Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 46
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Los primeros días limpio son muchísimo peores de lo que esperaba.

Y sinceramente ya esperaba algo horrible.

El cuerpo duele constantemente. No fuerte, pero sí suficiente para volverme loco: temblores, dolor de cabeza, náuseas, la sensación de tener la piel demasiado sensible todo el tiempo.

Pero eso no es lo peor.

Lo peor es volver a pensar normal.

Porque las drogas al menos hacían algo útil: bajaban el ruido.

Ahora no.

Ahora vuelvo a escuchar todo otra vez: el accidente, el hospital, a mi madre llorando detrás de paredes, la voz de Valeria diciendo que no quiere perderme también.

Y sinceramente creo que esa frase es lo único que consigue que siga intentándolo.

No hago esto por mí.

Todavía no.

Lo hago porque vi miedo real en la cara de mi hermana aquella noche. El mismo que tenía en el hospital cuando pensaban que yo también iba a morirme.

Nadia prácticamente no se separa de mí durante esos días.

Y cuanto más consciente vuelvo a estar, más entiendo todo lo que le hice pasar este verano.

Las llamadas ignoradas. Las noches sin dormir. El miedo constante.

Aun así, sigue aquí.

Siempre.

La primera noche realmente limpia despierto temblando a las cuatro de la mañana después de una pesadilla donde vuelvo a escuchar el impacto otra vez.

Estoy respirando tan fuerte que me cuesta entender dónde estoy durante varios segundos.

Nadia se despierta inmediatamente.

—Ey, ey… mírame.

Me agarra la cara suavemente obligándome a volver al presente mientras sigo intentando coger aire.

—Respira conmigo.

Odio que tenga que hacer esto.

Odio que me vea así.

—Lo siento… —murmuro cerrando los ojos.

Ella niega inmediatamente acercándose más.

—No vuelvas a pedirme perdón por sobrevivir mal.

La frase me rompe algo dentro del pecho.

Porque nadie nos enseñó a sobrevivir a esto. Solo estamos improvisando mientras nos hundimos.

Los días siguientes siguen siendo difíciles, pero poco a poco empiezo a estar más presente otra vez. Vuelvo a entrenar normal en el gimnasio, aunque Dani prácticamente me vigila como si fuera una bomba a punto de explotar.

No me quejo. Probablemente tiene motivos.

También empiezo a quedarme más tiempo en casa.

Eso quizá es lo más difícil de todo.

Porque la casa sigue doliendo.

El garaje cerrado. Las habitaciones intactas. El silencio.

Pero después de meses desapareciendo, también empiezo a notar algo horrible: mi familia se acostumbró a esperar siempre lo peor de mí.

Valeria levanta la cabeza automáticamente cada vez que entro. Mi padre revisa discretamente si estoy colocado. Mi madre me abraza demasiado fuerte algunas noches.

Y sinceramente creo que eso da más miedo que las drogas.

La cena del viernes ocurre casi por accidente.

Mi madre llevaba días intentando convencer a todos para sentarnos juntos “aunque sea media hora”. Normalmente alguien termina desapareciendo, comiendo encerrado en su habitación o inventando excusas absurdas.

Esta vez no.

Bajo a cocina y ya están todos allí.

Mi padre poniendo la mesa. Valeria ayudando a Teresa. Andrés abriendo vino. Y mi madre cocinando pasta mientras Nadia corta pan a su lado.

La escena me golpea raro.

Porque durante un segundo parece una versión rota de lo que éramos antes.

Pero sigue siendo algo.

Mi madre levanta la vista en cuanto me ve entrar.

Y noto inmediatamente el alivio en su cara cuando entiende que estoy bien. Limpio. Presente.

Joder.

Eso duele muchísimo más de lo esperado.

—¿Vas a cenar con nosotros? —pregunta intentando sonar normal.

Asiento apenas.

—Sí.

La sonrisa que se le escapa dura solo un segundo, pero basta para entender cuánto tiempo llevaba esperando algo tan pequeño.

Nos sentamos todos alrededor de la mesa mientras Teresa habla de cualquier tontería relacionada con unos vecinos suyos y Andrés intenta seguirle el juego, aunque claramente nadie está prestando demasiada atención.

Las conversaciones siguen siendo raras desde el accidente.

Siempre hay silencios. Momentos donde alguien recuerda algo y la mesa entera cambia.

Pero esta vez no se siente tan insoportable.

Nadia mantiene su pierna pegada a la mía debajo de la mesa como si necesitara comprobar constantemente que sigo aquí. Valeria parece agotada después de toda la semana de clases y mi padre continúa más callado de lo normal, aunque al menos hoy no está encerrado en el despacho.

Y mi madre…

Mi madre parece menos triste esta noche.

No feliz. Eso todavía queda lejísimos.

Pero más presente.

—Hugo —dice Teresa de pronto—. ¿Sigues cocinando igual de mal?

Perfecto.

—Era Leo el que casi incendió la cocina siempre.

El silencio cae inmediatamente sobre la mesa.

Mierda.

Todavía pasa. Todavía seguirá pasando mucho tiempo probablemente.

Pero entonces mi madre hace algo que no esperaba.

Se ríe.

Pequeño. Casi roto.

Pero se ríe.

—Aquella vez con la tostadora… —murmura negando con la cabeza.

Valeria sonríe apenas mirando el plato.

—Papá casi lo mata.

—Porque provocó un cortocircuito en media casa —responde mi padre automáticamente.

Y por primera vez en meses escucho algo parecido a normalidad alrededor de esta mesa.

Muy pequeña. Muy frágil.

Pero real.

Mi madre empieza a contar cómo Leo intentó cocinar pasta una madrugada completamente borracho después de una fiesta y terminó usando azúcar en vez de sal mientras Valeria se ríe tapándose la cara y Teresa insiste en que “eso tiene que ser genético”.

Incluso yo termino riéndome.

De verdad.

Y sinceramente el sonido me resulta extrañísimo saliendo de mi propia garganta después de tantos meses.

Miro entonces a Valeria.

Ella también me está mirando.

Y durante un segundo entiendo exactamente lo que está pensando.

Que quizá todavía quede algo salvable aquí.

No lo que éramos antes. Eso ya no va a volver.

Pero quizá algo nuevo. Algo roto, cansado y lleno de cicatrices.

Algo que todavía siga siendo una familia.