Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 36
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Hay segundos que parten una vida en dos.

Este es uno de ellos.

El médico aparece delante de nosotros todavía con la mascarilla bajada al cuello y expresión agotada. Lleva varios papeles en la mano, pero no los mira realmente cuando se acerca.

Nos mira a nosotros.

Y creo que en ese instante ya lo sé.

Porque nadie pone esa cara para dar buenas noticias.

Mi madre se levanta inmediatamente.

—¿Dónde están mis hijos?

La voz le tiembla tanto que casi no parece suya.

Mi padre se coloca a su lado automáticamente. Tiene una mano apoyada en su espalda, como si todavía creyera que puede sostener algo esta noche.

El médico tarda demasiado en responder.

Demasiado.

—Hemos hecho todo lo posible…

No escucho el resto bien.

Porque algo dentro de mi cabeza empieza a bloquearse justo ahí.

Todo lo posible.

Esa frase.

La conozco.

Todo el mundo la conoce.

Mi madre deja escapar un sonido horrible.

No un llanto. No todavía.

Algo peor.

Como si el cuerpo intentara respirar y no pudiera.

—No… —susurra— no, no…

Mi padre aprieta los ojos apenas un segundo antes de volver a mirar al médico.

—No.

Lo dice firme. Seco.

Como si negándolo pudiera cambiar algo.

—Lo siento muchísimo —responde el hombre bajando la mirada—. El impacto y el incendio fueron demasiado graves.

Después llegan los nombres.

Leo. Vera.

Y ya no escucho nada más.

Nada.

Ni causas. Ni horas. Ni explicaciones.

Solo esos dos nombres rompiéndolo todo.

Mi madre se derrumba literalmente.

Las piernas le fallan antes incluso de empezar a llorar y mi padre tiene que sujetarla para que no caiga al suelo. Ella se agarra a él desesperadamente mientras empieza a repetir “mis niños” una y otra vez como si las palabras pudieran traerlos de vuelta.

Nunca había visto a alguien romperse así.

Nunca.

Y lo peor es mi padre.

Porque también está destruido. Se le ve en la cara. En los ojos. En cómo le tiembla la mandíbula.

Pero aun así sigue sosteniéndola.

Como si no tuviera derecho a caerse todavía.

Como si primero tuviera que mantenerla viva a ella.

—Rafael… —solloza mi madre agarrándole la camisa—. Rafael, no…

Él la abraza más fuerte inmediatamente.

Y por primera vez en toda mi vida veo a mi padre llorar.

Muy poco.

Casi nada.

Pero suficiente para sentir que el mundo acaba de romperse delante de mí.

Miro entonces hacia Valeria.

Y sinceramente creo que eso es lo que más miedo da.

Porque no está llorando.

Ni hablando.

Ni moviéndose.

Sigue sentada exactamente igual que antes, mirando al frente completamente inmóvil mientras las luces blancas del hospital le dejan la cara vacía.

Como si todavía no hubiera conseguido entender las palabras.

O como si las hubiera entendido demasiado bien.

—Valeria… —murmuro.

No responde.

Ni siquiera parpadea.

Tiene restos de sangre seca todavía en las manos y la sudadera llena de humo mientras sigue mirando algún punto perdido de la pared.

Quieta.

Demasiado quieta.

Nadia me abraza entonces.

No recuerdo exactamente en qué momento empezó a hacerlo.

Solo noto sus brazos rodeándome mientras yo sigo de pie incapaz de reaccionar correctamente.

Porque no sé cómo se hace esto.

No sé cómo se respira después de escuchar algo así. No sé cómo se supone que alguien sigue existiendo después.

Mi cabeza sigue esperando otra realidad.

Una donde Leo aparezca insultando a medio hospital por dramatizar. Donde Vera salga detrás diciéndole que se calle.

Pero no ocurre.

No va a ocurrir.

Y creo que esa idea termina golpeándome de verdad cuando vuelvo a escuchar llorar a mi madre.

Porque ya no suena a miedo.

Suena a pérdida.

Real. Definitiva.

Nadia aprieta más fuerte mis manos llenas de hollín mientras yo sigo mirando el suelo incapaz de sentir las piernas correctamente.

Y entonces entiendo algo horrible.

La última vez que vi a Leo estaba riéndose por radio.

La última vez que escuché a Vera estaba llamándonos idiotas.

Y ahora ya no queda nada después de eso.