Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 42
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La primera pelea ilegal ocurre un jueves a las dos de la mañana en un polígono industrial.

Y sinceramente ni siquiera sé cómo termino allí exactamente.

Solo recuerdo conducir sin rumbo después de salir de casa otra vez, el móvil vibrando con mensajes de Nadia que no abrí y una llamada de Saúl diciéndome: “Si quieres vaciarte de verdad, ven.”

Así de simple.

El sitio parece una versión enferma de todo lo que antes me gustaba.

Luces improvisadas. Música sonando desde altavoces rotos. Gente fumando apoyada contra coches. Sangre seca en el suelo de un ring montado a medias entre paredes de hormigón.

Y aun así en cuanto entro siento algo que llevaba meses sin notar.

Silencio dentro de la cabeza.

No real. Pero casi.

Porque aquí nadie me mira con pena.

Nadie habla bajito cuando paso. Nadie intenta preguntarme cómo estoy.

Aquí solo ven a alguien capaz de pelear.

Y por primera vez desde el accidente eso resulta suficiente.

—Pensaba que no vendrías —dice Saúl acercándose con una cerveza en la mano.

—Yo también.

Él sonríe apenas mirando el ring.

—Te va a gustar.

No. No me gusta.

Pero necesito algo.

Lo que sea.

Porque conducir ya no sirve. Las drogas duran poco. Y dormir sigue siendo imposible.

En cambio, aquí…

Aquí al menos puedo sentir algo distinto al vacío.

La pelea empieza casi media hora después.

No pregunto el nombre del otro chico. Él tampoco pregunta el mío.

Mejor así.

Subimos al ring improvisado mientras la gente empieza a rodearlo gritando cosas que apenas escucho bien.

El aire huele a sudor, alcohol y sangre vieja.

Perfecto.

El otro tipo es grande. Más pesado que yo. Probablemente acostumbrado a pelear así.

Me da igual.

Porque no vine aquí a ganar dinero. Ni demostrar nada.

Vine porque necesito que alguien me golpee lo suficientemente fuerte como para dejar de pensar.

La campana improvisada suena.

Y entonces todo desaparece otra vez.

El ruido. La ansiedad. La carretera.

Solo movimientos.

Él entra primero intentando tirarme rápido.

Error.

Bloqueo. Golpe al cuerpo. Otro más.

Escucho a gente gritar alrededor mientras el tipo retrocede sorprendido.

Yo no retrocedo.

Ya no sé hacerlo.

La pelea se vuelve brutal casi inmediatamente. Nada técnico. Nada limpio.

Solo rabia.

Golpes entrando por ambos lados, sangre cayendo sobre la lona y respiraciones rotas llenando el espacio entre nosotros.

El otro tío conecta directo en mi pómulo y noto el sabor metálico de la sangre inmediatamente.

Y lo peor es que eso me calma.

Porque el dolor físico tiene sentido. Es simple. Directo.

No como el resto.

Sigo golpeando.

Más fuerte. Más rápido.

Hasta que el tipo cae finalmente de rodillas intentando respirar mientras alguien fuera del ring empieza a gritar que ya vale.

No escucho bien nada.

Solo noto el corazón latiendo tan fuerte que parece querer romperme el pecho.

Y durante unos segundos horribles… me siento vivo otra vez.

Eso es lo que más miedo da.

Que empiece a necesitar esto.

Las peleas empiezan a repetirse después de esa noche.

Una. Luego otra.

Diferentes sitios. Distinta gente. Siempre madrugada.

Y cada vez vuelvo peor.

Más roto. Más cansado. Más colocado.

Pero sigo volviendo.

Porque durante unos minutos el cuerpo duele tanto que la cabeza se calla.

Y sinceramente termino enganchándome a eso muchísimo más rápido de lo que debería.

Nadia empieza a sospechar cosas semanas después.

Claro que sí.

Los moratones. Las noches fuera. Las mentiras cada vez peores.

Pero yo sigo diciendo lo mismo constantemente: “Estoy bien.” “Solo entrené fuerte.” “No empieces.”

Ella deja de creerme hace tiempo.

La noche que lo descubre de verdad llego a casa cerca de las cuatro de la mañana.

Tengo el labio abierto, un corte en la ceja y probablemente una costilla tocada porque respirar duele demasiado.

Intento entrar sin hacer ruido.

Error.

La luz de mi habitación se enciende justo cuando cierro la puerta.

Nadia está despierta.

Sentada sobre la cama.

Y en cuanto me mira entiendo inmediatamente que ya no puedo mentir esta vez.

—¿Qué coño te ha pasado?

Su voz sale baja. Peor así.

Me quito la sudadera lentamente evitando mirarla demasiado.

—Nada.

—No me mientas.

Camino hacia el baño intentando terminar la conversación ahí mismo, pero ella me sigue inmediatamente.

Y entonces me ve bien.

Los nudillos destrozados. Sangre seca en el cuello. Moretones nuevos marcando medio torso.

El silencio que aparece después resulta horrible.

Nadia deja de respirar normal durante un segundo.

Literalmente puedo verlo.

—Hugo…

La forma en que dice mi nombre me rompe algo dentro del pecho.

Porque no suena enfadada.

Suena aterrorizada.

Intento apartar la mirada mientras abro el grifo del lavabo.

—No es para tanto.

—¿NO ES PARA TANTO?

La voz se le rompe completamente.

Eso sí consigue que la mire.

Tiene lágrimas ya cayéndole por la cara y expresión de no reconocer a la persona delante de ella.

Y sinceramente quizá tenga razón.

—Te estás matando poco a poco y ni siquiera te importa.

La frase golpea demasiado cerca.

—No sabes lo que dices.

—Claro que lo sé. ¡Mírate!

Se acerca agarrándome la cara con las manos temblando.

—Ya no duermes. Desapareces días enteros. Llegas colocado a casa. Ahora esto…

Aparto la mirada inmediatamente.

Porque escuchar todo junto da muchísimo más miedo.

Nadia empieza a llorar más fuerte.

—No puedo perderte también.

Y ahí sí.

Ahí algo dentro de mí termina rompiéndose completamente.

Porque por primera vez entiendo que no soy el único que sigue viviendo dentro del accidente.

Ella también.