Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 35
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Los hospitales nunca duermen.

Siempre hay ruido en algún sitio: ruedas de camillas, puertas abriéndose, voces bajas detrás de mostradores, máquinas sonando constantemente

Y aun así este se siente completamente silencioso

O quizá soy yo.

Quizá mi cabeza dejó de escuchar bien hace horas.

No lo sé.

Todo aquí es demasiado blanco.

Las paredes. Las luces. El suelo brillante.

Demasiado limpio para una noche que todavía huele a humo dentro de mi ropa.

Sigo sentada entre mi madre y Nadia sin moverme prácticamente desde que llegamos. Tengo una manta sobre los hombros que alguien me dio hace muchísimo rato y las manos todavía me tiemblan, aunque ya ni siquiera haga frío.

No consigo procesar nada.

Ni el accidente. Ni el fuego. Ni el hecho de estar aquí esperando.

Mi madre sigue llorando en silencio desde hace más de una hora.

A veces intenta parar. Respirar. Hablar normal.

Pero siempre vuelve a romperse otra vez.

Nadia la abraza constantemente mientras también tiene los ojos completamente rojos. Sigue con la sudadera de Hugo puesta y manchas negras de humo todavía en las mangas.

Nadie pensó en cambiarse.

Creo que ninguno podía pensar realmente.

Hugo no ha dejado de caminar ni un solo momento.

Va de una punta a otra de la sala de espera con las manos llenas de sangre seca, hollín cubriéndole parte de la ropa y una herida abierta en el brazo que nadie consiguió convencerlo de curar todavía.

Porque intentó acercarse demasiado al fuego.

Porque tuvieron que sujetarlo entre varias personas.

Y porque sigue convencido de que tendría que haber hecho más.

—Hugo… —murmura Nadia cuando vuelve a pasar delante de nosotros.

Él ni siquiera responde.

Solo sigue caminando.

Una y otra vez.

Mi padre está varios metros más lejos hablando con médicos y policías desde hace rato. O al menos intentándolo.

Porque cada vez que alguien tarda más de tres segundos en responderle, pierde completamente la paciencia.

Nunca lo había visto así.

Nunca.

Siempre parecía tener control de todo: las situaciones, la casa, nosotros.

Ahora no.

Ahora parece alguien intentando mantenerse de pie únicamente porque no tiene otra opción.

—Necesito entrar otra vez —dice de pronto acercándose al mostrador.

—Señor, ya le hemos explicado…

—Son mis hijos.

La voz le sale rota al final.

Y eso duele más que cualquier otra cosa de esta noche.

Miro el reloj de la pared.

Las cinco y cuarenta y tres.

Siento que lleva marcando la misma hora desde hace siglos.

El tiempo dejó de avanzar en la carretera.

En el momento exacto de la explosión.

Todo después de eso parece irreal. Como si alguien hubiera cogido mi vida y la hubiera dejado suspendida en mitad de algo imposible de entender.

Tengo todavía restos de sangre seca en las manos.

No sé de quién.

Y tampoco quiero preguntar.

Cierro los ojos un segundo intentando respirar normal.

Pero lo único que veo otra vez es: el fuego, el Mustang, el GT-R destrozado contra la valla.

Abro los ojos inmediatamente.

No puedo pensar en eso.

No puedo.

—Van a estar bien —dice Nadia de repente.

No sé si nos lo dice a nosotras o a sí misma.

Mi madre empieza a llorar otra vez apoyando la cara entre las manos.

Y yo sigo completamente quieta.

Porque creo que, si empiezo a reaccionar de verdad, ya no voy a poder parar.

Las puertas automáticas del pasillo vuelven a abrirse varios minutos después.

Todos levantamos la cabeza automáticamente.

Un médico aparece al fondo acompañado de dos enfermeros.

Y el corazón se me detiene justo antes de que diga nada.