Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 37
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La casa ya no suena igual.

Creo que es lo primero que noto cuando volvemos del hospital.

No el silencio exactamente.

Sino la ausencia del ruido correcto.

No está la música de Leo atravesando paredes desde el garaje. No está Vera corrigiendo algo desde el salón. No hay pasos rápidos bajando escaleras. Ni voces cruzándose constantemente por toda la casa.

Y aun así hay gente.

Demasiada.

Flores ocupando media entrada. Voces bajas en cocina. Familiares entrando y saliendo todo el tiempo. Mensajes. Llamadas. Abrazos incómodos.

Lo odio todo.

Odio que la gente susurre. Odio que me miren como si pudiera romperme. Odio el olor de las flores llenando el salón como si la casa se hubiera convertido en otra cosa completamente distinta.

Teresa lleva aquí prácticamente desde que amaneció. Andrés también. Ambos intentan ayudar constantemente: hacer café, abrir puertas, hablar con gente, mantener la casa funcionando.

Pero nadie sabe realmente cómo hacer algo así.

Porque no existe forma correcta de sobrevivir a esto.

Mi madre no ha conseguido levantarse de la cama desde que volvimos.

Escucho a veces a Teresa intentando convencerla de comer algo. O a mi padre entrando en la habitación hablando en voz baja.

Nunca funciona.

Ayer por la noche la escuché llorar durante horas.

Y sinceramente creo que jamás volveré a olvidar ese sonido.

Mi padre está diferente.

Muchísimo.

Ya no grita. No discute. No intenta controlar nada.

Simplemente desaparece durante horas dentro del despacho.

Cierra la puerta. Y no sale.

A veces escucho movimiento dentro. A veces nada.

Da más miedo cuando no se escucha nada.

Hugo tampoco parece él.

Tiene cortes todavía en las manos por intentar acercarse a los coches y ojeras tan profundas que parece enfermo. Nadia prácticamente no se separa de él ni un segundo porque creo que le asusta dejarlo solo demasiado tiempo.

Y aun así ninguno de nosotros está realmente aquí.

No del todo.

La casa sigue llena de personas, pero se siente vacía igual.

Muchísimo.

Subo las escaleras sin pensar demasiado porque abajo ya no puedo respirar bien. Hay demasiada gente mirando con pena, demasiado silencio incómodo entre conversaciones y demasiadas frases que empiezan por: “Lo siento mucho.”

Llego al pasillo de arriba.

Y ahí sí.

Ahí duele distinto.

Porque todo sigue exactamente igual.

Las puertas. Las luces apagadas. La sudadera de Leo todavía tirada sobre la barandilla desde hace días.

Me quedo mirándola varios segundos.

Negra. Arrugada. Normal.

Como si él fuera a subir a buscarla en cualquier momento.

La habitación de Vera es la primera que abro.

Y sinceramente creo que el aire pesa diferente ahí dentro.

Todo sigue perfectamente ordenado: los apuntes colocados, la cama hecha, las chaquetas alineadas exactamente como a ella le gustaba.

Incluso huele a ella todavía.

Perfume limpio. Café. Algo metálico del garaje impregnado en algunas sudaderas.

Entro despacio sintiendo un nudo horrible subiéndome por la garganta.

Hay un vaso de agua sobre la mesa de noche.

Medio lleno.

Como si hubiera pensado volver en unas horas.

Eso me rompe más de lo esperado.

Porque la habitación no parece abandonada.

Parece interrumpida.

Me acerco al escritorio lentamente.

Sus gafas siguen encima de unos apuntes abiertos. Hay fórmulas subrayadas. Notas escritas deprisa en los márgenes.

Vida normal.

Planes normales.

Y de pronto recuerdo que hace tres noches estaba sentada aquí riéndose porque Leo había borrado accidentalmente no sé qué archivo importante del ordenador.

Tres noches.

Solo tres.

Me obligo a salir antes de empezar a ahogarme ahí dentro.

Pero la habitación de Leo es peor.

Mucho peor.

Porque Leo está por todas partes.

La música todavía conectada al altavoz. Herramientas tiradas sobre el escritorio. Una camiseta roja mal doblada encima de la silla. Llaves sobre la cómoda.

Y el olor.

Gasolina. Colonia. Leo.

Me quedo quieta en mitad de la habitación sintiendo que algo dentro de mí empieza finalmente a romperse de verdad.

Porque esto sí parece imposible.

Leo no debería poder desaparecer de un sitio así.

Hay demasiada vida todavía aquí dentro.

Demasiado caos. Demasiado él.

Veo entonces una foto apoyada junto al espejo.

Los cuatro hermanos en el garaje.

Leo haciendo alguna estupidez detrás. Vera poniendo cara de cansancio. Hugo riéndose. Y yo en medio de todos.

La cojo lentamente con las manos temblando.

Y por primera vez desde el hospital siento que ya no puedo sostenerlo más.

El llanto llega de golpe.

Violento. Incontrolable.

Caigo sentada en el suelo de la habitación abrazando la foto contra el pecho mientras intento respirar y no puedo.

Porque ya no están.

Y la casa lo sabe.

Cada pared. Cada habitación. Cada escalera.

Todo parece seguir esperándolos igual que nosotros.