Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 40
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Empiezo a dormir cada vez menos.

No conscientemente al principio.

Simplemente dejo de subir a mi habitación algunas noches. Me quedo fuera conduciendo sin rumbo por Madrid hasta las cuatro o cinco de la mañana, fumando apoyado en cualquier gasolinera abierta o sentado dentro del coche mirando calles vacías sin pensar realmente en nada.

O intentando no pensar.

La casa se volvió insoportable por las noches.

Demasiado silencio. Demasiadas habitaciones cerradas. Demasiados recuerdos esperándote en cualquier esquina.

Así que empiezo a desaparecer.

Primero unas horas.

Luego noches enteras.

Nadie me pregunta demasiado al principio porque sinceramente todos estamos sobreviviendo como podemos. Mi madre apenas consigue levantarse algunos días, mi padre vive encerrado trabajando o fingiendo hacerlo y Valeria ya casi no habla si no es necesario.

Pero Nadia sí se da cuenta.

Claro que se da cuenta.

Siempre lo hace.

La primera vez que vuelvo a casa cuando ya está amaneciendo, ella sigue despierta en mi habitación. Está sentada sobre la cama con una sudadera mía puesta y el móvil entre las manos.

—Son las seis de la mañana —dice apenas entro.

No responde enfadada. Eso sería más fácil.

Responde cansada.

Me quito la sudadera lentamente evitando mirarla demasiado.

—Salí a conducir.

—Hugo, llevas cuatro horas sin responder mensajes.

—No estaba mirando el móvil.

Ella me observa varios segundos en silencio.

Y creo que ahí empieza a entender que algo va realmente mal conmigo.

Porque antes siempre hablaba con ella. Siempre terminaba volviendo. Siempre había algo reconocible debajo del dolor.

Ahora no.

Ahora muchas veces ni yo sé quién soy cuando salgo de casa.

Nadia se levanta despacio acercándose hasta quedar delante de mí.

Tiene ojeras también. Cada vez más.

—No tienes que hacer esto solo.

La frase me molesta inmediatamente, aunque no sea culpa suya.

Porque nadie entiende eso.

Estoy solo. Aunque estén todos alrededor.

Aunque ella siga aquí.

Porque nadie más escuchó el impacto. Nadie más vio el fuego igual. Nadie más siente esta rabia constante debajo de la piel todo el tiempo.

—Estoy bien —murmuro apartándome.

Mentira tan absurda que hasta ella baja la mirada un segundo.

Las drogas empiezan a aparecer más rápido después de eso.

Primero alguna noche aislada. Después fines de semana enteros.

No porque quiera divertirme. Ni olvidar completamente.

Solo necesito bajar el ruido unas horas.

Dormir sin despertarme escuchando a mi madre gritar. Conducir sin volver a ver el Mustang ardiendo cada vez que cierro los ojos.

Y lo peor es que funciona.

Al menos al principio.

Porque durante unas horas el pecho deja de doler tanto y la cabeza se vuelve lenta. Lejana. Como si el dolor perteneciera a otra persona.

Eso termina asustándome menos de lo que debería.

Mi padre empieza a notarlo casi inmediatamente.

Claro que lo hace.

Siempre fue demasiado inteligente para ignorar algo así.

La primera discusión ocurre una noche de julio cuando vuelvo a casa cerca de las tres de la mañana. La casa está completamente a oscuras excepto la luz del despacho.

Perfecto.

Intento subir sin hacer ruido, pero en cuanto paso frente a la puerta escucho su voz.

—¿Dónde estabas?

Me detengo automáticamente.

Mi padre sigue sentado detrás del escritorio lleno de papeles y carpetas del accidente. Hay fotografías, informes y llamadas apuntadas por todas partes. Lleva semanas obsesionado intentando entender exactamente qué pasó esa noche.

Por qué fallaron los frenos. Quién modificó algo. Si hubo más coches implicados.

Necesita respuestas porque probablemente es la única forma que tiene de seguir respirando.

Yo no.

Yo solo quiero destruir algo.

—He salido —respondo seco.

—Son las tres de la mañana.

—Y sigo vivo. Felicidades.

La frase sale peor de lo que esperaba.

Veo cómo le cambia la cara inmediatamente.

—No vuelvas a hablarme así.

—¿Entonces cómo quieres que hable?

Mi padre deja lentamente el bolígrafo sobre la mesa.

Mala señal.

—Tu madre lleva horas despierta esperando a que vuelvas.

—Yo no le he pedido eso.

—Hugo.

—¿Qué? ¿Ahora también tengo que fingir que estamos bien para que la casa parezca normal?

—Nadie ha dicho eso.

Empiezo a reírme sin humor apoyándome contra la puerta.

—Claro que sí. Aquí todo el mundo intenta fingir que seguimos siendo una familia normal mientras tú te obsesionas con papeles y mamá ni siquiera puede mirar la piscina.

Mi padre se levanta entonces.

Y sinceramente pocas veces lo vi tan cerca de perder el control.

—Estoy intentando encontrar respuestas.

—¿Y de qué sirve eso ahora?

Silencio.

La frase queda suspendida entre nosotros varios segundos.

Sé que le hice daño en cuanto lo digo. Se le nota.

Pero ya no puedo parar.

—No van a volver, aunque encuentres mil culpables.

Mi padre me mira fijo desde el otro lado del despacho y durante un momento parece muchísimo más cansado que enfadado.

—¿Y tú qué estás haciendo exactamente, Hugo?

No respondo.

Porque no tengo respuesta real.

Estoy destruyéndome lentamente. Eso es lo que estoy haciendo.

Él da un paso más cerca.

—Desapareces todas las noches, llegas colocado a casa y crees que no me doy cuenta.

El pecho se me tensa inmediatamente.

—No sabes de qué hablas.

—Sé perfectamente de qué hablo.

—Pues deja de vigilarme como si tuviera quince años.

—¡Porque te estás matando tú solo!

La voz retumba por todo el despacho.

Y sinceramente creo que ninguno de los dos estaba preparado para escucharla así.

Mi respiración empieza a acelerarse inmediatamente.

Rabia. Muchísima rabia.

—¿Y qué más da? —escupo finalmente.

Mi padre se queda completamente quieto.

Demasiado quieto.

Y en cuanto veo su cara entiendo que acabo de romper algo importante.

Porque él también perdió a sus hijos. Porque lleva un mes intentando sostener a esta familia mientras se cae igual que nosotros. Y porque aun así acaba de escuchar a su hijo decirle que no le importa destruirse.

El silencio después de eso resulta insoportable.

Mi padre aparta la mirada primero.

Eso nunca pasaba antes.

—Vete a dormir, Hugo —dice finalmente con la voz rota de cansancio.

Y sinceramente creo que prefiero que me grite otra vez antes que escucharle hablar así.