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El verano se hizo eterno.
No de forma bonita. No como cuando eras pequeña y agosto parecía durar una vida entera porque todo eran piscinas, música y noches despierta viendo películas con tus hermanos.
No.
Este verano duró demasiado porque cada día pesaba igual que el anterior.
Porque el dolor no avanzaba. Solo se quedaba ahí.
Julio pasó lento. Agosto todavía peor.
Y en algún momento dejé de distinguir bien unas semanas de otras porque dentro de casa todo parecía exactamente igual constantemente: persianas medio bajadas, silencios largos, mi madre llorando algunas noches detrás de puertas cerradas, mi padre obsesionado con documentos del accidente, Hugo desapareciendo.
Y aun así hubo personas intentando sostenernos todo el tiempo.
Nadia prácticamente se convirtió en parte de esta casa.
No solo por Hugo.
Por todos.
Dormía muchas noches aquí porque le daba miedo dejar solo a mi hermano después de la sobredosis, pero aun así encontraba fuerzas para bajar por las mañanas y ayudar a mi madre con el desayuno, sentarse conmigo cuando no conseguía comer o convencer a Hugo de ducharse después de pasar dos días encerrado en su habitación.
Nunca había visto a alguien querer tanto a una persona rota.
Y sinceramente creo que eso también empezó a romperla a ella.
Cada vez tenía más ojeras. Más ansiedad en la mirada. Más miedo constante.
Pero seguía aquí.
Siempre.
Teresa y Andrés también prácticamente dejaron de vivir en su casa durante el verano. Solo se iban por las noches a dormir y a las ocho de la mañana ya estaban otra vez aquí.
Andrés ayudando a mi padre con llamadas y abogados. Teresa obligándonos a comer, aunque nadie tuviera hambre.
Sin ellos probablemente la casa habría terminado cayéndose completamente.
Porque ninguno de nosotros sabía funcionar ya.
Y aun así septiembre llegó.
Como si el mundo insistiera en seguir avanzando, aunque nosotros no pudiéramos hacerlo.
Volver a clase resulta irreal desde el primer segundo.
La gente habla de vacaciones. De fiestas. De universidades. De cosas normales.
Y yo solo puedo pensar en que hace tres meses enterré a dos de mis hermanos.
Todo el instituto parece ridículamente pequeño ahora.
Superficial. Lejano.
Algunas personas me miran con demasiada pena. Otras no saben ni cómo acercarse.
Y sinceramente prefiero eso antes que escuchar: “Lo siento muchísimo.” Otra vez.
Paso el día entero sintiéndome fuera de mi propia vida. Como si estuviera viendo a otra persona caminar por pasillos, sentarse en clase y fingir que todavía entiende cómo funciona el mundo normal.
Cuando vuelvo a casa por la tarde, la sensación no mejora.
Mi madre está dormida porque las pastillas vuelven a dejarla agotada casi todo el día. Teresa cocina en silencio mientras Andrés habla por teléfono con alguien relacionado con el accidente y mi padre sigue encerrado en el despacho.
Pregunto por Hugo.
Nadia baja la mirada inmediatamente.
—No ha vuelto desde ayer.
Perfecto.
Otra vez no.
Subo a mi habitación intentando no pensar demasiado, pero según pasan las horas empiezo a notar otra vez esa ansiedad horrible creciendo dentro del pecho.
Porque ya no confío en él solo.
Porque desde la sobredosis cada vez que desaparece siento que puede no volver.
Las diez. Las once. Las doce.
Nada.
Nadia sigue despierta abajo fingiendo leer algo en el salón, aunque claramente solo está esperando escuchar el coche llegar.
Y sinceramente verla así me rompe más de lo que debería.
Porque tiene veinte años. Porque debería estar viviendo una relación bonita con el chico que quiere. Y en lugar de eso vive aterrorizada constantemente.
La una y veinte.
Escucho finalmente la puerta principal.
El alivio me dura exactamente tres segundos.
Hasta que lo veo entrar.
Hugo apenas consigue caminar recto.
Tiene sangre seca en la camiseta, un corte nuevo bajo el ojo y esa mirada perdida que ya empiezo a reconocer demasiado bien.
Nadia se levanta inmediatamente.
—¿Dónde estabas?
Él ni siquiera responde al principio.
Solo deja las llaves sobre la entrada lentamente.
—Hugo —insiste ella acercándose—. Llevo llamándote horas.
—No quería hablar.
La voz le sale arrastrada. Vacía.
Y algo dentro de mí explota finalmente.
—¿Sabes qué? Estoy cansada de esto.
Los dos me miran.
Especialmente Hugo.
Porque llevo meses callándome demasiadas cosas.
Bajo las escaleras rápido hasta quedar delante de él.
—De desaparecer. De llegar así. De hacer como si no te importara absolutamente nada.
—Valeria… —murmura Nadia intentando frenarme.
—No, estoy harta.
Hugo empieza a tensar la mandíbula inmediatamente.
—No empieces ahora.
—¿Ahora? ¿CUÁNDO ENTONCES?
Mi voz rompe el silencio de la casa de golpe.
Y sinceramente ya me da igual.
Porque llevo meses tragándome miedo. Rabia. Dolor.
—¿Sabes cómo vivimos cada vez que desapareces? —sigo—. ¿Tienes idea de lo que siente mamá cuando no vuelves? ¿Lo que siente Nadia?
Él aparta la mirada un segundo.
Error.
Porque eso me enfurece todavía más.
—Mírame cuando te hablo.
—Estoy aquí, ¿no?
La frase me atraviesa.
—¿Y cuánto tiempo más?
Silencio.
Nadia cierra los ojos inmediatamente.
Como si supiera que acabamos de cruzar una línea horrible.
Pero ya no puedo parar.
—Porque sinceramente ya no sé si vas a matarte en una pelea, drogado o estampando el coche cualquier noche.
—¡VALERIA! —dice Nadia.
Hugo se queda completamente quieto.
Y durante un segundo pienso que va a gritarme.
Pero no.
Peor.
Empieza a reírse.
Una risa seca. Vacía.
—¿Crees que no lo sé? —dice mirándome por fin—. ¿Crees que no pienso en eso constantemente?
—Pues deja de hacerlo entonces.
—No funciona así.
—¿Y cómo funciona, Hugo? Porque desde fuera parece que estás intentando morirte poco a poco.
Eso sí le golpea.
Lo veo en la cara inmediatamente.
Y aun así responde igual.
—Al menos yo estoy intentando sentir algo.
El silencio después de eso resulta brutal.
Porque entiendo perfectamente lo que quiere decir.
Y precisamente por eso duele más.
Nadia empieza a llorar otra vez detrás de nosotros.
—Por favor parad…
Pero ninguno escucha ya.
—¿Y nosotros qué? —le pregunto con la voz rota—. ¿Tú crees que nosotros no sentimos nada?
Hugo baja la mirada varios segundos pasándose una mano por la cara.
Está agotado. Completamente destruido.
Pero yo también.
Todos lo estamos.
—No puedo hacerlo mejor ahora mismo —dice finalmente muy bajo.
Y sinceramente creo que esa frase termina rompiéndome más que los gritos.
Porque suena real. Derrotada.
Como si de verdad hubiera dejado de creer que puede salvarse de esto.
Empiezo a llorar otra vez sin poder evitarlo.
—No quiero perderte también.
La frase sale igual que aquella noche en el hospital.
Igual de rota.
Hugo cierra los ojos inmediatamente.
Y por primera vez desde que entró parece realmente consciente del daño que está dejando detrás cada vez que desaparece.