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La pelea termina peor de lo normal.
Y sinceramente eso ya es decir mucho.
Ni siquiera recuerdo bien contra quién peleé esa noche. Solo flashes sueltos: luces demasiado fuertes, sangre en la boca, gente gritando alrededor del ring improvisado.
Y después alcohol.
Muchísimo alcohol.
Alguien pasándome vasos que acepto sin pensar mientras sigo notando la adrenalina atravesándome el cuerpo entero como electricidad.
No quiero volver a casa. No quiero pensar. No quiero dormir.
Solo necesito seguir sintiendo algo diferente a esto.
Saúl aparece varias veces durante la noche. Habla demasiado cerca, se ríe demasiado fuerte y sigue dándome cosas que normalmente habría rechazado hace meses.
Ahora no.
Ahora me da igual casi todo.
Porque el problema de tocar fondo poco a poco es que llega un momento en el que dejas de notar cuánto estás cayendo.
Recuerdo entrar al baño de aquel sitio apoyándome contra la pared porque todo empezó a moverse raro de golpe.
Demasiado calor. Demasiado ruido. El corazón latiendo demasiado rápido.
Me miro en el espejo y sinceramente apenas me reconozco.
Labio roto. Ojos completamente perdidos. Moretones nuevos por medio cuerpo.
Parezco alguien al que Leo habría golpeado para hacerlo reaccionar.
La idea me hace reírme un segundo.
Después ya no recuerdo casi nada.
Solo fragmentos.
Nadia llamándome por teléfono muchísimas veces. Yo respondiendo algo incoherente. La puerta de casa. Oscuridad.
Y luego nada.
Lo siguiente que escucho es una voz muy lejos.
Desesperada.
—¡Hugo! ¡Hugo mírame, por favor!
Intento abrir los ojos. No puedo.
El cuerpo pesa demasiado.
Siento manos agarrándome la cara, alguien moviéndome y una presión horrible en el pecho como si respirar estuviera costando muchísimo más de lo normal.
La voz de Nadia suena rota completamente.
—No me hagas esto… por favor…
Después otra voz.
Andrés.
—Nadia, aparta un segundo.
Hay movimiento alrededor. Pasos rápidos. Luz.
Todo aparece y desaparece otra vez.
No sé cuánto tiempo pasa realmente hasta que vuelvo a despertarme.
Horas quizá.
Lo primero que noto es el dolor de cabeza.
Después el olor a hospital.
Perfecto.
Intento moverme y el cuerpo entero protesta inmediatamente. Tengo la garganta seca, el brazo conectado a una vía y sensación de haber sobrevivido a algo horrible sin entender todavía exactamente qué.
Parpadeo varias veces enfocando poco a poco la habitación.
Y entonces la veo.
Valeria.
Está sentada junto a la cama abrazándose las piernas contra el pecho. Lleva una sudadera negra enorme de Leo y tiene los ojos completamente rojos.
No se ha dado cuenta todavía de que desperté.
Solo sigue mirando el suelo mientras se limpia lágrimas constantemente con las mangas.
Y sinceramente creo que eso me asusta muchísimo más que despertarme aquí.
Porque Valeria dejó de llorar delante de nosotros hace semanas.
Se volvió silenciosa. Más fría. Como si estuviera sosteniendo todo el dolor dentro para no derrumbarse igual que mamá.
Pero ahora no.
Ahora está rota.
Y por primera vez desde el accidente entiendo realmente lo que le estoy haciendo.
—Pequeña…
La voz me sale destrozada.
Ella levanta la cabeza de golpe.
Y en cuanto ve que estoy despierto empieza a llorar todavía más fuerte.
No habla al principio. Ni siquiera puede.
Se levanta rápido acercándose a la cama como si necesitara comprobar físicamente que sigo aquí.
—Eres un puto idiota… —dice llorando.
Nunca la había escuchado hablar así.
Ni conmigo. Ni con nadie.
Intento incorporarme un poco. Mala idea.
Todo da vueltas inmediatamente.
Valeria me empuja suave contra la almohada otra vez mientras sigue llorando.
—¿Qué coño estás haciendo, Hugo?
No sé responder.
Porque sinceramente yo tampoco lo sé ya.
Ella se seca la cara con rabia intentando recuperar aire.
—Nadia te encontró sin respirar bien. Andrés tuvo que llevarte corriendo al hospital porque pensaban que…
La frase se rompe antes de terminarla.
Pero no hace falta escuchar el final.
Lo entiendo igual.
El pecho empieza a dolerme distinto entonces.
No físico.
Peor.
Valeria se sienta otra vez junto a la cama cubriéndose la cara varios segundos antes de volver a mirarme.
—No puedo perderte también.
Y ahí está otra vez.
La frase que todos pensamos constantemente pero casi nunca decimos en voz alta.
Porque desde el accidente vivimos aterrorizados de que alguien más desaparezca.
Valeria aprieta las mangas de la sudadera de Leo entre los dedos mientras intenta dejar de llorar.
Y de pronto parece muchísimo más pequeña.
No dieciocho.
Solo una niña agotada de perder gente.
—Pensé que estabas muerto —susurra finalmente.
Eso sí termina rompiéndome por dentro.
Porque veo el miedo real en su cara. El mismo de la carretera. El mismo del hospital.
Y entiendo algo horrible:
La estoy obligando a vivirlo otra vez.
Cierro los ojos un segundo sintiendo náuseas subir por la garganta.
Qué coño estoy haciendo.
Qué coño nos está pasando.
Escucho entonces movimiento fuera de la habitación y varios segundos después Nadia aparece por la puerta.
Tiene la cara destruida de cansancio y los ojos hinchados de llorar.
Y en cuanto me ve despierto se queda completamente quieta.
Nadie habla.
Porque sinceramente creo que ya no quedan palabras suficientes para explicar este tipo de miedo.