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Nunca había corrido así en mi vida.
Ni entrenando. Ni peleando. Ni huyendo de nada.
El cuerpo se me mueve solo mientras atravieso la carretera llena de gente gritando y luce moviéndose por todas partes.
El fuego ilumina todo demasiado fuerte.
Demasiado.
Y cuanto más me acerco, peor se vuelve el aire.
Gasolina. Humo. Metal quemado.
Escucho gente diciendo cosas alrededor, pero mi cabeza no consigue procesarlas bien.
Solo sigo avanzando.
Porque no. No puede ser ellos.
Simplemente no.
—¡Aparta! —grito empujando a alguien que intenta detenerme.
El calor golpea inmediatamente cuando llego más cerca del Mustang.
Es brutal.
Las llamas salen todavía desde parte del coche y varios tíos intentan acercarse con extintores mientras otros siguen gritando que llamen otra vez a emergencias.
—¡HAY QUE ALEJARSE!
—¡PUEDE EXPLOTAR!
No escucho.
O no quiero escuchar.
Busco alrededor desesperadamente.
Leo. Vera. Cualquier cosa.
Porque tuvieron que salir.
Claro que salieron.
Leo siempre sale de todo. Vera controla cualquier situación.
Mi cabeza no acepta otra opción.
No puede.
—¡LEO! —grito acercándome más.
El calor quema incluso a distancia y aun así sigo avanzando hasta que alguien me agarra del brazo violentamente.
—¡ESTÁS LOCO!
Me suelto inmediatamente.
—¡Suéltame!
Empujo otra vez hacia delante ignorando cómo empieza a arderme la piel por el calor. Apenas consigo ver bien entre el humo, las luces y toda la gente moviéndose.
Entonces escucho a mi madre.
Y el sonido me atraviesa peor que el accidente.
Porque nunca la había escuchado llorar así.
Nunca.
Me giro apenas un segundo.
Está varios metros más atrás sujetándose contra mi padre mientras sigue mirando el fuego con la cara completamente rota.
—No… no… —repite sin parar.
Mi padre ni siquiera parece él.
Tiene la mirada perdida fija en la carretera mientras intenta avanzar también, pero varias personas lo sujetan antes de acercarse demasiado.
—¡Mis hijos están ahí! —grita.
La voz le sale destrozada.
Desesperada.
Y sinceramente creo que eso es lo que termina rompiéndome algo dentro del pecho.
Porque mi padre nunca pierde el control.
Jamás.
Nadia aparece entonces detrás de mi madre intentando sujetarla mientras también llora ya sin poder evitarlo.
Y de pronto todo parece demasiado real.
Demasiado rápido.
Vuelvo a mirar los coches.
El Mustang casi cubierto por las llamas. El GT-R destrozado contra la valla. Cristales por toda la carretera.
No.
No.
No puede terminar así.
Empiezo a moverme otra vez.
Necesito encontrarlos. Necesito verlos. Necesito que alguien me diga que salieron antes del impacto.
—¡LOS HAN SACADO! —grito a cualquiera cerca— ¡¿DÓNDE ESTÁN?!
Pero nadie responde claro.
Solo caos.
Sirenas empezando a escucharse a lo lejos. Gente corriendo. Luces azules acercándose por carretera.
Intento acercarme otra vez al GT-R ignorando el dolor del calor sobre la cara y las manos.
Porque Vera podría seguir ahí. Porque Leo podría seguir ahí. Porque mi cabeza todavía sigue convencida de que en cualquier segundo alguno de los dos va a aparecer insultando a todo el mundo por dramatizar.
Tiene que pasar eso.
Tiene que pasar.
Pero entonces veo el coche bien.
Y por primera vez siento miedo real.
Del que paraliza.
Porque el GT-R ya ni siquiera parece un coche.