y Vera no murieron por accidente?
La puerta del despacho se abre entonces detrás de nosotros y mi padre aparece todavía con papeles en la mano. En cuanto me ve entiende inmediatamente lo que acaba de pasar.
Y por primera vez desde el funeral veo algo parecido a miedo en los ojos de Rafael Valdés.