Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 43
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Mi padre deja de dormir en agosto.

O al menos deja de hacerlo de verdad.

Al principio parecía simplemente trabajo. Horas encerrado en el despacho, llamadas constantes, papeles por toda la mesa y café acumulándose en tazas frías alrededor del ordenador.

Ahora ya es otra cosa.

Obsesión.

La casa entera empieza a girar alrededor de eso sin que nadie lo diga en voz alta.

Mi madre duerme medicada casi todas las noches porque dejó de descansar hace muchísimo tiempo.

Hay días en los que apenas consigue levantarse de la cama y otros en los que parece funcionar normal durante unas horas hasta que algo pequeño vuelve a romperla: una canción, una foto, la puerta del garaje cerrada.

Teresa pasa muchísimo tiempo aquí desde el accidente. Ella y Andrés prácticamente mantienen la casa funcionando cuando nosotros no podemos. Cocinan, hablan con gente, organizan cosas que ninguno quiere mirar demasiado.

Pero incluso ellos empiezan a preocuparse por mi padre.

Porque Rafael Valdés ya no parece una persona viviendo un duelo.

Parece alguien cazando algo.

Cada vez que paso cerca del despacho encuentro más carpetas, más fotografías impresas y más nombres escritos en hojas llenas de anotaciones rápidas.

Horarios. Mecánicos. Mensajes. Matrículas. Informes del accidente.

Todo conectado como si intentara reconstruir aquella noche segundo por segundo.

Y sinceramente creo que es lo único que lo mantiene en pie.

Porque mientras busca respuestas no tiene que aceptar realmente que Leo y Vera murieron.

La primera vez que entro al despacho después del accidente entiendo inmediatamente que algo va mal.

Muy mal.

Son casi las tres de la mañana y bajé a cocina porque no consigo dormir otra vez. La casa está completamente oscura excepto por la luz debajo de la puerta del despacho.

Normal últimamente.

Voy a seguir de largo hasta que escucho a mi padre hablar solo dentro.

Me detengo automáticamente.

No parece una conversación normal. Ni una llamada.

Está discutiendo consigo mismo.

—No tiene sentido… —lo escucho murmurar—. No falla así porque sí…

Su voz suena cansada. Ronca. Completamente agotada.

Me acerco un poco más sin hacer ruido.

La puerta está medio abierta.

Y sinceramente creo que nunca había visto el despacho así.

Hay papeles por todas partes. Fotografías del Mustang impresas encima de la mesa. Informes abiertos. Capturas de llamadas. Piezas mecánicas pequeñas colocadas junto al portátil.

Mi padre está sentado frente al ordenador todavía con camisa, aunque claramente no se acostó. Tiene las mangas remangadas, barba de varios días y ojeras tan profundas que parece muchísimo más mayor.

Ni siquiera me escucha entrar.

Sigue mirando documentos mientras pasa una mano por su cara lentamente.

—El GT-R intentó corregir… —murmura otra vez—. Entonces Leo perdió control antes…

Se queda callado varios segundos.

Después vuelve a negar con la cabeza.

—No… no…

Algo se me retuerce dentro del pecho.

Porque ya no parece solo triste.

Parece consumido completamente.

—Papá…

Levanta la cabeza de golpe como si hubiera olvidado que existía el resto del mundo fuera de esa habitación.

—¿Qué haces despierta?

—Podría preguntarte lo mismo.

Intento sonreír apenas. No funciona demasiado.

Él aparta rápidamente varios papeles intentando dejar espacio sobre la mesa, aunque claramente ya no queda sitio para nada ahí dentro.

—Ve a dormir, Valeria.

—Son las tres de la mañana.

—Y tú estás despierta también.

Tiene razón.

Pero no es lo mismo.

Me acerco un poco más observando las carpetas abiertas. Reconozco nombres de mecánicos, organizadores de carreras y hasta matrículas escritas a mano.

—¿Qué es todo esto?

Mi padre tarda en responder.

Demasiado.

—Estoy revisando cosas.

—¿Qué cosas?

Silencio otra vez.

Y entonces entiendo que lleva semanas haciendo esto escondido de nosotros.

—Papá…

Él finalmente levanta la vista hacia mí y durante un segundo parece tan cansado que casi da miedo.

—Los frenos del Mustang fallaron antes del impacto.

El pecho se me congela automáticamente.

—Eso dijeron los informes.

—No.

Niega con la cabeza inmediatamente.

—Dijeron que hubo fallo. No dijeron por qué.

Se levanta despacio caminando hacia una de las paredes llenas de fotografías y documentos sujetos con clips.

—El coche estaba revisado esa misma semana. Leo era obsesivo con eso. Vera también.

Escuchar sus nombres así sigue doliendo físicamente.

Mi padre señala entonces varias imágenes del informe mecánico.

—El fallo no encaja.

—Papá…

—Y Sergio desapareció aquella noche antes de que llegara policía.

Eso sí consigue que lo mire bien.

—¿Qué?

—Nadie volvió a verlo allí después del accidente.

El despacho queda en silencio varios segundos.

Solo se escucha el zumbido del ordenador y la respiración cansada de mi padre.

Y de pronto entiendo algo horrible:

Ya no está buscando cerrar heridas.

Está buscando culpables.

—¿Crees que alguien hizo algo? —pregunto muy bajito.

Mi padre tarda muchísimo en responder.

Tanto que casi preferiría que no lo hiciera.

—Creo que mis hijos no deberían estar muertos.

La frase cae entre nosotros como algo demasiado pesado.

Y sinceramente creo que en ese momento entiendo que el accidente ya dejó de ser un accidente dentro de su cabeza.

Mi madre duerme arriba sedada para conseguir descansar unas horas. Hugo desaparece noches enteras destruyéndose poco a poco. Yo apenas consigo entrar a un gimnasio sin romperme.

Y mientras tanto mi padre pasa madrugadas enteras encerrado aquí abajo intentando reconstruir una noche imposible.

Porque quizá encontrar una razón resulte más fácil que aceptar el vacío que dejaron.