41
Agosto siempre había sido mi mes favorito.
Calor. Piscina. Ventanas abiertas toda la noche. Leo poniendo música desde el jardín mientras Vera se quejaba porque “la gente normal duerme a estas horas”.
Ahora odio el verano.
Odio que haga sol mientras nosotros seguimos rotos. Odio escuchar gente riéndose en la calle cuando dentro de mi casa apenas hablamos ya.
Y sobre todo odio el boxeo.
Porque lo intenté.
De verdad intenté volver.
Mi padre fue quien insistió primero. No de mala manera. Nunca presiona directamente cuando algo duele demasiado, pero empezó a decir cosas pequeñas: “Te vendrá bien salir.” “No puedes encerrarte para siempre.” “Vera te mataría si abandonaras ahora.”
Eso último fue golpe bajo emocional.
Así que terminé aceptando.
Y ahora mismo estoy de pie en el vestuario del gimnasio mirando mis guantes como si pertenecieran a otra persona.
Todo aquí me resulta demasiado familiar.
El olor. Las vendas. Los golpes contra sacos al otro lado de la pared.
Todo me devuelve directamente a aquella noche.
La última noche buena de nuestras vidas.
Respiro hondo intentando ignorar el temblor de las manos mientras termino de vendarme. Dani me observa desde la puerta sin decir demasiado.
Creo que todo el gimnasio me trata distinto desde el accidente.
Más despacio. Más suave.
Como si pudieran romperme.
Y sinceramente quizá tengan razón.
—No hace falta que hagas sparring hoy —dice Dani tranquilo.
—Estoy bien.
La mentira sale automática ya.
Él claramente no se la cree, pero tampoco insiste.
Entro al gimnasio principal sintiendo inmediatamente decenas de recuerdos golpeándome al mismo tiempo.
Hugo entrenando conmigo. Leo sentado en las gradas molestando a todo el mundo. Vera apareciendo solo para decir que olíamos “a trauma masculino y sudor”.
El pecho empieza a tensarse.
No ahora. Por favor.
Subo al ring igualmente.
Las luces encima del cuadrilátero me hacen daño en los ojos durante un segundo y de pronto todo empieza a sentirse demasiado parecido al campeonato.
Las gradas. El ruido. La lona bajo mis pies.
Alba. El fuego. La carretera.
Se me corta la respiración de golpe.
Bajo la mirada inmediatamente intentando controlarlo.
Respira. Solo respira.
Pero el cuerpo deja de responder normal.
El corazón empieza a golpearme demasiado rápido, las manos me tiemblan y durante un segundo horrible siento que no estoy realmente aquí.
Estoy otra vez en la madrugada del accidente.
Escuchando el Mustang. Viendo las luces fallar. El impacto.
—Valeria.
La voz de Dani llega lejana.
—Ey. Mírame.
Intento hacerlo.
No puedo respirar bien.
Me quito uno de los guantes torpemente mientras el pecho empieza a dolerme de verdad.
—No puedo… —murmuro intentando coger aire—. No puedo subir aquí.
Dani entra al ring inmediatamente mientras yo retrocedo hacia las cuerdas sintiendo que todo da vueltas ligeramente.
Qué vergüenza. Joder.
—Tranquila. Baja conmigo.
Niego con la cabeza intentando controlarme.
Pero ya estoy llorando.
Y lo peor es que ni siquiera entiendo exactamente por qué.
Porque no es solo miedo.
Es culpa. Rabia. Dolor.
Todo mezclado.
Dani me ayuda a bajar del ring mientras varias personas apartan la mirada discretamente fingiendo no escucharme respirar como si acabara de correr kilómetros.
Termino sentada en uno de los bancos del vestuario con las manos todavía temblando y la cara ardiendo de vergüenza.
—No pasa nada —dice Dani sentándose delante de mí—. Tu cabeza está intentando sobrevivir. Eso es todo.
Pero sí pasa.
Porque el boxeo era mío. Era nuestro. Y ahora ni siquiera puedo mirar un ring sin sentir que voy a romperme ahí mismo.
Me quedo en el gimnasio casi una hora más intentando calmarme antes de escribirle a Hugo para que venga a recogerme.
No quería llamarlo. Últimamente nunca sé en qué estado va a aparecer.
Pero mi padre está trabajando, mi madre prácticamente no sale de casa y Nadia lleva días intentando convencer a Hugo de irse unos días fuera con ella.
Spoiler: no funcionó.
Estoy fuera apoyada contra la pared del gimnasio cuando finalmente veo el Range Rover aparecer al otro lado de la calle.
Y en cuanto Hugo baja del coche entiendo inmediatamente que algo va muy mal.
Mucho peor de lo que pensaba.
Al principio no sé exactamente qué es.
Solo detalles.
La forma de caminar. Los ojos completamente apagados. La sudadera arrugada. Las manos temblándole ligeramente cuando busca las llaves.
Pero entonces se acerca más.
Y lo noto.
El olor.
Alcohol. Humo. Algo químico debajo.
El estómago se me hunde automáticamente.
—Hugo…
Él levanta la vista hacia mí intentando sonreír.
Ni siquiera le sale bien.
—¿Qué pasa, pequeña?
Tiene las pupilas demasiado dilatadas. La voz lenta. Perdida.
Y de pronto entiendo algo horrible.
No es una noche mala. No está simplemente cansado.
Está colocado.
De verdad.
Miro el coche inmediatamente.
—¿Has venido conduciendo así?
Él tarda un segundo en responder.
Demasiado.
—Estoy bien.
Exactamente la misma mentira que llevo diciendo yo meses.
—Hugo, no estás bien.
Se ríe apenas. Una risa vacía.
Y sinceramente creo que eso me asusta más que cualquier otra cosa.
Porque mi hermano siempre sentía demasiado.
Ahora parece no sentir casi nada.
—No empieces tú también, por favor.
Intento acercarme un poco más.
—¿Desde cuándo?
Él aparta la mirada inmediatamente.
Silencio.
Y ahí lo sé.
No es nuevo.
Llego tarde.
Muy tarde.
—Joder, Hugo…
El pecho empieza a dolerme otra vez, pero ahora por algo distinto.
Porque ya perdimos a dos. Porque no puedo perder otro. Y porque por primera vez desde el accidente siento un miedo completamente diferente.
Uno mucho más lento.
Mucho más largo.
El miedo de ver a alguien desaparecer poco a poco delante de ti sin saber cómo detenerlo.