38
La gente cree que el duelo es algo grande.
Algo visible.
Llorar. Romper cosas. No poder levantarte de la cama.
Pero no.
A veces es muchísimo más simple que eso.
A veces es despertarte por la mañana y tardar varios segundos en recordar otra vez que tus hermanos están muertos.
Y tener que vivir ese momento exacto todos los días.
Una y otra vez.
Julio llega sin que nadie lo note demasiado.
La casa sigue llena de silencio incómodo, persianas medio bajadas y conversaciones que nunca terminan realmente porque todos dejamos frases a medias constantemente.
Mi madre casi no sale de la habitación.
Mi padre vive encerrado en el despacho.
Valeria ya ni siquiera pone música en el coche.
Y yo…
Yo no consigo estar quieto.
Porque en cuanto paro un segundo, vuelvo a escuchar el accidente.
El fuego. El golpe. A mi madre gritando.
Así que conduzco. Salgo. Vuelvo a entrar. Duermo poco. Entreno hasta que me tiemblan las manos.
Cualquier cosa menos pensar.
Nadia intenta ayudar.
De verdad.
Se queda conmigo prácticamente todas las noches, me obliga a comer, aunque no tenga hambre y duerme abrazándome porque dice que últimamente me despierto sobresaltado casi siempre.
Pero ni siquiera ella sabe qué hacer conmigo ya.
Y sinceramente no la culpo.
Porque yo tampoco.
Volver al gimnasio tarda semanas.
Todos me miran raro cuando entro otra vez.
No con pena exactamente.
Con miedo.
Como si supieran que algo dentro de mí ya no funciona igual.
El olor me golpea nada más entrar: sudor, caucho, vendas viejas, golpes contra sacos.
Antes esto me tranquilizaba.
Ahora solo me pone más nervioso.
—Hugo… —dice Dani acercándose despacio.
Entrenador.
Uno de los pocos adultos que siempre consiguió caerme bien.
—No tienes que volver todavía si no quieres.
—Quiero entrenar.
Mentira.
Quiero dejar de pensar.
Pero eso no puedo decirlo en voz alta.
Dani me observa varios segundos antes de asentir despacio.
—Vale. Suave entonces.
Suave.
Sí claro.
Empiezo con saco.
Demasiado fuerte desde el principio.
Lo noto en los hombros. En la respiración. En cómo cada golpe sale cargado de algo que ya no sé controlar.
No estoy entrenando.
Estoy intentando romper algo.
Y cuanto más golpeo, peor se vuelve.
Porque no desaparece nada. No baja el ruido. No se vacía la cabeza.
Solo sigo viendo fuego.
—Hugo —dice Dani desde lejos—. Baja intensidad.
No respondo.
Sigo golpeando.
Más fuerte.
Más rápido.
Hasta que los nudillos empiezan a doler incluso bajo las vendas.
Y sinceramente agradezco el dolor.
Porque al menos es algo concreto.
Algo físico.
Algo que entiendo.
El sparring empieza casi una hora después.
Malísima idea.
Lo sé desde el primer segundo.
El chico que sube conmigo tendrá quizá diecinueve años. Delgado, rápido y claramente nervioso por pelear conmigo después de todo lo ocurrido.
Inteligente por su parte.
Nos colocamos. Guardia arriba.
La campana suena.
Y durante los primeros segundos intento controlarlo.
De verdad.
Pero entonces él conecta un golpe limpio en mi mandíbula.
Nada fuerte. Nada raro.
Solo boxeo.
Y algo dentro de mi cabeza explota.
Empiezo a entrar sin pensar.
Demasiado rápido. Demasiado agresivo.
Escucho a Dani decir algo fuera del ring.
No entiendo qué.
El otro chico retrocede inmediatamente intentando cubrirse mientras sigo avanzando golpeando mucho más fuerte de lo necesario.
Uno. Otro. Otro más.
Hasta que conecto directo.
Y escucho el crujido.
El chico cae inmediatamente agarrándose la cara mientras la sangre empieza a salirle entre los dedos.
Silencio.
Todo el gimnasio queda en silencio.
Yo sigo respirando fuerte en mitad del ring mirando la sangre caer sobre la lona.
Y durante un segundo horrible… me da igual.
—¡Joder, Hugo! —grita Dani subiendo rápido.
Varias personas ayudan al chico mientras él sigue doblado intentando respirar bien.
Nariz rota.
Claramente.
Dani me aparta hacia atrás agarrándome del hombro.
—¿Qué coño te pasa?
No respondo.
Porque no tengo respuesta real.
¿Qué coño me pasa?
Mis hermanos murieron. Mi casa parece un cementerio. Mi madre ya no sonríe. Y yo no recuerdo la última vez que dormí más de tres horas seguidas.
Eso me pasa.
Bajo del ring antes de que alguien siga hablando.
No quiero escuchar miradas de pena otra vez.
No quiero escuchar consejos. Ni comprensión. Ni frases vacías.
Entro al vestuario todavía respirando demasiado rápido y me dejo caer en uno de los bancos con las manos temblando.
Hay sangre seca en mis nudillos otra vez.
Perfecto.
Escucho la puerta abrirse varios minutos después.
No levanto la cabeza.
—Eso ha sido una locura.
Reconozco la voz vagamente. Saúl.
Uno de los chavales mayores del gimnasio. Nunca me cayó especialmente bien.
Se sienta frente a mí tranquilamente mientras saca algo del bolsillo.
—Necesitas relajarte un poco.
No respondo.
Solo sigo mirando el suelo.
—No puedes seguir así, hermano.
Hermano.
Qué palabra de mierda ahora mismo.
Levanto finalmente la vista.
Tiene una bolsita pequeña entre los dedos.
Y normalmente diría que no.
Sin dudar.
Porque siempre pensé que estas cosas eran para gente incapaz de controlar su propia cabeza.
Pero ahora mismo lo único que quiero es exactamente eso.
Dejar de escucharla.
Aunque sea unas horas.
Aunque sea una sola noche.
Saúl entiende la respuesta antes incluso de que hable.
—Te hará bajar un poco el ruido.
Eso termina de romper algo.
Porque sí.
Porque hay demasiado ruido constantemente dentro de mí.
Cojo la bolsa lentamente mientras él se levanta.
—Solo no te pases la primera vez.
La puerta se cierra otra vez dejándome solo.
Miro la bolsa varios segundos.
Después cierro los ojos.
Y por primera vez desde el accidente entiendo algo que da muchísimo miedo.
Empiezo a no importarme demasiado lo que me pase.